H.V.R.:
La Residencia de Estudiantes reunió gentes de
pensamientos muy dispares. Hubo quien con el correr del
tiempo llegó al Partido Comunista, y quien, como
Dalí, terminó apoyando a Franco. Estuvo
todo el espectro. Ustedes se reunían en la Lyon
en la misma época en que lo hacía José Antonio
Primo de Rivera. De hecho, Falange se fundó allí. ¿Había
vínculos de amistad con ese grupo?
P.B.: Verá usted. Él era de otra tertulia,
y la tenían en el sótano, la tenían
después de cenar. O sea, que no coincidían,
pero se conocían. Yo no llegué a conocer
a José Antonio por una milésima. Le voy
a contar, porque es una cosa de la que me he arrepentido
siempre. Llegué de un viaje, de Sevilla, en la época
en que vivía en Sevilla, que fueron diez años...
llegué aquí, a Madrid, y me encontré por
la tarde a Pepe Bergamín, nos abrazamos y tal
y cual. "Voy a estar muy poco tiempo —le dije—.
vámonos a cenar juntos." Me contestó: "No,
que tengo una cena." "¡Hombre, qué lástima!" "Pero
nos vemos después de cenar." "¿Dónde?" "Pues
mira, estoy citado con José Antonio Primo de Rivera. ¿Tú lo
conoces?" "No, no lo conozco." "Pues
te lo presentaré, te será muy simpático." Bergamín,
comunista, claro...
H.V.R.: Y
católico. Qué contradictorio.
P.B.: Pepe
era la contradicción misma, y la inteligencia
misma.
HVR: Y de una integridad moral absoluta, ¿no?
P.B.:
Sí. Y me dijo: "Pues, ala, después
de cenar, a las diez." "Pues a las diez",
dije. "Pero bueno, no dejes de ir..." Yo fui.
Y enfrente, en una mesa, solo, José Antonio Primo
de Rivera. Pasaron los minutos, yo vi que José Antonio
miraba al reloj. Pasaba de la hora.
H.V.R.: Y usted no
se atrevió a...
P.B.: Yo, que debía haberme levantado y decir: "Bueno,
usted está esperando a Pepe Bergamín y
yo también. Yo soy fulano de tal. ¿Cómo
está usted?" Pero dudándolo, pasó media
hora, José Antonio Primo de Rivera llamó al
camarero, pagó y se marchó. Entonces, al
minuto, llegó Pepe Bergamín. "¡Hombre,
siempre con retraso!" Y me dice: "Pero ya ves,
no ha llegado aún." Dije: "Pero cómo
que no ha llegado. Se acaba de marchar ahora mismo, José Antonio
Primo de Rivera." Me preguntó: "¿Has
estado con él?" Le respondí: "No,
si no lo conozco." Pues mire usted por qué poco
no nos conocimos.
H.V.R.: ¿Y esto fue poco antes
de la guerra?
P.B.: Esto sería en febrero del treinta
y seis.
H.V.R.: Los últimos días... ¿Conoció a
otra gente de Falange? De entonces, quiero decir. A Hedilla,
a Redondo... Me refiero a un trato amistoso, no político.
P.B.:
No, no traté con gente que tuviera relación
con Falange
H.V.R.: Pero se me hace que antes de la guerra,
España
no estaba tan brutalmente dividida como llegó a
estarlo, que personas muy diferentes se cruzaban y tenían
historias comunes.
P.B.: Claro, claro que sí. En eso, cuando he
hablado de la generación del 27, a la cual pertenezco
yo, ¿verdad?, sin tener obra, porque fui amigo
entrañable de todos ellos... siempre, cuando he
hablado de eso, y he hablado con algunas personas que
no estaban del todo enteradas, he dicho que una de las
características de aquello era que cada uno pensaba
como quería y como fuera, pero todos se tenían
una enorme estimación y un gran cariño,
y no les separaban las ideas políticas lo más
mínimo. Allí estaba Gerardo Diego, hombre
de misa diaria, Rafael Alberti, Cernuda y yo, gente comunista,
y otros, y no pasó nada.
H.V.R.: ¿Hubiera sido posible continuar una convivencia
así?
P.B.: No lo sé. La guerra fue horrible. Y llegó a
todos, eso es lo malo. Y los sufrimientos, las privaciones,
las muertes... y eso sí, la guerra estableció ya
una división.
H.V.R.: Pero usted logró conservar buenas relaciones
con todo el mundo. No he oído a nadie que diga
nada en su contra, jamás.
P.B.: No, no. Yo he tenido
siempre un gran sentido de la amistad, para mí la amistad ha sido siempre
sagrada, sagrada, una cosa esencial. Y no sólo
lo fue para mí. Mire, ya que hablamos de Bergamín...
Me acuerdo de cuando Bergamín, después
de la guerra, vino a España. Le pidió el
aval al doctor Oliver, Eusebio Oliver, que era muy amigo
mío, y se lo pidió también, esas
cosas que tenía Pepe Bergamín, a Juan Ignacio
Luca de Tena, y éste se lo dio.
H.V.R.: Es evidente
que hay un montón de ámbitos
en que la amistad y el respeto mutuo fueron más
importantes que la diferencia ideológica ¿no? ¿Cómo
vivieron ustedes el advenimiento de la República?
P.B.:
Con verdadero entusiasmo.
H.V.R.: Pese a lo relativo de
algunos cambios. A lo que supone un presidente como Alcalá Zamora,
muy beato...
P.B.: Sí, muy beato lo fue siempre. Incluso como
Presidente de la República. Era hombre quizá de
misa diaria. Un hombre de segunda, pero en fin, honesto,
absolutamente honesto, y que realmente arrastró a
muchísima gente para la República, precisamente
por su derechismo. Por su derechismo, vieron que la República
no era una cosa desorbitada, sino que podía ser,
y efectivamente, así empezó, con él.
H.V.R.:
Una transición, que diríamos ahora.
P.B.:
Sí, una transición muy suave.
H.V.R.: Y con retrocesos peligrosos, como el de Lerroux ¿Ustedes
cómo lo sienten?
P.B.: Lerroux era el republicano
por antonomasia en España. Era un demagogo, pero
cuando llegó la
República se suavizó mucho. Yo creo que
sintió mucho que viniera la República,
porque él vivía muy bien, él tenía
una consigna del Gobierno, y de la Casa Real incluso...
H.V.R.: ¿De
ser republicano?
P.B.: Sí, sí, para ser republicano, pero
quietecito. Vivía muy bien, así es que
a él no le vino nada bien la República,
nada bien coger la responsabilidad. Él, en la
República, realmente pintó poco.
H.V.R.:
Bueno, en el Bienio Negro...
P.B.: No, en el Bienio la
gran figura fue Gil Robles.
H.V.R.: ¿Usted cómo definiría
a Gil Robles? Hay quien le concibe como un protofacista.
P.B.:
No, no, nada, absolutamente nada. Era absolutamente liberal.
H.V.R.: ¿Qué sería hoy Gil Robles? ¿Un
demócrata cristiano?
P.B.: Sí, un demócrata
cristiano, exactamente.
H.V.R.: ¿Estaría
hoy en el Partido Popular?
P.B.: Sí, podría
estar muy bien en el Partido Popular.
H.V.R.: Y ustedes
componían un grupo de amigos
en el que había diferencias ideológicas...
P.B.:
Pero en la República estábamos todos
conformes. Todos fuimos republicanos.
H.V.R.: ¿Y
todos sintieron que eso era un avance?
P.B.: Sí,
todos sentimos que era un avance.
H.V.R.: ¿Qué es lo que empieza a dividir? ¿El
triunfo del Frente Popular?
P.B.: Claro, lo que estropea
a la República es
el triunfo de las elecciones del 36, de Febrero.
H.V.R.: ¿Y ahí se estropea el grupo de
amigos también?
P.B.: Ahí ya empiezan a chocar, sí.
H.V.R.:
Bergamín, por ejemplo, se radicaliza...
P.B.: Bueno,
Bergamín siempre había sido
radical. No lo ponga usted como modelo porque era un
absoluto tránsfuga. Inteligentísimo,
y le daba razón a todo el mundo. Mire, yo me acuerdo que publicó un
artículo, no me acuerdo exactamente sobre qué era ni en qué periódico,
hace muchos años, pero no me gustó nada. Me encontré con él
y le dije que no estaba de acuerdo con él. ¿Y sabe usted lo que
me contestó? Pues que si hubiera sabido esto hubiera escrito el artículo
diciendo todo lo contrario. Ante esta respuesta, se queda uno inerme. A Bergamín,
como tipo de político que siga una dirección, no se le puede
hacer ningún caso.
H.V.R.: Y de los demás, ¿como fue la ruptura? ¿Quién
se pasa al Frente Popular? ¿Quién se radicaliza?
P.B.:
Muy pocos. Alberti, que ya estaba desde el 34, y Gustavo
Durán. De los amigos, nadie más.
H.V.R.: ¿Federico
no se identifica con Alberti y con Gustavo?
P.B.: No,
por Dios, nada.
H.V.R.: ¿Y qué hubiera sido
Federico? ¿Una
especie de republicano de derechas?
P.B.: Sí, sí. Él,
de derechas.
H.V.R.: Un cedista, digamos.
P.B.: Sí, sí.
H.V.R.: Porque él mantenía una cuestión
cristiana también ¿no? Él era
muy creyente.
P.B.: Sí, él era creyente, como toda la
familia, menos Paco, que se casó con Laurita,
por su suegro... Pero el padre, la madre, Isabelita...
todos son católicos.
H.V.R.: ¿Dalí no
era creyente?
P.B.: No, no. Bueno, al final sí se hizo creyente.
Me enteré que le dijo el cura, el párroco
de Port Lligat: "Bueno, Senor Dalí, menos
efusiones cristianas y más ir a misa", le
dijo. Por lo visto, no iba.
H.V.R.: Él contribuyó a la causa de la
Iglesia con ese Cristo maravilloso que pintó.
Ya con eso sólo podían haberle estado agradecidos.
P.B.: Sí, pero es que, además, él
estaba en católico y en monárquico. Completamente.
H.V.R.:
Pero entonces no. En la época de la República,
no.
P.B.: No, no. En la República, no.
H.V.R.: Se hace
creyente después de Gala, ¿no?
P.B.: Sí, probablemente Gala lo era. ¿Usted
ha leído la novela de Thomas Mann, La Montaña
Mágica? ¿Se acuerda usted de aquella
muchacha enfermiza que aparece? Ésa es Gala.
H.V.R.: ¿Gala es el modelo de Claudia? Claro...
porque ella había estado allí, en un sanatorio
de altura, con Paul Eluard, que había estado tratándose
de los pulmones.
P.B.: Gala era mucho más vieja
de lo que uno cree...
H.V.R.: ¿Salinas tampoco
se radicaliza, no?
P.B.: No, tampoco. Él ya no era tan joven, ¿eh?
Tenga en cuenta que hay dos de la generación del
27 que no son de la generación del 27: Salinas
y Guillén son anteriores. Se incorporan a la generación
del 27, son amigos del 27, se tutean con todos, pero
son de diferente edad los dos. Ellos, cuando llega el
27, son catedráticos de universidad y ya han publicado.
Son mayores. Yo he tenido una amistad enorme, más
que con Salinas, con Guillén. A Guillén
lo he llamado siempre de usted, y él a mí,
también, de usted. Alberti y todos lo llamaban
de tú, pero yo no, yo lo he llamado siempre de
usted, sin tratamiento. Jorge. La primera vez que vino
aquí, a Madrid, Jorge Guillén, después
de la guerra, de su exilio, el doctor Oliver Pascual
me llamó. Era un amigo de toda la generación
del 27. Él no era poeta, era médico, pero
era amigo, amiguísimo de todos, y mío especialmente.
Me llama una mañana y me dice: "Oye, que
está aquí Jorge." Él lo tuteaba. "Se
va esta noche o mañana, y hay que darle una comida.
Organízalo." Le contesté: Pero oye,
que son las once de la mañana, ¿qué quieres
que haga yo?" "Oye, pues haz lo que puedas,
a ver quiénes nos podemos reunir." Conque
lo organicé en Lhardy y lo conseguí.
[Se
levanta y va a buscar una fotografía,
que trae y pone sobre el escritorio.]
Mire usted, ésta es la foto que nos hizo la prensa.
No estuvo mal, para ser en tan corto plazo. Aquí están
Rosales, Ridruejo, Vivanco, Dámaso, Melchor Fernández
Almagro, Aleixandre, Guillén, Gerardo Diego, Eusebio
Oliver y yo. Aquí está Manolo Díaz
Crespo. De éste no me acuerdo. Éste es
Cossío, el pintor, no Pancho Cossío, sino
el hermano de José María Cossío.
De esta foto, han muerto todos menos yo. Así que,
para hacer esto a las dos de la tarde, habiendo sido
avisado a las once de la mañana, fue todo un récord... ¿Dónde
nos habíamos quedado?
H.V.R.: En quiénes se radicalizaron y quiénes
no al proclamarse la República. Un sector de los
Azcárate entró en el Partido Comunista.
P.B.:
Sí, Pablo Azcárate, el hermano de
Justino.
H.V.R.: Hace poco, leí una carta de Enrique Díez-Canedo
a Durán desde México, 1940. Es una carta
muy cómica, Díez-Canedo era un hombre con
un gran senstido del humor. Cuenta que acaban de llegar
a México las hijas de Azcárate y que él
no entiende nada porque tienen en el sitio donde se establecen
un Cristo, el retrato de Stalin y el de Giner de los
Ríos. El está asombrado... ¿Usted
trató a Díez- Canedo?
P.B.: Mucho, mucho.
Era un hombre encantador. Era crítico
de literatura de El Sol, y poeta también.
Muy enterado como crítico, una persona de muy
buen trato. Yo, además, tuve amistad con él,
aparte de que yo iba a su tertulia, a la de Azaña,
que era la suya.
H.V.R.: Sí, porque él era
muy amigo de Cipriano Rivas-Cherif.
P.B.: Sí, íbamos a la tertulia del Café Regina.
Además, mi padre tuvo un subordinado durante muchos
años, un ingeniero de caminos, casado con una
Díez-Canedo, prima hermana de Enrique, así que
por ahí yo conocí mucho a María
Díez-Canedo, que convivió con mi madre,
era muy buena amiga y eso nos acercó más
a Enrique Díez-Canedo. Yo tuve muy buena amistad
con él, era un hombre muy grato y muy divertido,
con muy buenas salidas.
H.V.R.: Fue gran amigo de Gustavo
Durán.
P.B.: ¡Ah, no sabía yo eso! ¿Se
hicieron amigos allí?
H.V.R.: No, eran amigos ya
antes. Hicieron una parte de la guerra juntos, porque
ambos eran subordinados de Federico de la Iglesia, que
también era amigo
de Díez-Canedo antes de la guerra. Federico de
la Iglesia terminó exiliado en Londres y su hija
de casó con Schiffrin, famoso editor americano,
que fue durante años el director de Random House
en New York, y que después puso su propia editorial...
Los De la Iglesia hicieron su vida en el mundo anglosajón.
P.B.:
Yo sólo conocí a Enrique. Era muy
simpático, también, con la gente joven,
como éramos nosotros, que íbamos a la tertulia
en plan de muchachos. Iban Azaña, don Enrique
y, cuando iban, Valle-Inclán, Prieto... Iba también
uno a la tertulia del que yo no supe nunca más
que se llamaba Sindulfo, que era muy amigo de Azaña,
pero no sé ni cómo se llamaba de apellido
ni a qué se dedicaba. Malas lenguas decían
que se entendía con Azaña.
H.V.R.: ¿Es cierto que Azaña
era homosexual, o era una maledicencia?
P.B.: Pues no
lo sé, puede que lo fuera y puede
que no. Pero circulaba una historia sobre Azaña
y Rivas-Cherif. Ésa era más del dominio
público. Porque Cipriano yo no sé si
lo era o no lo era, pero sus maneras eran tremendas...
H.V.R.:
Y además estaba su grupo de amigos. Néstor
y Gustavo sí que lo eran.
P.B.: Cipriano no sé si lo era o no, yo no pondría
la mano en el fuego, pero su aspecto era tremendo: su
voz, sus gestos, su picardía, su maledicencia...
eran una cosa muy femenina.
H.V.R.: Usted estuvo muy cerca
de toda la generación
anterior. Usted conoció, por supuesto, a Ortega,
a los Machado... ¿Qué impresión
tenía usted de Ortega? ¿Era realmente un
hombre con carisma?
P.B.: Era cautivador. Como tenía esa brillantez,
esa gracia, todo el mundo se rendía ante él,
ante su inteligencia... Luego he leído sus cosas.
H.V.R.:
Yo sigo pensando que no tenemos filósofos.
Que tenemos pensadores, pero no filósofos en sentido
estricto, intelectuales consagrados a la elaboración
de un sistema del mundo.
P.B.: Sí, eso está claro.
H.V.R.: Tal vez,
el más próximo a esa
figura ideal del filósofo, haya sido Unamuno.
P.B.:
Sí. Pero mire usted: hace poco, pensaba
yo en Unamuno al leer el prólogo de la traducción
española del Fascismo de Mussolini, que
hizo José Antonio. Yo lo tengo por ahí.
Ese prólogo es sencillamente el relato de la visita
que él le hace a Mussolini en Roma. Él
la cuenta llanamente. Pide audiencia y Mussolini lo cita
un domingo por la tarde en el Palacio de Plaza Venecia.
José Antonio llega allí a la caída
de la tarde. No hay un alma en el palacio, pues es día
de fiesta. Va pasando pasillos y salones. En un gran
salón, que llamaban de la bola del mundo o algo
así, está el despacho de Mussolini. José Antonio
entra caminando. Mussolini se pone en pie, se dan la
mano y tienen una conversación muy breve. Además,
tampoco dice cosas... Dice que le saludó muy cordialmente
y dice una cosa que sí es importante: cómo
Mussolini escuchaba. Le impresionó la manera de
escuchar de Mussolini, porque de las cosas que le dijo
José Antonio se vio que le entraron, porque escuchaba
perfectamente. Se despiden, se dan la mano y vuelve a
salir él por aquellos ámbitos totalmente
deshabitados, de día de fiesta, y baja a una Roma
que está hirviendo, porque es un domingo. Eso
es el prólogo, pero lo que se me ha quedado grabado
es cómo escuchaba Mussolini, ya con años,
a un muchacho de veintitantos, que no es nadie todavía.
H.V.R.:
Pero que le debía de hacer pensar mucho
en sí mismo, porque el no ser nadie es todo un
conflicto en la vida de Mussolini; él es el tío
que se atreve, que viene de un pueblo y se mete en todas
partes y consigue ser escuchado y consigue hacerse escuchar.
P.B.:
En fin, que sabía escuchar, lo que no sabía
Unamuno, eso hay que decirlo. Unamuno, con todo su talento,
con su enorme talento, con ser uno de los españoles
cumbres, no sabía escuchar. En absoluto. No escuchaba
ni a Dios, vamos. Él era un monólogo, no
paraba de hablar, era incapaz de decir "Diga usted".
Eso es tremendo, a mí me hace un efecto malísimo.
H.V.R.: ¿Y
Ortega?
P.B.: Ortega sí. Perfecto. Era perfecto
en todo, Ortega. Yo tengo devoción por Ortega.
Me parece un hombre tan extraordinario, tan brillante
y tan buen escritor.
H.V.R.: ¿Qué piensa usted de Gómez
de la Serna?
P.B.: Creo que es uno de los valores españoles
más notables del siglo. Injustamente olvidado.
Una persona extraordinaria.
H.V.R.: Gómez de la Serna, Ramón,
no respetaba mucho a Ortega...
P.B.: Tampoco Juan Ramón quería demasiado
a Ortega. Si alguien le decía: "Juan Ramón, ¿ha
leído usted la Revista de Occidente?",
contestaba, con su voz grave: "No, no yo no leo
la Revista de Occidente, las letras de la Revista
de Occidente se me meten en los ojos y me hacen
llorar los ojos. No, no." La letra, lo que le molestaba
era la letra. Lo leía todo, ¿eh? Un poeta
extraordinario. Pero qué lengua tenía...
Con una exquisita educación, tenía una
lengua de hacha, Juan Ramón, y además tiraba
por altura. Yo me acuerdo que hablando un día
del pobre Guillermo de Torre, le he oído decir
nada menos, y mire usted que hace falta tirar con artillería
por arriba: "Qué lástima me da de
su padre". Ya no se puede decir una cosa más
cruel.
H.V.R.: ¡Por Dios, qué maldad! Sí,
era una especie de aversión enfermiza. He visto
ejemplares de libros de Juan Ramón, dedicados
por él, donde advierte que las erratas que pueda
haber son culpa de Guillermo de Torre. Porque eran las
ediciones de Losada, que las hacía Guillermo de
Torre. Una cosa persecutoria.
P.B.: Y Guillermo de Torre
era una persona excelente, muy trabajador.
H.V.R.: Un
hombre muy querido por toda la gente que se exilió, porque ayudó a todo el mundo.
Además, para que don Gonzalo Losada le confiara
realmente la editorial a alguien... Era él quien
se hacía cargo de todo.
P.B.: Era persona muy trabajadora
y muy honesta en su trabajo. Me acuerdo que un día vino de la Argentina,
nos encontramos, se emocionó y me dijo: "Tenemos
que vernos", pero ya no nos vimos más. Yo
apreciaba a Guillermo. ¿Se acuerda usted del libro Hélices? "Morfinómanas
lésbicas se inyectan el endocardio... de las linotipias."
H.V.R.: ¡La vanguardia! ¡Dios Santo! ¡Qué grupo
curioso!
P.B.: Pero, por ejemplo, Guillermo de Torre estudió la
pintura contemporánea. Le oí en una conferencia
verdaderamente notable, por lo enterado que estaba, lo
que había trabajado, lo que había leído...
Una conferencia erudita, admirable.
H.V.R.: Sin duda,
pero no era un hombre de talento lírico, ¿no?
P.B.:
No, no.
H.V.R.: ¿Y los Machado?
P.B.: El gran Machado es
don Antonio, pero el Machado simpático era don Manuel. Era encantador. Don
Manuel venía por la Residencia bastante, porque
había un residente... Había tres o cuatro
en la Residencia que no eran estudiantes, que eran personas
mayores. Moreno Villa, don Ángel Llorca, el académico
de las Bellas Artes, Orueta; ésos vivían
con nosotros pero no eran estudiantes. Moreno Villa era
el archivero de Palacio. No es que tuviera nada que ver
con el rey, era el archivero que su cuerpo había
destacado en Palacio. Don Manuel Machado era amigo de
Moreno Villa y venía por la Residencia con cierta
frecuencia. Yo le traté bastante. Era un hombre
muy simpático, muy humano, muy gracioso, muy correctamente
vestido, muy apersonado, un hombre grato.
H.V.R.: A diferencia
del hermano, que andaba como un zarrapastroso...
P.B.:
Claro. Yo también traté bastante
a don Antonio, que sí era zarrapastroso. Recuerdo
que vivió últimamente... vamos, antes de
la guerra... vivía en General Arrando 9, que era
justamente la casa frente a la mía: yo vivía
en General Arrando 5. Yo hice un artículo hace
unos tres, cuatro o cinco años para el ABC,
de los pocos que he hecho en mi vida, contando cómo
conocí a Antonio Machado. Lo conocí porque
yo era alumno de un hermano de don Antonio, don José Machado,
que era dibujante, no pintor, y era el profesor que teníamos
en la Residencia de niños, donde yo hice el bachillerato,
en la calle de Fortuny, 24. Luego ya nos subimos a Pinar.
El profesor que teníamos allí era don José Machado,
una persona encantadora, un hombre angelical.
H.V.R.:
Mayor que ellos, ¿no? ¿Era el
mayor de los hermanos?
P.B.: No lo sé. Yo conocí a don Antonio,
a don Manuel y a don José. Un día fui al
Museo de Ciencias Naturales, que estaba muy cerca de
la Residencia, donde está la Escuela de Ingenieros
Industriales, me encontré con don José Machado
y lo saludé. "¿Qué tal, señor
Machado?" —en la Residencia no estábamos
acostumbrados a decir "don", sino "señor
Fulano"—. "Hola, Bello. Bien. ¿Y
usted?" Y le dijo a su hermano: "Mira, Antonio:
aquí, un alumno mío de la Residencia",
y me lo presentó. Yo, que iba solo, seguí visitando
con ellos el museo. De las cosas que dijeron no me acuerdo,
pero sería para escribir un artículo. Los
dos sin idea de las Ciencias Naturales.
H.V.R.: Usted
sí, usted hasta hizo estudios de
medicina.
P.B.: Yo sí. Además, mi padre había
sido muy aficionado a las Ciencias Naturales, y yo he
sido muy aficionado a los animales. Pero estos dos iban
divagando.
H.V.R.: ¿Manuel y Antonio estaban enfrentados
en ese momento?
P.B.: No estuvieron enfrentados nunca.
Se querían
mucho. Cada uno iba por su lado, y tenían unos
pensamientos diferentes, pero enfrentarse, nunca. Ellos
se quisieron siempre mucho.
H.V.R.: ¿Y qué pasó con
Manuel cuando Antonio se fue?
P.B.: Pues yo ya no lo volví a
ver.
H.V.R.: Yo pensaba el otro día, estando allí,
en Colliure, qué carga para Manuel Machado, el
hermano y la madre muertos en una situación tan
desesperada, y él en el otro lado...
P.B.: Sí, y queriéndose tanto, además.
H.V.R.:
Sin embargo, él fue consecuente con su
posición.
P.B.: Eso yo ya no lo sé, porque yo ya perdí contacto.
Yo lo conocí antes de la guerra, pero después
ya no lo traté.
H.V.R.: A veces piensa uno que
deben haber sido parecidos en ciertos aspectos, porque
si hubo alguien parecido a Franco en la historia de este
país, debe de
haber sido Enrique Líster, ¿no? Dos gallegos
duros. Uno en la derecha y el otro en la izquierda. Si
le hubieran dejado, Líster hubiera hecho lo mismo
que Franco en el otro lado. Y Antonio le cantaba a Líster
y Manuel estaba con Franco, así que alguna semejanza
habría de haber entre ellos.
P.B.: Pues sí, sí.
H.V.R.: ¿Usted conoció la historia amorosa
de don Antonio? ¿Conoció a la célebre
mujer de don Antonio?
P.B.: Tengo el libro que ha escrito
ese corresponsal de ABC en Lisboa, Jose María Moreira.
Ha escrito una biografía de ella...
H.V.R.: Guiomar.
P.B.: Sí, y lo he leído,
pero ya se me ha olvidado.
H.V.R.: Porque él, cuando era vecino de usted,
vivía sólo...
P.B.: No, vivían don Antonio y algún
hermano suyo.
H.V.R.: Quiero decir, sin mujer.
P.B.: Ah, no, yo creo
que él no ha vivido nunca
con mujer. Nada más cuando se casó con
Leonor. Estoy seguro.
H.V.R.: Los miembros más destacados de la generación
precedente a la suya llevaron el peso del primer acto
público de apoyo a la República. Usted
y algunos de sus amigos estuvieron allí, según
el relato de Ontañón.
P.B.: Claro, don Antonio
Machado presidió aquel
acto. Él era el jefe del partido republicano en
Segovia. Era catedrático de Francés del
Instituto de Segovia y el jefe del partido. Se hizo en
el teatro Juan Bravo.
H.V.R.: Además de Machado, participaron Ortega,
Marañón y Pérez de Ayala.
P.B.: Claro,
fueron los tres que actuaron: Ortega, Marañón
y Pérez de Ayala. Hizo la presentación
del acto don Antonio Machado. Así como toda persona
normal lee unas cuartillas o un pliego, don Antonio Machado
sacó para leer una libreta de hule negro de este
tamaño... ¿Usted se imagina? ¡De
hule negro! Leyó de la libreta y se la guardó.
Después entraron, primero, Pérez de Ayala,
luego, Marañón y, por último, Ortega.
H.V.R.:
Y usted fue con sus amigos, entre ellos Sanchez Mejías.
P.B.:
Fuimos desde aquí en un coche de un amigo
nuestro que murió, bastante joven... Era un coche
enorme, un Hispano tremendo. Fuimos Federico, Ignacio
Sánchez Mejías, este muchacho amigo nuestro
que era el dueño del automóvil, y el matemático,
Rodrigáñez. En el coche cabían siete
u ocho. ¡Ah... sí! También venía
un sevillano ilustre, el marqués de Pigman, Antonio
Pigman, amigo mío. Y oímos el acto. Antonio
Pigman había estado muy enfermo, vamos, no muy
enfermo, había llevado una vida muy disipada,
de hombre rico, y tuvo su correspondiente sífilis
y luego tuvo una cosa cerebral... Era muy inteligente,
muy calamidad, pero muy simpático y muy inteligente. Él,
generalmente, estaba callado y, cuando decía algo,
tenía una cierta premiosidad en romper a hablar...
Veníamos hablando, veníamos todos muy calientes,
porque después del acto, que duró desde
las ocho de la tarde hasta las nueve y pico, nos quedamos
a cenar en Segovia. Habíamos bebido un poco, veníamos
todos muy entusiasmados: "Ah, pues Ortega ha estado
admirable... Pero Pérez de Ayala..." Todo
el viaje, de Segovia a Madrid, hablando así. "No,
el mejor, fulano." "No, no, yo creo que el
mejor ha estado tal y cual..." Y cuando estábamos
ya en Puerta Hierro, entrando a Madrid, Carlos Pigman,
que era mayor que nosotros y no había abierto
el pico, en un silencio, dijo: "Buuuueno, lo mejor
de Segovia, el Acueducto." Nos hizo felices a todos.
H.V.R.:
Ustedes se trataban con esta generación,
les veían, a Ortega, Marañón...
Marañón era muy contradictorio. Republicano
y médico del rey. Y amigo del rey...
P.B.: Bueno,
pero Marañón era un hombre
tan bueno, tan comprensivo, tan cariñoso, tan
humano, tan incapaz de reñir y de cualquier cosa
agresiva que, por ejemplo, mire usted que se portó mal
con él don Miguel Primo de Rivera... Le puso a
Marañón, en aquellos tiempos —don
Miguel estuvo en el poder del 23 al 30—, una multa
de novecientas mil pesetas. Vamos, una cantidad... una
fortuna. Es como ahora cien mil millones de pesetas.
Pues uno de los hijos de don Miguel, hermano naturalmente
de José Antonio, que era Fernando Primo de Rivera,
que era militar, pero no le gustaba la carrera, después
de terminarla, la dejó y estudió medicina.
Procuró entrar a trabajar con Marañón,
y éste lo aceptó y hasta publicaron algunos
trabajos juntos.
H.V.R.: Marañón no guardaba rencor. Además,
debían de ser muy distintos el padre y ese hijo.
P.B.:
Es que al padre no hay que tomarlo a cachondeo. El padre
era un hombre que tenía lo suyo. Era
muy inteligente. Fue un dictador, pero, en fin, era un
hombre muy comprensivo, muy humano. Por él, no
hubiera pasado nada.
H.V.R.: Usted conoció a Ramón
y Cajal...
P.B.: Sí. Poco, pero lo conocí.
H.V.R.:
Había una gran diferencia de edad. Pero
con Marañón esa diferencia no era tanta.
Usted llegó a tratarle durante mucho tiempo.
P.B.:
Hombre sí, pero Marañón era
mayor que yo veinte años.
H.V.R.: ¿Por qué dejó usted
Medicina?
P.B.: Pues porque no me gustaba nada, absolutamente
nada.
H.V.R.: ¿Y por qué la empezó?
P.B.:
Pues porque creí que me iba a gustar y,
lo que es curioso, aprobé los cuatro primeros
años, que son los duros, los feos: las anatomías,
las disecciones, la Fisiología, la Patología
General, la Terapéutica. No... tampoco es bonita.
En fin, la Anatomía Patológica... y ahí lo
dejé.
H.V.R.: ¿Y no se arrepiente?
P.B.: No, porque no
tenía yo vocación,
no hubiera hecho nada.
H.V.R.: ¿Estudió con Marañón?
P.B.:
No, con Marañón no, porque no lo
elegí. Cuando yo estudié Patología
General, que es lo que daba Marañón, no
había catedrático de Patología General,
estaba vacante la cátedra, y la daba don Eduardo
García del Real, padre de esta chica, vamos, de
estas mujeres que tienen mi edad, claro. Es el mejor
catedrático quizá que he tenido yo en mi
vida. Además, se parecía a mi padre y yo
por eso le tenía simpatía. Bueno, pues
don Eduardo García del Real, el primer día
de curso, nos dijo. "Miren ustedes, se va a partir
la cátedra, el curso, en dos mitades. Una que
la va a dar el doctor Marañón en el Hospital
General y otra que la voy a dar yo aquí, en San
Carlos, así que apúntense ustedes a una
o a otra", y yo me apunté a la de don Eduardo.
H.V.R.: ¿Conociendo ya a Marañón?
P.B.:
No, entonces todavía no. Después
lo traté bastante. Era tan simpático, Marañón,
tan humano. Daba gusto tratar con él. Era la suavidad
misma.
H.V.R.: Era un hombre de ideas, realmente brillante.
Y ha de haberse llevado bien con Alfonso XIII...
P.B.:
Durante el tiempo que se trataron, se quisieron mucho.
Y lo pasaron muy bien, además. En el viaje
que hicieron a las Hurdes, fueron como hermanos, vamos...
El rey le dijo un día: "Oye, ya no se puede
aguantar más el calor que hace. ¿Qué te
parece que en este riachuelo nos bañemos?" Se
pusieron en pelotas los dos y se bañaron. Era
absolutamente normal no llevar traje de baño,
se bañaron completamente en pelotas.
H.V.R.: En
los primeros tiempos de la República,
Ortega formó un partido.
P.B.: El partido que formó Ortega no se llamaba "partido".
Se llamaba "Al Servicio de la República".
H.V.R.:
Usted se presentó a las elecciones como
candidato a diputado constituyente por Sevilla por el
Partido Federalista.
P.B.: Bueno, me presenté al Partido Federalista
porque había que presentarse a un partido, pero
yo como independiente. Yo conocía allí,
en Sevilla, al jefe del Partido Federalista, que era
amigo mío, un abogado, y otro chico, un muchacho
joven muy brillante que tenía una pequeña
editorial, y un amigo mío y de Ignacio Sánchez
Mejías... Y me presenté con ellos, sabiendo
que no salía. Cuando apareció como una
mula loca Ramón Franco, con aquella fama, ya vi
que era imposible. Él se había presentado
por Esquerra Republicana de Cataluña, y fue a
Sevilla a apoyar la candidatura del capitán Cuerda,
que no era nadie.
H.V.R.: Pero Ramón Franco era
muy popular.
P.B.: Cuando yo casi ni había nacido, Ramón
Franco ya había hecho el Plus Ultra. Era muy audaz,
muy "echao pa'lante", y llegó barriendo.
Echando, como dicen por Aragón, el trillo por
las piedras. Disparatando: "La tierra para el que
la trabaja", todas esas patochadas...
H.V.R.: Con
o sin triunfos electorales, escuchando tonterías
y cosas inteligentes, la de la República parece
haber sido para usted una época feliz. Pero después
vino la guerra. ¿Usted se quedó siempre
en Madrid? ¿Pasó la guerra en Madrid?
P.B.:
Toda la guerra. Toda la guerra en Madrid
H.V.R.: ¡Qué duro! ¿no?
P.B.: Horroroso,
espantoso. En mi casa, en toda la casa, habían matado a mi hermano y a cinco o seis más,
entre ellos al dueño de la casa, que era el conde
de Campogiro, que había sido secretario de Gil
Robles, y claro, lo mataron. Hombre, mataban por estar
suscrito al ABC, conque, claro... Mataron a
otro ingeniero de caminos encima de nosotros, y a otros...
H.V.R.: ¿Quién hacía eso? ¿Los
comunistas? ¿La F.A.I.? Porque en Barcelona era
la F.A.I. Allí, los que llevaban la voz cantante
eran los anarquistas.
P.B.: No, no. Aquí eran los comunistas. Aquí uno
deseaba entenderse con la F.A.I. Cuando venían
a hacer un registro, y en casa hicieron más de
veinte... Calcule usted, yo con sobrinos pequeños,
recién nacidos, con mi hermana, que se acababa
de casar, separada de su marido, con mis padres ya mayores...
yo pasé una guerra horrorosa, de preocupación,
de inquietud, de sinsabores, en fin. Bueno, pues lo que
siempre deseábamos cuando había un registro
era que la gente que viniera fuera de la F.A.I., porque
con la gente de la F.A.I. cabía entenderse. Eran
muy salvajes, pero cabía entenderse, tenían
un fondo, no sé. Pero con los comunistas no había
manera de entenderse, una cosa fría, no había
manera.
H.V.R.: ¿Quiénes eran los personajes salientes
en ese momento? Porque de las actividades de Carrillo,
por ejemplo, se sabía poco, no era una figura...
P.B.:
Muy poco. Aquí, el que sustituyó a
Carrillo en esa cosa de seguridad fue Melchor Rodríguez,
que la gente quedó muy agradecida, porque lo hizo
muy bien, se desveló. En los traslados de presos, él
iba en un coche ligero al lado, pistola en mano, para
que no se cargasen a nadie.
H.V.R.: Aunque una vez trasladados,
se los cargaban igual.
P.B.: Sí, pero en fin, él adecentó su
cargo. Luego estaban los jefes siniestros de checas.
H.V.R.: ¿Eran conocidos? ¿Se sabía
quiénes eran?
P.B.: Sí, hombre, claro. Uno era el que me detuvo
a mí, Ángel Pedrero, que tenía su
central en el Ministerio de Marina, en la Cibeles. Allí me
detuvieron a mí, a las doce de la noche; yo ya
creí que se me llevaban por delante.
H.V.R.: ¡Pero
usted era amigo de Prieto!
P.B.: Sí, pero, ¿qué tiene
que ver? Prieto no pesaba nada.
H.V.R.: Pedrero reemplazó a Gustavo Durán
al frente del Servicio de Información Militar
por orden de Prieto. Pedrero era hombre de su confianza.
P.B.:
Pues Ángel Pedrero me detuvo a mí,
y yo estuve cuatro días detenido, nada más.
Me detuvieron en casa, me llevaron al Ministerio de Marina
y me metieron en el sótano, ahí, con sesenta
u ochenta individuos más. Cuando les preguntaba
cuánto llevaban allí, decían: "Yo,
tres meses" o "Yo, seis meses"... Y nada,
con el suelo nada más, sin una colchoneta, nada
más el suelo y las paredes.
H.V.R.: ¿De quién más se acuerda? ¿Pedrero
y...?
P.B.: El otro, el que cogieron en Canarias, García
Atadell.
H.V.R.: Era un tipo siniestro. Con una historia
muy confusa, de final aún más confuso. Escapó de
la zona republicana a Francia con una fortuna de origen
terrible, para marchar a América, y le detuvieron
los nacionales en Canarias.
P.B.: Luis Buñuel presumía de que había
sido él quien lo había delatado. Luis Buñuel
me ha dicho a mí que fue él.
H.V.R.: ¿Ante quién le denunció?
Porque Buñuel estaba con la República y
a García Atadell le cogieron lo otros.
P.B.: Buñuel lo denuncia a los nacionales. Él
presumía de eso, aunque yo no sé si es
verdad.
H.V.R.: En la Causa General se
dice que el negocio en el que él había acumulado su
fortuna era lo que se llamaba "el corredor de la
muerte": le ofrecían a determinadas personas,
interesadas en pasarse al lado nacional, la salida de
Madrid a cambio de dinero. La gente entregaba lo que
tenía y, en vez de pasarla, la asesinaban. No
se puede asegurar que esto sea cierto.
P.B.: La célebre
Brigada del Amanecer.
H.V.R.: Exacto.
P.B.: Pues eso me lo ha dicho él a mí.
Me decía que le producía tal asco y tal
repugnancia lo de García Atadell, que él
se enteró, se enteraría por amigos comunes
en Madrid, y que se presentó en la embajada franquista
y dijo: "Pues este señor tiene pasaporte
y se va tal día en un barco que sale de Marsella,
para huir a América."
H.V.R.: Y entonces le
esperan en Canarias...
P.B.: ¡No! Se mete uno en el barco. El otro va
huido, sin tratarse con nadie, atemorizado y con ganas
de poner kilómetros y agua por medio. Pero se
mete un policía, supongo, sería un policía,
hace amistad con él y en los dos o tres días
que tarda el barco de Marsella a Canarias se hacen amigos.
Claro, en el barco no hay manera de detenerlo, porque
es territorio extranjero, pero éste le convence
para bajar a tomar una copa al llegar a Canarias. Allí lo
trincan, porque en Canarias ya estaban avisados. Una
cosa de película.
H.V.R.: Y aún hoy no se sabe quién se
quedó con todo lo que él se llevaba. Porque
alguien se lo quedó en Canarias. La República,
naturalmente, no se lo quedó. El gobierno franquista
no se lo quedó. Oficialmente, no se lo quedó nadie.
Quién sabe si a lo mejor un funcionario, un hombre
de Falange de tercera línea, alguien ignorado.
García Atadell es detenido, bajan sus posesiones
del barco y esas posesiones desaparecen...
P.B.: Ocurrió lo
mismo que con la fortuna de Manolete. Lo mismo.
H.V.R.:
Volviendo a Pedrero y a su detención...
P.B.: Pues
yo tuve la suerte de salir de ese mal paso, de cuando
me detuvieron. Bueno, en los cuatro días
que estuve detenido no tuve ni una colchoneta, nada:
el suelo y las paredes. Ni plato me dieron, en un plato
que comía otro, lo limpiábamos con un papel
de periódico, me echaban a mí el rancho
y aquello me lo comía, limpiaba la cuchara... ¡Una
cosa! Pero todavía tengo muy buena salud, a mí no
me mata eso... A mí me salvó el ser muy
amigo del fiscal jefe de la Audencia de Madrid, que era
un comunista, amigo mío desde hacía muchos
años, zaragozano él, que se llamaba Feliciano
López y López de Uribe y Aramán.
Yo lo quería mucho, era muy humano. Feliciano
hizo la carrera. Vino aquí, a Madrid, desde Zaragoza,
y se colocó de chófer de la Panificadora
Madrileña, llevaba la camioneta. Bueno, pues de
chófer llegó a ser gerente de la Panificadora
Madrileña, y entonces terminó la carrera
de Derecho, que había empezado en Zaragoza, y
abrió un bufete. No sabía nada, claro,
y él, que era muy sincero, me decía: "Tú fíjate,
te vas a cualquiera de esos abogados y te dicen que la
ciencia y tal y cual, y yo no tengo ningún libro..." No
sé cómo despacharía las cosas. Bueno,
pues a éste, que era del Partido Comunista, lo
hicieron fiscal jefe de la Audiencia de Madrid. Tenía
un despacho imponente en la Audiencia, en las Salesas,
y yo lo fui a ver. Él era grande, fuerte, con
un pelo enmarañado blanquecino, muy gesticulador,
muy gestero y muy ampuloso. Buena persona. Él
me quería, y una de las veces fui a verlo porque
habían detenido a mi hermano Antonio, el pequeño,
que entonces tenía veintidós años.
Una edad en que se los cepillaban, morían aquí como
chinches, eran chicos estudiantes y tal. Mi hermano estuvo
nueve meses detenido; y fui a verle y le dije: "Oye,
pues mira, esto, mi hermano, que lo han detenido",
y me dice: "Bueno, pues será un falangista
asqueroso." "No, no, nada. No seas ligero,
ni falangista ni hostias. Le han detenido porque no hacéis
más que imbecilidades, no hacéis más
que memeces, lo hacéis todo de mal que no hay
por dónde cogerlo." "Bueno, tú también,
otro fascistote." Pero total, que eso me lo procuró e
hizo bastante para que mi hermano saliera bien. Bueno,
hubo un juicio y mi hermano salió bien, porque
había un fiscal que era un aficionado, un comunista
aficionado que no era ni abogado ni nada, y le hizo gracia
mi hermano, no sé. Porque a mi hermano, fíjese
usted, con veintidós años, le achacaban
que era obispo... ¡A qué grado de locura
se llegó aquí, y llevaron a aquella pobre
gente!
H.V.R.: Entonces Feliciano le localizó a
usted...
P.B.: Cuando vinieron a detenerme a mí, una pareja,
pistola en mano, a detenerme a las doce de la noche,
yo les dije: "Oigan, déjenme ustedes llamar
por teléfono." "No, no. Imposible." "Créanme
ustedes, que voy a llamar al fiscal jefe de la Audiencia
de Madrid, llámenlo ustedes y yo me pongo." "No,
no. Imposible." Pero no hice yo más que marcharme
de casa y llamó mi hermana. Estábamos ella
y yo en casa, solos. Llamó mi hermana Adelina
y le dijo a Feliciano lo que me había ocurrido.
Mi hermana lo conocía. Bueno, pues al día
siguiente, a las diez de la mañana, se presentó él,
personalmente, y me vio. Me sacaron del sótano
aquel, me subieron a una galería de los despachos,
y allí estuve con Feliciano. Y al día siguiente,
por la tarde, estuvo también a verme. Y me dijo: "Mira,
lo tuyo no está tan claro." "Oye, Feliciano, ¿qué me
dices? ¿Es que no nos conocemos?" "Sí,
mira tu situación... Yo era muy moreno y ahora
tengo el pelo blanco, todos podemos cambiar." Yo
pensé, y lo medité rápidamente,
conociendo a Feliciano, y le dije: "Bueno, pues
mira, Feliciano, te vas ahora mismo a hacer puñetas,
porque para salir yo de aquí, de esta mierda,
me basto y me sobro, así que vete a hacer puñetas
y no te metas a defender lo que es indefendible. Adiós." "Hombre,
que..." "Adiós." Con tono firme.
Fue mano de santo, aquello. Fue mano de santo. Yo no
tenía ninguna seguridad de nada...
H.V.R.: Y sí,
en cambio, un miedo terrible...
P.B.: Sí, un miedo terrible, pero en fin, me
tiré el farol...
H.V.R.: Y salió bien.
P.B.: Salió bien.
H.V.R.: ¿Y lo de Federico? ¿Por qué mataron
a Lorca? ¿Por razones políticas? Se le
identificaba públicamente como republicano...
P.B.:
Yo creo que es la burricie española, y
sobre todo la burricie de provincias, el provincianismo,
las envidias, la bestialidad de la gente... y nada más.
Granada era la población más atrasada de
España. De analfabetismo, sigue en cabeza. No,
no. Razones políticas, no.
H.V.R.: Ni por homosexual.
P.B.: No, tampoco. Es bestialidad
de pueblo español
de provincias. El afamado, el que se está haciendo
célebre, el señorito que está en
Madrid... Ahora que se está matando gente por
toda España, pues vamos a cargarnos a éste.
Yo creo que no tiene otra explicación. Eso se
lo he dicho a Gibson, y Gibson cree otras cosas, y yo
le he dicho que no, que no le busque los tres pies al
gato. La verdad es que la homosexualidad de Federico
era lo menos agresiva y lo menos homosexual que he visto.
Yo lo he tratado siempre lo mismo que a una persona normal,
lo mismo que a Buñuel, que a Dalí, que
a Gerardo Diego, igual, igual
H.V.R.: ¿No era amanerado?
P.B.: Nada, en absoluto.
Hombre, claro, instintivamente, cuando era uno joven
y se iba de picos pardos, se ponía
uno de acuerdo con Buñuel. Y con Federico, de
un modo instintivo, no se contaba. Pero esto lo he pensado
luego.
..........
H.V.R.: Usted protegió y ayudó a mucha
gente durante la guerra. Empezando por sus vecinos. Y
no todos fueron tan desagradecidos como Gastón
y Marí. El padre de Miguel Herrero de Miñón,
por ejemplo, vecino y amigo de usted.
P.B.: Herrero García había sido catedrático
de mi hermano el pequeño en el Instituto Escuela.
Yo le conocía ya hacía años y después
vino a vivir al lado de casa. Durante la guerra nos vimos,
y cuando él se iba, que se fue al empezar la guerra,
porque tenía muchísimo miedo de que fueran
por él, nos citamos y me dijo: "Mira, yo
me voy a una embajada y dejo aquí a mi madre,
que es una anciana, y estos ficheros, que son el trabajo
de mi vida." Las fichitas, que él decía.
Y dije: "Pues hombre, haré lo que pueda;
ya sabes que estamos entre salvajes y que es muy difícil..." Y
efectivamente, no les pasó nada y recuperó sus
fichas.
H.V.R.: ¿Qué era él? ¿De
la CEDA?
P.B.: Me parece que sí. Me parece que él
era del Debate, de la gente aquella de Herrera Oria.
Herrero se metió en una embajada sudamericana,
no recuerdo si la de Chile o la de Perú. Allí conoció a
una muchacha y, nada más terminar la guerra, se
casaron. Unos meses después nació Herrero
de Miñón.
H.V.R.: Ella también se había
refugiado en la Embajada.
P.B.: Sí, era una refugiada.
H.V.R.: Fueron montones, ¿no?
P.B.: ¡Oh,
una cosa...!
H.V.R.: Hubo embajadas que se trasladaron
con el Gobierno a Valencia, dejando sin protección oficial a los
refugiados que tenían en sus locales. Los detuvieron,
claro.
P.B.: Y después terminó la guerra
y en las embajadas se metieron los rojos.
H.V.R.: Como
es lógico.
P.B.: Un compañero fraternal de mi hermano, Romeo,
que había sido delegado de Negrín en Madrid,
hijo del doctor Romeo, que se quedó tuerto en
la guerra, se metió con su hermano y con su padre
en una embajada hasta que se pudieron ir a Méjico.
H.V.R.:
En el proceso del exilio perdió usted
de vista para siempre a muchos y muy buenos amigos. El
primero, Indalecio Prieto.
P.B.: Prieto lo tuvo que pasar
muy mal en el exilio. Yo he oído decir a don Indalecio que, para él,
lo más amargo que le podía pasar en esta
vida era vivir fuera de España. Eso se lo he oído
decir yo. Yo tenía amistad con él, aunque
había una importante diferencia de edad.
H.V.R.: ¿Cómo era esa relación? ¿Por
donde venía?
P.B.: Pues era porque un hijo suyo,
Luisito, era compañero
mío en la Residencia. Murió hace muchos
años, muy joven. Por el hijo conocí a don
Indalecio.
H.V.R.: Que venía de Bilbao, claro.
P.B.: Sí.
Cuando era el hombre de confianza de Horacio Echavarrieta.
Era muy inteligente.
H.V.R.: Hay que reconocerle un mérito:
puso todas sus capacidades al servicio del proyecto de
terminar la guerra cuanto antes.
P.B.: Todas. Él le tenía horror a Negrín.
Bueno, a Negrín le tenían miedo todos.
Azaña le tenía un miedo horroroso.
H.V.R.:
La leyenda comunista retrata a Negrín
como un hombre bueno...
P.B.: Nada de eso. Negrín
era un miserable. Fue catedrático mío en
la carrera. No era la inmoralidad, no, sino la amoralidad.
La amoralidad en dos pies.
H.V.R.: ¿En qué tipo de comportamientos
lo revelaba entonces? Porque no estaba en política
todavía.
P.B.: No, nada. Tenía un desprecio por la política...
H.V.R.: ¿Era un médico
venal?
P.B.: No, él no ejerció la carrera nunca. Él
era catedrático.
H.V.R.: ¿Y cómo entró ahí?
P.B.:
No, él entró en el mundo de la Residencia
porque la Junta para Ampliación de Estudios, la
que presidía Pepe Vidal, y que antes la había
presidido don Santiago Ramón y Cajal, le pagó una
beca. Fue el secretario perpetuo, Castillejo, que era
realmente el alma de la Junta y el alma de la Residencia,
el que lo hizo todo. Era un hombre manchego, "echao
pa' lante", admirable; la honestidad misma en dos
pies. Pues a Negrín le pagó un beca la
Junta para la Ampliación de Estudios en Alemania.
Y él sí, él estudió en Alemania.
Llegó aquí y se hizo catedrático
brillantemente, no tenía nada de tonto. Fue catedrático
de la Universidad Central. Se casó con una rusa,
una rusa blanca, se gastó el dinero de ella y
después se separó. Él... bueno,
es una historia muy larga. Para mí, lo más
despreciable de la Guerra Civil española es Negrín,
lo más despreciable, lo que encuentro más
inmoral, más poco humano, más en contra
de España, más vendido a lo invendible.
Lo último. Para mí, Negrín es lo último.
Bueno, mire usted, vamos a empezar un poco por el final.
Al final de la guerra, el Gobierno, que está en
Barcelona, llama, para hacerle una consulta, a don Julián
Besteiro, que pasó toda la guerra en Madrid. Yo
a Besteiro lo veía aquí, en Madrid, todas
las semanas. Iba a verlo a su chalet del Viso, a saludarlo
todas las semanas,porque yo tenía admiración
por don Julián Besteiro. Era una persona tan íntegra,
tan estupenda... Yo tenía verdadera admiración
por él. Además de eso, me daba una taza
de té y dos o tres galletas, que,como no comíamos
absolutamente nada, pues esas tres galletas, vamos, sabían
a... En fin, yo hablaba con él y tal. Bueno, pues
un mes antes del final de la guerra, lo llama el Gobierno
de Barcelona a que vaya, le ponen un avión y Besteiro
va. Al llegar, se encuentra con que en el aeródromo
no hay nadie esperándole. Nada más que
una persona de segunda o tercera categoría, que
le dijo: "Don Julián, tiene usted habitación
en tal hotel.". Y se fue al hotel. Llegó ya
anochecido. Él estaba muy enfermo, porque era
tuberculoso de toda la vida. Se cuidaba mucho, pero estaba
mal... Yo me acuerdo de verlo en un sillón de
orejas, allí en su casa... Y estando en el hotel,
en la habitación, después de cenar, le
dicen: "Que hay aquí un señor que
pregunta por usted." "Pues que suba",
respondió Besteiro. Y era Prieto, que llegó,
le abrazó casi llorando y dijo: "Bueno, mira,
me puede costar la vida venir a verte. Tú no sabes
cómo estamos aquí, tú no sabes,
esto, lo que es... es un presidio. Estamos aquí en
manos de este loco de Negrín. Esto es un presidio.
No digas ni que te he venido a ver." Besteiro era
un hombre sereno, no era ningún flamenco, era
un hombre reposado y valiente. Le respondió: "¿Qué me
dices?" Prieto añadió: "Esto
es el colmo. No sabes la desmoralización, el desorden,
la anarquía, la sinvergonzonería. Este
tipo, Negrín, es algo tremendo, no se le puede
ver nunca, está siempre borracho, está con
mujeres y tal y cual." Dice Besteiro: "Bueno,
pues me ha citado mañana. Y yo iré a verlo." "Sí,
claro, pero no digas que me has visto. Además,
he tenido que sortear", dice Prieto, "a dos
policías de vista, que no se separan de mí.
Que alguien contará que he estado en el hotel
y quizá que he venido a verte, pero, en fin, no
he tenido más remedio." O sea, que estaba
vigilado. Eso, Prieto, con lo "echao pa' lante" que
era, que ha sido el coco del Parlamento español.
Pues al día siguiente fue a ver a Negrín.
Y me decía Besteiro: "Si yo no hubiera conocido
a Negrín, no lo hubiera reconocido: gordo, abotagado,
colorado, sofocado, dando voces, animal: 'Pero hombre,
Besteiro, venga usted aquí, a mis brazos', gritaba.
Me abrazó allí y le dije: 'Bueno, me ha
citado usted a hablar, no vengo aquí a hacerle
a usted el juego, vengo aquí a hablar, a ver qué me
tiene usted que decir.' 'Hombre, usted siempre tan serio',
me contestó gritando." Una cosa de locos,
totalmente. No pudo hablar nada con él, estaba
borracho, no pudo atar cabos ni nada. Se despidió y
al día siguiente fue a ver a Azaña, que
vivía en un chalet de las afueras de Barcelona.
Azaña lo recibió llorando, se le abrazo
y dijo: "¡Ay Besteiro! Yo aquí soy
un prisionero. Aquí me tienen, además,
con un helicóptero que viene a rondar todo el
día el chalet por encima, para volverme loco.
Con este hombre que tenemos ya no se puede llegar a menos." Le
dijo Besteiro: "Bueno, pues usted tiene una solución,
que es dimitir." "Ah, dimito y me atrapan,
me matan, me asesinan." Besteiro añadió: "Bueno,
pero es que a veces hay un momento en que jugarse la
vida."
H.V.R.: Y Besteiro lo demostró.
P.B.: Sí, lo demostró, claro, con toda
serenidad. Pues allí, llorando como una marica,
Azaña, diciendo, además no sé si
sería cierto o no, que le ponían por la
mañana, no sé cuantas horas al día,
un helicóptero que estaba dando vueltas a la casa
para enloquecerlo. Y añadió que con Negrín
no se podía hablar, que hacía no sé cuánto
tiempo que no despachaba con él, que estaba siempre
borracho, siempre con mujeres, de comilonas... Y al día
siguiente se volvió Besteiro a Madrid, y eso me
lo ha contado a mí y a Alfonso García Valdecasas,
que fuimos un día a verlo.
H.V.R.: Ha ido usted
con demasiada rapidez al final. Me iba a contar lo que
sucedió con Negrín
y su esposa rusa...
P.B.: Con la rusa, tuvo dos hijos,
Rómulo y Juan.
Negrín, durante la guerra, cuando vivía,
primero, en Valencia y, después, en Barcelona,
venía de vez en cuando aquí, a Madrid,
a la Presidencia, que tenían allí, en la
Castellana 1, en el palacio que después fue ministerio,
casi en Colón y esquina con Alcalá Galiano,
la casa de Alcalá Galiano. El Palacio de la Presidencia,
donde vivió Primo de Rivera. Ahí despachaba
Negrín cuando venía aquí. Y yo,
por una circunstancia muy especial, tenía acceso
a la Presidencia, porque la secretaria del delegado de
Negrín aquí en Madrid era una amiga mía,
porque era la mujer de Joaquín Romero Murube,
el poeta de Sevilla. Se habían casado tal día
como hoy, en Sevilla, estuvieron tres o cuatro días
juntos y ella vino a Madrid a pedir la excedencia, porque
estaba empleada en Hacienda. Y cuando está aquí,
en Madrid, estalla la guerra. O sea que, en plena luna
de miel, les cortaron tres años de guerra. Pues
esta muchacha, Soledad, era muy amiga mía. Se
ha muerto hace muy poco. Yo iba por la Presidencia, entre
otras cosas, porque me invitaban a comer un día
a la semana. Allí, en la Presidencia, se comía
poco. El delegado de Negrín era un mastuerzo,
pobre hombre, no tenía ni estudios ni sabía
nada de nada, pero, en fin, nos daba de comer y yo iba
allí.
H.V.R.: ¿Se acuerda del nombre?
P.B.: Sí, era de Migralares, de la provincia
de Ávila. Teófilo Moreno se llamaba. Y
yo iba allí con frecuencia porque se estaba
caliente, porque habla calefacción, se comía,
y como aquí estábamos en la absoluta indigencia...
Yo adelgacé veintitantos kilos, y no estaba como
hoy, estaba más delgado... ¡Me quedé así!
Bueno, pues cuando venía Negrín, ésta
era la encargada, un poco la señora de la casa,
que mantenía aquello un poco decente: las habitaciones,
la ropa de cama, almohadas, toallas, cuartos de baño
y tal, que estuviera en orden. Un chica despejada. Yo
me acuerdo que un día dijo: "Mañana
llega don Juan, y ha pedido algunas cosas por delante;
una de las cosas que le tengo que poner encima de la
mesilla es una foto de esas, así, en ángulo,
que se sostiene, con marco de cuero", que era de
aquella chica que fue una actriz, una artista de variedades,
muy conocida entonces, Rosita Díaz creo que se
llamaba.
H.V.R.: ¿Era su amante?
P.B.: Sí, era su amante y le ponía la
foto allí. Bueno, pues Negrín termina la
guerra y se va a París, huyendo, claro. Y me contaba
a mí un cuñado de Justino Azcárate,
que estaba con él, que cuando se iba para América,
acompañó a Nagrín a un banco para
sacar setenta y cinco millones de pesetas. Esto es de
primera mano. Bueno, pues se marcha, pero no sin antes —¡agárrese
usted!— casar a su hijo con la querida suya. Para
no dejarla desvalida, la casó con su hijo Juan,
el que viene por aquí, que es compañero
del Instituto Escuela de mi hermano Antonio. Son muy
amigos; yo le conozco, pero mi hermano es íntimo
amigo.
H.V.R.: ¿Y siguió siendo su mujer
toda la vida?
P.B.: Sí, hasta hace tres años,
que ha muerto.
H.V.R.: ¿Y tuvo hijos con ella?
P.B.: Sí, sí. ¡Qué mozo,
eh! Todo lo que le he dicho a usted es el evangelio,
es absolutamente cierto.
H.V.R.: ¿Y por qué le tenían miedo?
Usted me dijo antes que siempre le tuvieron miedo: Prieto,
Azaña...
P.B.: Porque era capaz de todo. Le tenían
horror.
H.V.R.: Casado relata una cosa tremenda, esperpéntica,
pero claro, ahora que usted me cuenta esto... aunque
Casado también estaba defendiendo su propia memoria,
en Así cayó Madrid. Dice que en
la última etapa de la guerra le invitó a
una comida de una abundancia inconcebible en esa época,
y que en un momento dado, Negrín se levantó y
alguien le explicó que el doctor iba a vomitar
para volver a seguir comiento.
P.B.: Sí, sí, eso lo hacía. Es
cierto. Yo me acuerdo que él iba a una cervecería
alemana muy conocida, frente a Gambrinus, aquí,
en Madrid. Allí fui algunas veces con Moreno Villa,
que era muy sistemático con acabarse su cerveza.
Y allí iba este monstruo: se tomaba... pues treinta
o cuarenta cervezas.
H.V.R.: Esto, antes de la guerra,
cuando no era un dirigente político.
P.B.: Sí, antes de la guerra. Se cachondeaba
de los políticos y de los médicos. Yo me
acuerdo de que mi hermano Manolo se cayó en la
Residencia, yendo en bicicleta, y se hizo una herida
en una mano, una herida superficial, pero daba la casualidad
que estaban estercolando el jardín, un peligro.
Lo vio el médico que había en la Residencia,
estaban Calandre, y Sacristán también,
y les dije: "Ponedle la antitetánica." Y
contestaron: "No, porque es una herida muy superficial
y no hay peligro. La antitetánica es cuando no
está en contacto con el aire." Lo dijeron
tan seguros que yo me quedé tranquilo. Y al poco
tiempo llegó Negrín por ahí y dijo: "¿Qué pasa?" Yo
dije: "Que le ha pasado esto a mi hermano". "¿Pero
que le han hecho?" Contesté: "Bueno,
ya lo han visto el señor Calandre y el señor
Sacristán." Me replicó: "Pues
si lo han visto dos médicos, está perdido." Lo
dijo así, de cachondeo. Era un animal.
H.V.R.:
Y me contaba usted lo de la cervecería...
P.B.:
Sí. Después de treinta o cuarenta
cervezas, se iba a comer. Él eso lo hacía
así: llegaba, se metía los dedos para vomitar
y volvía a comer. Decía un amigo mío
que este Negrín del final, cuando estos sucesos
de Barcelona y tal, era una especie de simbiosis, de
mezcla de emperador romano de la decadencia y de general
mejicano. No está mal visto.
H.V.R.: ¿Cómo se percibía la influencia
soviética? ¿La gente veía a los
soviéticos o era un manejo secreto?
P.B.: No, no.
De secreto, nada. Los padecíamos
en nuestra propia carne. Absolutamente, vamos.
H.V.R.:
Y Negrín se dejó...
P.B.: Totalmente. Y
al final, él se fue a París,
y de París a Norteamérica. Era un monstruo.
A mí me dio un sobresaliente en su asignatura.
H.V.R.: ¿Lo dice usted con satisfacción
o como autocrítica?
P.B.: Yo era muy joven entonces,
aún no sabía
de qué pie cojeaba esa bestia.
H.V.R.: Los dos
hijos son la de la rusa, a la que él
abandona... ¿Qué fue de la vida de esa
mujer después?
P.B.: No sé nada. Me acuerdo de esa época,
cuando estaba casados. Al llegar a la Residencia, dejaba
el taxi a la entrada, por la mañana, por ejemplo,
cuando iba él al laboratorio. Y al mediodía,
el chófer seguía por ahí, después
de tres horas: "Estoy aquí esperando, a ver
si el señor..." Negrín salía
y le pagaba. Una bestia.
H.V.R.: A la que le sobraba el
dinero...
P.B.: Sí, sí, el de ella.
H.V.R.: Por lo
que usted dice, la figura de Negrín
ha llegado a ser aceptada y hasta exaltada gracias al
elogio de los soviéticos y el silencio de los
demás. Ese mismo silencio ha permitido que se
denigrara sistemáticamente a Casado, que tal vez
no haya hecho otra cosa que lo que muchos deseaban hacer,
sin atreverse. Alguien, en última instancia, tenía
que rendirse. Creo que Casado esperaba un mejor final.
P.B.:
Sí, y yo lo esperaba también, que
tendría mejor final.
H.V.R.: Franco no tenía
nada de generoso.
P.B.: Poco después de la guerra, vino a verme
a casa, no sé para qué, un alto mando de
Falange. Yo no he tenido nunca nada que ver con Falange,
pero éste era un muchacho, tengo que decirlo,
encantador: educado, fino, sensible, comprensivo... Estuvimos
hablando de la guerra. Yo le dije las cosas crudamente. Él
estuvo de acuerdo conmigo. Y habló él de
Besteiro y le dije: "Mire usted, si tiene alguna
influencia, interpóngase, porque lo de Besteiro
puede ser una catástrofe; porque yo lo he tratado,
porque es amigo, respetuosamente amigo mío, y
es un hombre que se puede morir en cualquier momento,
porque está muy malo desde hace muchos años
y está en la cárcel, en la cárcel
de Carmona, y puede ocurrirles a ustedes una cosa horrorosa:
que se muera en la cárcel. Un hombre que ha hecho
lo que él ha hecho, y cómo se ha comportado
toda su vida, y quién es don Julián Besteiro." "Pues
me deja usted impresionado." "Pues creáme
usted que es así, y va a caer sobre ustedes el
baldón de que este hombre se va a morir en la
cárcel." Y efectivamente, murió en
la cárcel.
H.V.R.: ¿Y con usted, qué pasó?
Porque, claro, usted estaba identificado como republicano.
Había sido candidato a diputado en las constituyentes
de la República... ¿Cómo fue la
posguerra para usted? ¿Fue muy dura? ¿Le
buscaron?
P.B.: No, no a mí no me pasó absolutamente
nada.
H.V.R.: ¿Qué hizo en los años que
siguieron a la guerra? ¿En qué trabajó?
P.B.:
Después de la guerra, pasé nada
menos que catorce años en Burgos, al frente de
una fábrica de pieles, luchando como un león
los catorce años y acabando por arruinarme. Era
una fábrica que pusimos mi hermano Isabelino y
yo. Él estaba en Iberduero, tenía un año
y medio más que yo. Llevaba el nombre de nuestro
padre.
H.V.R.: La peor época, ¿no? Del cuarenta
al cincuenta y cuatro.
P.B.: Pero ni siquiera en Burgos.
En una finca, a siete kilómetros de Burgos. En
un chalet. Eso sí,
un chalet espléndido, con una calefacción
que el frío de Burgos me importaba un bledo y,
además, tenía la electricidad gratis. Allí,
absolutamente solo, he estado catorce años, trabajando
como un energúmeno, con unos problemas económicos
horrorosos: todos los días y, sobre todo, todas
las semanas, pensando cómo pagar los jornales.
Y así una semana y otra, un mes y otro, un año
y otro año. Aquello lo empezó mi hermano
solo, luego yo le ayudé, lo levanté yo.
Y llegó un momento en que le dije a mi hermano: "Mira,
ahora tenemos tantos millones en cuenta..." Yo creo
que esto era recién terminada la guerra mundial... "Es
poco pero, en fin, me huelo", le dije, "que
esto se va a ir abajo, que este negocio que hemos puesto,
la piel española, en cuanto empiece a entrar la
piel de importación, las cosas de lujo... Estas
cosas las hacemos aquí en España, han sido
un sustituto, yo tengo la sensación que esto no
va..." Con pieles españolas hacíamos
mouton doré (?). Mi hermano me decía: "Siempre
habrá mujeres que no podrán llevar abrigos
de astracán y de visón, tendrán
que conformarse con cosas más baratas." Total,
terminó la guerra, empezaron a entrar las pieles
de fuera y las mujeres o se ponían visón
o astracán, o se ponían paño, pero
la piel española en absoluto. Pusimos en España
treinta y tantas fábricas... no yo, sino
que en toda España habría treinta y tantas
fábricas de piel nacional. Hubo gente que se hizo
millonaria, comerciantes de Madrid, como Cirilo Fernández,
que eran clientes míos, Fortuny.... Bueno, pues
nada, no hubo manera de levantar aquello. Fíjese
usted si yo afilé los sentidos: al final, vivimos
los dos últimos años de exportar a Alemania, ¡nada
menos! ¡Hay que ver! ¡Exportar a Alemania
productos manufacturados en una pobre España!
Manufacturando abrigos. Bueno, abrigos no, lo que se
llamaban "bodies", el cuerpo del abrigo, pero
a falta de hacerlo ya a la medida. Y al final se puso
la cosa tan mal que yo me quedé sin una perra...
H.V.R.: ¿Y entonces se volvió a
Madrid?
P.B.: Sí. Todavía vivía mi madre
y me fui donde vivíamos, enfrente de la casa de
Machado, en la calle General Arrando. Al poco tiempo
murió mi madre, yo heredé de mi madre y
después hice algunas operaciones que me permiten
tener una vejez totalmente desahogada, no de rico, pero
sí una vejez desahogada. He tenido coche hasta
hace diez años... ahora no tengo porque no me
entretiene conducir... ¡está todo tan agrio!
H.V.R.:
Sólo se puede tener coche para salir
de Madrid.
P.B.: Sí, y para eso tengo tantos en la familia,
que me sobran coches. Voy todas las semanas al Escorial,
tengo allí unos sobrinos... pues tengo que decir
que no a tres o cuatro, pues todos me quieren llevar:
me vienen a buscar aquí, a la puerta de casa,
cogen la maleta y me la bajan. Así que de negocios...
he tenido muy mala suerte. Quizá no tenga madera,
porque los negocios no son cuestión de suerte,
es la gente que tiene ese don, del que yo carezco, claro.
H.V.R.:
Pero se las ha arreglado...
P.B.: Sí, he vivido
bien siempre.
H.V.R.: ¿Por qué no escribió? Hay
quien le llama "el silencioso del 27", pero
usted, de silencioso, no tiene nada. Es sólo que
no escribió.
P.B.: He escrito mucho y he roto mucho.
No me satisface nada de lo que escribo. Escribo cosas
y a los dos meses ya las he roto. Me exijo de tal manera
que no me satisface lo que hago. Doy menos de lo que
yo espero de mí.
Vivo de mis recuerdos de mis amigos...
H.V.R.: ¿No volvió a
Sevilla?
P.B.: He vuelto a Sevilla esporádicamente. He ido
con Fernando Chueca. Hasta el año pasado, todos
los años, después de Navidad y hasta Reyes,
lo pasaba en Sevilla, en su casa. Esos siete, ocho o nueve
días, o sea que pasaba el Año Viejo en Sevilla.
Eso lo he hecho hasta el año pasado. La casa la
han modificado, y ya no lo hacemos. Todos tenemos más
años...
Horacio Vázquez Rial |