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Entrevista a Pepín Bello - Tercera jornada
 

H.V.R.: La Residencia de Estudiantes reunió gentes de pensamientos muy dispares. Hubo quien con el correr del tiempo llegó al Partido Comunista, y quien, como Dalí, terminó apoyando a Franco. Estuvo todo el espectro. Ustedes se reunían en la Lyon en la misma época en que lo hacía José Antonio Primo de Rivera. De hecho, Falange se fundó allí. ¿Había vínculos de amistad con ese grupo?

P.B.: Verá usted. Él era de otra tertulia, y la tenían en el sótano, la tenían después de cenar. O sea, que no coincidían, pero se conocían. Yo no llegué a conocer a José Antonio por una milésima. Le voy a contar, porque es una cosa de la que me he arrepentido siempre. Llegué de un viaje, de Sevilla, en la época en que vivía en Sevilla, que fueron diez años... llegué aquí, a Madrid, y me encontré por la tarde a Pepe Bergamín, nos abrazamos y tal y cual. "Voy a estar muy poco tiempo —le dije—. vámonos a cenar juntos." Me contestó: "No, que tengo una cena." "¡Hombre, qué lástima!" "Pero nos vemos después de cenar." "¿Dónde?" "Pues mira, estoy citado con José Antonio Primo de Rivera. ¿Tú lo conoces?" "No, no lo conozco." "Pues te lo presentaré, te será muy simpático." Bergamín, comunista, claro...

H.V.R.: Y católico. Qué contradictorio.

P.B.: Pepe era la contradicción misma, y la inteligencia misma.

HVR: Y de una integridad moral absoluta, ¿no?

P.B.: Sí. Y me dijo: "Pues, ala, después de cenar, a las diez." "Pues a las diez", dije. "Pero bueno, no dejes de ir..." Yo fui. Y enfrente, en una mesa, solo, José Antonio Primo de Rivera. Pasaron los minutos, yo vi que José Antonio miraba al reloj. Pasaba de la hora.

H.V.R.: Y usted no se atrevió a...

P.B.: Yo, que debía haberme levantado y decir: "Bueno, usted está esperando a Pepe Bergamín y yo también. Yo soy fulano de tal. ¿Cómo está usted?" Pero dudándolo, pasó media hora, José Antonio Primo de Rivera llamó al camarero, pagó y se marchó. Entonces, al minuto, llegó Pepe Bergamín. "¡Hombre, siempre con retraso!" Y me dice: "Pero ya ves, no ha llegado aún." Dije: "Pero cómo que no ha llegado. Se acaba de marchar ahora mismo, José Antonio Primo de Rivera." Me preguntó: "¿Has estado con él?" Le respondí: "No, si no lo conozco." Pues mire usted por qué poco no nos conocimos.

H.V.R.: ¿Y esto fue poco antes de la guerra?

P.B.: Esto sería en febrero del treinta y seis.

H.V.R.: Los últimos días... ¿Conoció a otra gente de Falange? De entonces, quiero decir. A Hedilla, a Redondo... Me refiero a un trato amistoso, no político.

P.B.: No, no traté con gente que tuviera relación con Falange

H.V.R.: Pero se me hace que antes de la guerra, España no estaba tan brutalmente dividida como llegó a estarlo, que personas muy diferentes se cruzaban y tenían historias comunes.

P.B.: Claro, claro que sí. En eso, cuando he hablado de la generación del 27, a la cual pertenezco yo, ¿verdad?, sin tener obra, porque fui amigo entrañable de todos ellos... siempre, cuando he hablado de eso, y he hablado con algunas personas que no estaban del todo enteradas, he dicho que una de las características de aquello era que cada uno pensaba como quería y como fuera, pero todos se tenían una enorme estimación y un gran cariño, y no les separaban las ideas políticas lo más mínimo. Allí estaba Gerardo Diego, hombre de misa diaria, Rafael Alberti, Cernuda y yo, gente comunista, y otros, y no pasó nada.

H.V.R.: ¿Hubiera sido posible continuar una convivencia así?

P.B.: No lo sé. La guerra fue horrible. Y llegó a todos, eso es lo malo. Y los sufrimientos, las privaciones, las muertes... y eso sí, la guerra estableció ya una división.

H.V.R.: Pero usted logró conservar buenas relaciones con todo el mundo. No he oído a nadie que diga nada en su contra, jamás.

P.B.: No, no. Yo he tenido siempre un gran sentido de la amistad, para mí la amistad ha sido siempre sagrada, sagrada, una cosa esencial. Y no sólo lo fue para mí. Mire, ya que hablamos de Bergamín... Me acuerdo de cuando Bergamín, después de la guerra, vino a España. Le pidió el aval al doctor Oliver, Eusebio Oliver, que era muy amigo mío, y se lo pidió también, esas cosas que tenía Pepe Bergamín, a Juan Ignacio Luca de Tena, y éste se lo dio.

H.V.R.: Es evidente que hay un montón de ámbitos en que la amistad y el respeto mutuo fueron más importantes que la diferencia ideológica ¿no? ¿Cómo vivieron ustedes el advenimiento de la República?

P.B.: Con verdadero entusiasmo.

H.V.R.: Pese a lo relativo de algunos cambios. A lo que supone un presidente como Alcalá Zamora, muy beato...

P.B.: Sí, muy beato lo fue siempre. Incluso como Presidente de la República. Era hombre quizá de misa diaria. Un hombre de segunda, pero en fin, honesto, absolutamente honesto, y que realmente arrastró a muchísima gente para la República, precisamente por su derechismo. Por su derechismo, vieron que la República no era una cosa desorbitada, sino que podía ser, y efectivamente, así empezó, con él.

H.V.R.: Una transición, que diríamos ahora.

P.B.: Sí, una transición muy suave.

H.V.R.: Y con retrocesos peligrosos, como el de Lerroux ¿Ustedes cómo lo sienten?

P.B.: Lerroux era el republicano por antonomasia en España. Era un demagogo, pero cuando llegó la República se suavizó mucho. Yo creo que sintió mucho que viniera la República, porque él vivía muy bien, él tenía una consigna del Gobierno, y de la Casa Real incluso...

H.V.R.: ¿De ser republicano?

P.B.: Sí, sí, para ser republicano, pero quietecito. Vivía muy bien, así es que a él no le vino nada bien la República, nada bien coger la responsabilidad. Él, en la República, realmente pintó poco.

H.V.R.: Bueno, en el Bienio Negro...

P.B.: No, en el Bienio la gran figura fue Gil Robles.

H.V.R.: ¿Usted cómo definiría a Gil Robles? Hay quien le concibe como un protofacista.

P.B.: No, no, nada, absolutamente nada. Era absolutamente liberal.

H.V.R.: ¿Qué sería hoy Gil Robles? ¿Un demócrata cristiano?

P.B.: Sí, un demócrata cristiano, exactamente.

H.V.R.: ¿Estaría hoy en el Partido Popular?

P.B.: Sí, podría estar muy bien en el Partido Popular.

H.V.R.: Y ustedes componían un grupo de amigos en el que había diferencias ideológicas...

P.B.: Pero en la República estábamos todos conformes. Todos fuimos republicanos.

H.V.R.: ¿Y todos sintieron que eso era un avance?

P.B.: Sí, todos sentimos que era un avance.

H.V.R.: ¿Qué es lo que empieza a dividir? ¿El triunfo del Frente Popular?

P.B.: Claro, lo que estropea a la República es el triunfo de las elecciones del 36, de Febrero.

H.V.R.: ¿Y ahí se estropea el grupo de amigos también?

P.B.: Ahí ya empiezan a chocar, sí.

H.V.R.: Bergamín, por ejemplo, se radicaliza...

P.B.: Bueno, Bergamín siempre había sido radical. No lo ponga usted como modelo porque era un absoluto tránsfuga. Inteligentísimo, y le daba razón a todo el mundo. Mire, yo me acuerdo que publicó un artículo, no me acuerdo exactamente sobre qué era ni en qué periódico, hace muchos años, pero no me gustó nada. Me encontré con él y le dije que no estaba de acuerdo con él. ¿Y sabe usted lo que me contestó? Pues que si hubiera sabido esto hubiera escrito el artículo diciendo todo lo contrario. Ante esta respuesta, se queda uno inerme. A Bergamín, como tipo de político que siga una dirección, no se le puede hacer ningún caso.

H.V.R.: Y de los demás, ¿como fue la ruptura? ¿Quién se pasa al Frente Popular? ¿Quién se radicaliza?

P.B.: Muy pocos. Alberti, que ya estaba desde el 34, y Gustavo Durán. De los amigos, nadie más.

H.V.R.: ¿Federico no se identifica con Alberti y con Gustavo?

P.B.: No, por Dios, nada.

H.V.R.: ¿Y qué hubiera sido Federico? ¿Una especie de republicano de derechas?

P.B.: Sí, sí. Él, de derechas.

H.V.R.: Un cedista, digamos.

P.B.: Sí, sí.

H.V.R.: Porque él mantenía una cuestión cristiana también ¿no? Él era muy creyente.

P.B.: Sí, él era creyente, como toda la familia, menos Paco, que se casó con Laurita, por su suegro... Pero el padre, la madre, Isabelita... todos son católicos.

H.V.R.: ¿Dalí no era creyente?

P.B.: No, no. Bueno, al final sí se hizo creyente. Me enteré que le dijo el cura, el párroco de Port Lligat: "Bueno, Senor Dalí, menos efusiones cristianas y más ir a misa", le dijo. Por lo visto, no iba.

H.V.R.: Él contribuyó a la causa de la Iglesia con ese Cristo maravilloso que pintó. Ya con eso sólo podían haberle estado agradecidos.

P.B.:  Sí, pero es que, además, él estaba en católico y en monárquico. Completamente.

H.V.R.: Pero entonces no. En la época de la República, no.

P.B.: No, no. En la República, no.

H.V.R.: Se hace creyente después de Gala, ¿no?

P.B.: Sí, probablemente Gala lo era. ¿Usted ha leído la novela de Thomas Mann, La Montaña Mágica? ¿Se acuerda usted de aquella muchacha enfermiza que aparece? Ésa es Gala.

H.V.R.: ¿Gala es el modelo de Claudia? Claro... porque ella había estado allí, en un sanatorio de altura, con Paul Eluard, que había estado tratándose de los pulmones.

P.B.: Gala era mucho más vieja de lo que uno cree...

H.V.R.: ¿Salinas tampoco se radicaliza, no?

P.B.: No, tampoco. Él ya no era tan joven, ¿eh? Tenga en cuenta que hay dos de la generación del 27 que no son de la generación del 27: Salinas y Guillén son anteriores. Se incorporan a la generación del 27, son amigos del 27, se tutean con todos, pero son de diferente edad los dos. Ellos, cuando llega el 27, son catedráticos de universidad y ya han publicado. Son mayores. Yo he tenido una amistad enorme, más que con Salinas, con Guillén. A Guillén lo he llamado siempre de usted, y él a mí, también, de usted. Alberti y todos lo llamaban de tú, pero yo no, yo lo he llamado siempre de usted, sin tratamiento. Jorge. La primera vez que vino aquí, a Madrid, Jorge Guillén, después de la guerra, de su exilio, el doctor Oliver Pascual me llamó. Era un amigo de toda la generación del 27. Él no era poeta, era médico, pero era amigo, amiguísimo de todos, y mío especialmente. Me llama una mañana y me dice: "Oye, que está aquí Jorge." Él lo tuteaba. "Se va esta noche o mañana, y hay que darle una comida. Organízalo." Le contesté: Pero oye, que son las once de la mañana, ¿qué quieres que haga yo?" "Oye, pues haz lo que puedas, a ver quiénes nos podemos reunir." Conque lo organicé en Lhardy y lo conseguí.

[Se levanta y va a buscar una fotografía, que trae y pone sobre el escritorio.]

Mire usted, ésta es la foto que nos hizo la prensa. No estuvo mal, para ser en tan corto plazo. Aquí están Rosales, Ridruejo, Vivanco, Dámaso, Melchor Fernández Almagro, Aleixandre, Guillén, Gerardo Diego, Eusebio Oliver y yo. Aquí está Manolo Díaz Crespo. De éste no me acuerdo. Éste es Cossío, el pintor, no Pancho Cossío, sino el hermano de José María Cossío. De esta foto, han muerto todos menos yo. Así que, para hacer esto a las dos de la tarde, habiendo sido avisado a las once de la mañana, fue todo un récord... ¿Dónde nos habíamos quedado?

H.V.R.: En quiénes se radicalizaron y quiénes no al proclamarse la República. Un sector de los Azcárate entró en el Partido Comunista.

P.B.: Sí, Pablo Azcárate, el hermano de Justino.

H.V.R.: Hace poco, leí una carta de Enrique Díez-Canedo a Durán desde México, 1940. Es una carta muy cómica, Díez-Canedo era un hombre con un gran senstido del humor. Cuenta que acaban de llegar a México las hijas de Azcárate y que él no entiende nada porque tienen en el sitio donde se establecen un Cristo, el retrato de Stalin y el de Giner de los Ríos. El está asombrado... ¿Usted trató a Díez- Canedo?

P.B.: Mucho, mucho. Era un hombre encantador. Era crítico de literatura de El Sol, y poeta también. Muy enterado como crítico, una persona de muy buen trato. Yo, además, tuve amistad con él, aparte de que yo iba a su tertulia, a la de Azaña, que era la suya.

H.V.R.: Sí, porque él era muy amigo de Cipriano Rivas-Cherif.

P.B.: Sí, íbamos a la tertulia del Café Regina. Además, mi padre tuvo un subordinado durante muchos años, un ingeniero de caminos, casado con una Díez-Canedo, prima hermana de Enrique, así que por ahí yo conocí mucho a María Díez-Canedo, que convivió con mi madre, era muy buena amiga y eso nos acercó más a Enrique Díez-Canedo. Yo tuve muy buena amistad con él, era un hombre muy grato y muy divertido, con muy buenas salidas.

H.V.R.: Fue gran amigo de Gustavo Durán.

P.B.: ¡Ah, no sabía yo eso! ¿Se hicieron amigos allí?

H.V.R.: No, eran amigos ya antes. Hicieron una parte de la guerra juntos, porque ambos eran subordinados de Federico de la Iglesia, que también era amigo de Díez-Canedo antes de la guerra. Federico de la Iglesia terminó exiliado en Londres y su hija de casó con Schiffrin, famoso editor americano, que fue durante años el director de Random House en New York, y que después puso su propia editorial... Los De la Iglesia hicieron su vida en el mundo anglosajón.

P.B.: Yo sólo conocí a Enrique. Era muy simpático, también, con la gente joven, como éramos nosotros, que íbamos a la tertulia en plan de muchachos. Iban Azaña, don Enrique y, cuando iban, Valle-Inclán, Prieto... Iba también uno a la tertulia del que yo no supe nunca más que se llamaba Sindulfo, que era muy amigo de Azaña, pero no sé ni cómo se llamaba de apellido ni a qué se dedicaba. Malas lenguas decían que se entendía con Azaña.

H.V.R.: ¿Es cierto que Azaña era homosexual, o era una maledicencia?

P.B.: Pues no lo sé, puede que lo fuera y puede que no. Pero circulaba una historia sobre Azaña y Rivas-Cherif. Ésa era más del dominio público. Porque Cipriano yo no sé si lo era o no lo era, pero sus maneras eran tremendas...

H.V.R.: Y además estaba su grupo de amigos. Néstor y Gustavo sí que lo eran.

P.B.: Cipriano no sé si lo era o no, yo no pondría la mano en el fuego, pero su aspecto era tremendo: su voz, sus gestos, su picardía, su maledicencia... eran una cosa muy femenina.

H.V.R.: Usted estuvo muy cerca de toda la generación anterior. Usted conoció, por supuesto, a Ortega, a los Machado... ¿Qué impresión tenía usted de Ortega? ¿Era realmente un hombre con carisma?

P.B.: Era cautivador. Como tenía esa brillantez, esa gracia, todo el mundo se rendía ante él, ante su inteligencia... Luego he leído sus cosas.

H.V.R.: Yo sigo pensando que no tenemos filósofos. Que tenemos pensadores, pero no filósofos en sentido estricto, intelectuales consagrados a la elaboración de un sistema del mundo.

P.B.: Sí, eso está claro.

H.V.R.: Tal vez, el más próximo a esa figura ideal del filósofo, haya sido Unamuno.

P.B.: Sí. Pero mire usted: hace poco, pensaba yo en Unamuno al leer el prólogo de la traducción española del Fascismo de Mussolini, que hizo José Antonio. Yo lo tengo por ahí. Ese prólogo es sencillamente el relato de la visita que él le hace a Mussolini en Roma. Él la cuenta llanamente. Pide audiencia y Mussolini lo cita un domingo por la tarde en el Palacio de Plaza Venecia. José Antonio llega allí a la caída de la tarde. No hay un alma en el palacio, pues es día de fiesta. Va pasando pasillos y salones. En un gran salón, que llamaban de la bola del mundo o algo así, está el despacho de Mussolini. José Antonio entra caminando. Mussolini se pone en pie, se dan la mano y tienen una conversación muy breve. Además, tampoco dice cosas... Dice que le saludó muy cordialmente y dice una cosa que sí es importante: cómo Mussolini escuchaba. Le impresionó la manera de escuchar de Mussolini, porque de las cosas que le dijo José Antonio se vio que le entraron, porque escuchaba perfectamente. Se despiden, se dan la mano y vuelve a salir él por aquellos ámbitos totalmente deshabitados, de día de fiesta, y baja a una Roma que está hirviendo, porque es un domingo. Eso es el prólogo, pero lo que se me ha quedado grabado es cómo escuchaba Mussolini, ya con años, a un muchacho de veintitantos, que no es nadie todavía.

H.V.R.: Pero que le debía de hacer pensar mucho en sí mismo, porque el no ser nadie es todo un conflicto en la vida de Mussolini; él es el tío que se atreve, que viene de un pueblo y se mete en todas partes y consigue ser escuchado y consigue hacerse escuchar.

P.B.: En fin, que sabía escuchar, lo que no sabía Unamuno, eso hay que decirlo. Unamuno, con todo su talento, con su enorme talento, con ser uno de los españoles cumbres, no sabía escuchar. En absoluto. No escuchaba ni a Dios, vamos. Él era un monólogo, no paraba de hablar, era incapaz de decir "Diga usted". Eso es tremendo, a mí me hace un efecto malísimo.

H.V.R.: ¿Y Ortega?

P.B.: Ortega sí. Perfecto. Era perfecto en todo, Ortega. Yo tengo devoción por Ortega. Me parece un hombre tan extraordinario, tan brillante y tan buen escritor.

H.V.R.: ¿Qué piensa usted de Gómez de la Serna?

P.B.: Creo que es uno de los valores españoles más notables del siglo. Injustamente olvidado. Una persona extraordinaria.

H.V.R.: Gómez de la Serna, Ramón, no respetaba mucho a Ortega...

P.B.: Tampoco Juan Ramón quería demasiado a Ortega. Si alguien le decía: "Juan Ramón, ¿ha leído usted la Revista de Occidente?", contestaba, con su voz grave: "No, no yo no leo la Revista de Occidente, las letras de la Revista de Occidente se me meten en los ojos y me hacen llorar los ojos. No, no." La letra, lo que le molestaba era la letra. Lo leía todo, ¿eh? Un poeta extraordinario. Pero qué lengua tenía... Con una exquisita educación, tenía una lengua de hacha, Juan Ramón, y además tiraba por altura. Yo me acuerdo que hablando un día del pobre Guillermo de Torre, le he oído decir nada menos, y mire usted que hace falta tirar con artillería por arriba: "Qué lástima me da de su padre". Ya no se puede decir una cosa más cruel.

H.V.R.: ¡Por Dios, qué maldad! Sí, era una especie de aversión enfermiza. He visto ejemplares de libros de Juan Ramón, dedicados por él, donde advierte que las erratas que pueda haber son culpa de Guillermo de Torre. Porque eran las ediciones de Losada, que las hacía Guillermo de Torre. Una cosa persecutoria.

P.B.: Y Guillermo de Torre era una persona excelente, muy trabajador.

H.V.R.: Un hombre muy querido por toda la gente que se exilió, porque ayudó a todo el mundo. Además, para que don Gonzalo Losada le confiara realmente la editorial a alguien... Era él quien se hacía cargo de todo.

P.B.: Era persona muy trabajadora y muy honesta en su trabajo. Me acuerdo que un día vino de la Argentina, nos encontramos, se emocionó y me dijo: "Tenemos que vernos", pero ya no nos vimos más. Yo apreciaba a Guillermo. ¿Se acuerda usted del libro Hélices? "Morfinómanas lésbicas se inyectan el endocardio... de las linotipias."

H.V.R.: ¡La vanguardia! ¡Dios Santo! ¡Qué grupo curioso!

P.B.: Pero, por ejemplo, Guillermo de Torre estudió la pintura contemporánea. Le oí en una conferencia verdaderamente notable, por lo enterado que estaba, lo que había trabajado, lo que había leído... Una conferencia erudita, admirable.

H.V.R.: Sin duda, pero no era un hombre de talento lírico, ¿no?

P.B.: No, no.

H.V.R.: ¿Y los Machado?

P.B.: El gran Machado es don Antonio, pero el Machado simpático era don Manuel. Era encantador. Don Manuel venía por la Residencia bastante, porque había un residente... Había tres o cuatro en la Residencia que no eran estudiantes, que eran personas mayores. Moreno Villa, don Ángel Llorca, el académico de las Bellas Artes, Orueta; ésos vivían con nosotros pero no eran estudiantes. Moreno Villa era el archivero de Palacio. No es que tuviera nada que ver con el rey, era el archivero que su cuerpo había destacado en Palacio. Don Manuel Machado era amigo de Moreno Villa y venía por la Residencia con cierta frecuencia. Yo le traté bastante. Era un hombre muy simpático, muy humano, muy gracioso, muy correctamente vestido, muy apersonado, un hombre grato.

H.V.R.: A diferencia del hermano, que andaba como un zarrapastroso...

P.B.: Claro. Yo también traté bastante a don Antonio, que sí era zarrapastroso. Recuerdo que vivió últimamente... vamos, antes de la guerra... vivía en General Arrando 9, que era justamente la casa frente a la mía: yo vivía en General Arrando 5. Yo hice un artículo hace unos tres, cuatro o cinco años para el ABC, de los pocos que he hecho en mi vida, contando cómo conocí a Antonio Machado. Lo conocí porque yo era alumno de un hermano de don Antonio, don José Machado, que era dibujante, no pintor, y era el profesor que teníamos en la Residencia de niños, donde yo hice el bachillerato, en la calle de Fortuny, 24. Luego ya nos subimos a Pinar. El profesor que teníamos allí era don José Machado, una persona encantadora, un hombre angelical.

H.V.R.: Mayor que ellos, ¿no? ¿Era el mayor de los hermanos?

P.B.: No lo sé. Yo conocí a don Antonio, a don Manuel y a don José. Un día fui al Museo de Ciencias Naturales, que estaba muy cerca de la Residencia, donde está la Escuela de Ingenieros Industriales, me encontré con don José Machado y lo saludé. "¿Qué tal, señor Machado?" —en la Residencia no estábamos acostumbrados a decir "don", sino "señor Fulano"—. "Hola, Bello. Bien. ¿Y usted?" Y le dijo a su hermano: "Mira, Antonio: aquí, un alumno mío de la Residencia", y me lo presentó. Yo, que iba solo, seguí visitando con ellos el museo. De las cosas que dijeron no me acuerdo, pero sería para escribir un artículo. Los dos sin idea de las Ciencias Naturales.

H.V.R.: Usted sí, usted hasta hizo estudios de medicina.

P.B.: Yo sí. Además, mi padre había sido muy aficionado a las Ciencias Naturales, y yo he sido muy aficionado a los animales. Pero estos dos iban divagando.

H.V.R.: ¿Manuel y Antonio estaban enfrentados en ese momento?

P.B.: No estuvieron enfrentados nunca. Se querían mucho. Cada uno iba por su lado, y tenían unos pensamientos diferentes, pero enfrentarse, nunca. Ellos se quisieron siempre mucho.

H.V.R.: ¿Y qué pasó con Manuel cuando Antonio se fue?

P.B.: Pues yo ya no lo volví a ver.

H.V.R.: Yo pensaba el otro día, estando allí, en Colliure, qué carga para Manuel Machado, el hermano y la madre muertos en una situación tan desesperada, y él en el otro lado...

P.B.: Sí, y queriéndose tanto, además.

H.V.R.: Sin embargo, él fue consecuente con su posición.

P.B.: Eso yo ya no lo sé, porque yo ya perdí contacto. Yo lo conocí antes de la guerra, pero después ya no lo traté.

H.V.R.: A veces piensa uno que deben haber sido parecidos en ciertos aspectos, porque si hubo alguien parecido a Franco en la historia de este país, debe de haber sido Enrique Líster, ¿no? Dos gallegos duros. Uno en la derecha y el otro en la izquierda. Si le hubieran dejado, Líster hubiera hecho lo mismo que Franco en el otro lado. Y Antonio le cantaba a Líster y Manuel estaba con Franco, así que alguna semejanza habría de haber entre ellos.

P.B.: Pues sí, sí.

H.V.R.: ¿Usted conoció la historia amorosa de don Antonio? ¿Conoció a la célebre mujer de don Antonio?

P.B.: Tengo el libro que ha escrito ese corresponsal de ABC en Lisboa, Jose María Moreira. Ha escrito una biografía de ella...

H.V.R.: Guiomar.

P.B.: Sí, y lo he leído, pero ya se me ha olvidado.

H.V.R.: Porque él, cuando era vecino de usted, vivía sólo...

P.B.: No, vivían don Antonio y algún hermano suyo.

H.V.R.: Quiero decir, sin mujer.

P.B.: Ah, no, yo creo que él no ha vivido nunca con mujer. Nada más cuando se casó con Leonor. Estoy seguro.

H.V.R.: Los miembros más destacados de la generación precedente a la suya llevaron el peso del primer acto público de apoyo a la República. Usted y algunos de sus amigos estuvieron allí, según el relato de Ontañón.

P.B.: Claro, don Antonio Machado presidió aquel acto. Él era el jefe del partido republicano en Segovia. Era catedrático de Francés del Instituto de Segovia y el jefe del partido. Se hizo en el teatro Juan Bravo.

H.V.R.: Además de Machado, participaron Ortega, Marañón y Pérez de Ayala.

P.B.: Claro, fueron los tres que actuaron: Ortega, Marañón y Pérez de Ayala. Hizo la presentación del acto don Antonio Machado. Así como toda persona normal lee unas cuartillas o un pliego, don Antonio Machado sacó para leer una libreta de hule negro de este tamaño... ¿Usted se imagina? ¡De hule negro! Leyó de la libreta y se la guardó. Después entraron, primero, Pérez de Ayala, luego, Marañón y, por último, Ortega.

H.V.R.: Y usted fue con sus amigos, entre ellos Sanchez Mejías.

P.B.: Fuimos desde aquí en un coche de un amigo nuestro que murió, bastante joven... Era un coche enorme, un Hispano tremendo. Fuimos Federico, Ignacio Sánchez Mejías, este muchacho amigo nuestro que era el dueño del automóvil, y el matemático, Rodrigáñez. En el coche cabían siete u ocho. ¡Ah... sí! También venía un sevillano ilustre, el marqués de Pigman, Antonio Pigman, amigo mío. Y oímos el acto. Antonio Pigman había estado muy enfermo, vamos, no muy enfermo, había llevado una vida muy disipada, de hombre rico, y tuvo su corres­pondiente sífilis y luego tuvo una cosa cerebral... Era muy inteligente, muy calamidad, pero muy simpático y muy inteligente. Él, generalmente, estaba callado y, cuando decía algo, tenía una cierta premiosidad en romper a hablar... Veníamos hablando, veníamos todos muy calientes, porque después del acto, que duró desde las ocho de la tarde hasta las nueve y pico, nos quedamos a cenar en Segovia. Habíamos bebido un poco, veníamos todos muy entusiasmados: "Ah, pues Ortega ha estado admirable... Pero Pérez de Ayala..." Todo el viaje, de Segovia a Madrid, hablando así. "No, el mejor, fulano." "No, no, yo creo que el mejor ha estado tal y cual..." Y cuando estábamos ya en Puerta Hierro, entrando a Madrid, Carlos Pigman, que era mayor que nosotros y no había abierto el pico, en un silencio, dijo: "Buuuueno, lo mejor de Segovia, el Acueducto." Nos hizo felices a todos.

H.V.R.: Ustedes se trataban con esta generación, les veían, a Ortega, Marañón... Marañón era muy contradictorio. Republicano y médico del rey. Y amigo del rey...

P.B.: Bueno, pero Marañón era un hombre tan bueno, tan comprensivo, tan cariñoso, tan humano, tan incapaz de reñir y de cualquier cosa agresiva que, por ejemplo, mire usted que se portó mal con él don Miguel Primo de Rivera... Le puso a Marañón, en aquellos tiempos —don Miguel estuvo en el poder del 23 al 30—, una multa de novecientas mil pesetas. Vamos, una cantidad... una fortuna. Es como ahora cien mil millones de pesetas. Pues uno de los hijos de don Miguel, hermano naturalmente de José Antonio, que era Fernando Primo de Rivera, que era militar, pero no le gustaba la carrera, después de terminarla, la dejó y estudió medicina. Procuró entrar a trabajar con Marañón, y éste lo aceptó y hasta publicaron algunos trabajos juntos.

H.V.R.: Marañón no guardaba rencor. Además, debían de ser muy distintos el padre y ese hijo.

P.B.: Es que al padre no hay que tomarlo a cachondeo. El padre era un hombre que tenía lo suyo. Era muy inteligente. Fue un dictador, pero, en fin, era un hombre muy comprensivo, muy humano. Por él, no hubiera pasado nada.

H.V.R.: Usted conoció a Ramón y Cajal...

P.B.: Sí. Poco, pero lo conocí.

H.V.R.: Había una gran diferencia de edad. Pero con Marañón esa diferencia no era tanta. Usted llegó a tratarle durante mucho tiempo.

P.B.: Hombre sí, pero Marañón era mayor que yo veinte años.

H.V.R.: ¿Por qué dejó usted Medicina?

P.B.: Pues porque no me gustaba nada, absolutamente nada.

H.V.R.: ¿Y por qué la empezó?

P.B.: Pues porque creí que me iba a gustar y, lo que es curioso, aprobé los cuatro primeros años, que son los duros, los feos: las anatomías, las disecciones, la Fisiología, la Patología General, la Terapéutica. No... tampoco es bonita. En fin, la Anatomía Patológica... y ahí lo dejé.

H.V.R.: ¿Y no se arrepiente?

P.B.: No, porque no tenía yo vocación, no hubiera hecho nada.

H.V.R.: ¿Estudió con Marañón?

P.B.: No, con Marañón no, porque no lo elegí. Cuando yo estudié Patología General, que es lo que daba Marañón, no había catedrático de Patología General, estaba vacante la cátedra, y la daba don Eduardo García del Real, padre de esta chica, vamos, de estas mujeres que tienen mi edad, claro. Es el mejor catedrático quizá que he tenido yo en mi vida. Además, se parecía a mi padre y yo por eso le tenía simpatía. Bueno, pues don Eduardo García del Real, el primer día de curso, nos dijo. "Miren ustedes, se va a partir la cátedra, el curso, en dos mitades. Una que la va a dar el doctor Marañón en el Hospital General y otra que la voy a dar yo aquí, en San Carlos, así que apúntense ustedes a una o a otra", y yo me apunté a la de don Eduardo.

H.V.R.: ¿Conociendo ya a Marañón?

P.B.: No, entonces todavía no. Después lo traté bastante. Era tan simpático, Marañón, tan humano. Daba gusto tratar con él. Era la suavidad misma.

H.V.R.: Era un hombre de ideas, realmente brillante. Y ha de haberse llevado bien con Alfonso XIII...

P.B.: Durante el tiempo que se trataron, se quisieron mucho. Y lo pasaron muy bien, además. En el viaje que hicieron a las Hurdes, fueron como hermanos, vamos... El rey le dijo un día: "Oye, ya no se puede aguantar más el calor que hace. ¿Qué te parece que en este riachuelo nos bañemos?" Se pusieron en pelotas los dos y se bañaron. Era absolutamente normal no llevar traje de baño, se bañaron completamente en pelotas.

H.V.R.: En los primeros tiempos de la República, Ortega formó un partido.

P.B.: El partido que formó Ortega no se llamaba "partido". Se llamaba "Al Servicio de la República".

H.V.R.: Usted se presentó a las elecciones como candidato a diputado constituyente por Sevilla por el Partido Federalista.

P.B.: Bueno, me presenté al Partido Federalista porque había que presentarse a un partido, pero yo como independiente. Yo conocía allí, en Sevilla, al jefe del Partido Federalista, que era amigo mío, un abogado, y otro chico, un muchacho joven muy brillante que tenía una pequeña editorial, y un amigo mío y de Ignacio Sánchez Mejías... Y me presenté con ellos, sabiendo que no salía. Cuando apareció como una mula loca Ramón Franco, con aquella fama, ya vi que era imposible. Él se había presentado por Esquerra Republicana de Cataluña, y fue a Sevilla a apoyar la candidatura del capitán Cuerda, que no era nadie.

H.V.R.: Pero Ramón Franco era muy popular.

P.B.: Cuando yo casi ni había nacido, Ramón Franco ya había hecho el Plus Ultra. Era muy audaz, muy "echao pa'lante", y llegó barriendo. Echando, como dicen por Aragón, el trillo por las piedras. Disparatando: "La tierra para el que la trabaja", todas esas patochadas...

H.V.R.: Con o sin triunfos electorales, escuchando tonterías y cosas inteligentes, la de la República parece haber sido para usted una época feliz. Pero después vino la guerra. ¿Usted se quedó siempre en Madrid? ¿Pasó la guerra en Madrid?

P.B.: Toda la guerra. Toda la guerra en Madrid

H.V.R.: ¡Qué duro! ¿no?

P.B.: Horroroso, espantoso. En mi casa, en toda la casa, habían matado a mi hermano y a cinco o seis más, entre ellos al dueño de la casa, que era el conde de Campogiro, que había sido secretario de Gil Robles, y claro, lo mataron. Hombre, mataban por estar suscrito al ABC, conque, claro... Mataron a otro ingeniero de caminos encima de nosotros, y a otros...

H.V.R.: ¿Quién hacía eso? ¿Los comunistas? ¿La F.A.I.? Porque en Barcelona era la F.A.I. Allí, los que llevaban la voz cantante eran los anarquistas.

P.B.: No, no. Aquí eran los comunistas. Aquí uno deseaba entenderse con la F.A.I. Cuando venían a hacer un registro, y en casa hicieron más de veinte... Calcule usted, yo con sobrinos pequeños, recién nacidos, con mi hermana, que se acababa de casar, separada de su marido, con mis padres ya mayores... yo pasé una guerra horrorosa, de preocupación, de inquietud, de sinsabores, en fin. Bueno, pues lo que siempre deseábamos cuando había un registro era que la gente que viniera fuera de la F.A.I., porque con la gente de la F.A.I. cabía entenderse. Eran muy salvajes, pero cabía entenderse, tenían un fondo, no sé. Pero con los comunistas no había manera de entenderse, una cosa fría, no había manera.

H.V.R.: ¿Quiénes eran los personajes salientes en ese momento? Porque de las actividades de Carrillo, por ejemplo, se sabía poco, no era una figura...

P.B.: Muy poco. Aquí, el que sustituyó a Carrillo en esa cosa de seguridad fue Melchor Rodríguez, que la gente quedó muy agradecida, porque lo hizo muy bien, se desveló. En los traslados de presos, él iba en un coche ligero al lado, pistola en mano, para que no se cargasen a nadie.

H.V.R.: Aunque una vez trasladados, se los cargaban igual.

P.B.: Sí, pero en fin, él adecentó su cargo. Luego estaban los jefes siniestros de checas.

H.V.R.: ¿Eran conocidos? ¿Se sabía quiénes eran?

P.B.: Sí, hombre, claro. Uno era el que me detuvo a mí, Ángel Pedrero, que tenía su central en el Ministerio de Marina, en la Cibeles. Allí me detuvieron a mí, a las doce de la noche; yo ya creí que se me llevaban por delante.

H.V.R.: ¡Pero usted era amigo de Prieto!

P.B.: Sí, pero, ¿qué tiene que ver? Prieto no pesaba nada.

H.V.R.: Pedrero reemplazó a Gustavo Durán al frente del Servicio de Información Militar por orden de Prieto. Pedrero era hombre de su confianza.

P.B.: Pues Ángel Pedrero me detuvo a mí, y yo estuve cuatro días detenido, nada más. Me detuvieron en casa, me llevaron al Ministerio de Marina y me metieron en el sótano, ahí, con sesenta u ochenta individuos más. Cuando les preguntaba cuánto llevaban allí, decían: "Yo, tres meses" o "Yo, seis meses"... Y nada, con el suelo nada más, sin una colchoneta, nada más el suelo y las paredes.

H.V.R.: ¿De quién más se acuerda? ¿Pedrero y...?

P.B.: El otro, el que cogieron en Canarias, García Atadell.

H.V.R.: Era un tipo siniestro. Con una historia muy confusa, de final aún más confuso. Escapó de la zona republicana a Francia con una fortuna de origen terrible, para marchar a América, y le detuvieron los nacionales en Canarias.

P.B.: Luis Buñuel presumía de que había sido él quien lo había delatado. Luis Buñuel me ha dicho a mí que fue él.

H.V.R.: ¿Ante quién le denunció? Porque Buñuel estaba con la República y a García Atadell le cogieron lo otros.

P.B.: Buñuel lo denuncia a los nacionales. Él presumía de eso, aunque yo no sé si es verdad.

H.V.R.: En la Causa General se dice que el negocio en el que él había acumulado su fortuna era lo que se llamaba "el corredor de la muerte": le ofrecían a determinadas personas, interesadas en pasarse al lado nacional, la salida de Madrid a cambio de dinero. La gente entregaba lo que tenía y, en vez de pasarla, la asesinaban. No se puede asegurar que esto sea cierto.

P.B.: La célebre Brigada del Amanecer.

H.V.R.: Exacto.

P.B.: Pues eso me lo ha dicho él a mí. Me decía que le producía tal asco y tal repugnancia lo de García Atadell, que él se enteró, se enteraría por amigos comunes en Madrid, y que se presentó en la embajada franquista y dijo: "Pues este señor tiene pasaporte y se va tal día en un barco que sale de Marsella, para huir a América."

H.V.R.: Y entonces le esperan en Canarias...

P.B.: ¡No! Se mete uno en el barco. El otro va huido, sin tratarse con nadie, atemorizado y con ganas de poner kilómetros y agua por medio. Pero se mete un policía, supongo, sería un po­licía, hace amistad con él y en los dos o tres días que tarda el barco de Marsella a Canarias se hacen amigos. Claro, en el barco no hay manera de detenerlo, porque es territorio extranjero, pero éste le convence para bajar a tomar una copa al llegar a Canarias. Allí lo trincan, porque en Canarias ya estaban avisados. Una cosa de película.

H.V.R.: Y aún hoy no se sabe quién se quedó con todo lo que él se llevaba. Porque alguien se lo quedó en Canarias. La República, naturalmente, no se lo quedó. El gobierno franquista no se lo quedó. Oficialmente, no se lo quedó nadie. Quién sabe si a lo mejor un funcionario, un hombre de Falange de tercera línea, alguien ignorado. García Atadell es detenido, bajan sus posesiones del barco y esas posesiones desaparecen...

P.B.: Ocurrió lo mismo que con la fortuna de Manolete. Lo mismo.

H.V.R.: Volviendo a Pedrero y a su detención...

P.B.: Pues yo tuve la suerte de salir de ese mal paso, de cuando me detuvieron. Bueno, en los cuatro días que estuve detenido no tuve ni una colchoneta, nada: el suelo y las paredes. Ni plato me dieron, en un plato que comía otro, lo limpiábamos con un papel de periódico, me echaban a mí el rancho y aquello me lo comía, limpiaba la cuchara... ¡Una cosa! Pero todavía tengo muy buena salud, a mí no me mata eso... A mí me salvó el ser muy amigo del fiscal jefe de la Audencia de Madrid, que era un comunista, amigo mío desde hacía muchos años, zaragozano él, que se llamaba Feliciano López y López de Uribe y Aramán. Yo lo quería mucho, era muy humano. Feliciano hizo la carrera. Vino aquí, a Madrid, desde Zaragoza, y se colocó de chófer de la Panificadora Madrileña, llevaba la camioneta. Bueno, pues de chófer llegó a ser gerente de la Panificadora Madrileña, y entonces terminó la carrera de Derecho, que había empezado en Zaragoza, y abrió un bufete. No sabía nada, claro, y él, que era muy sincero, me decía: "Tú fíjate, te vas a cualquiera de esos abogados y te dicen que la ciencia y tal y cual, y yo no tengo ningún libro..." No sé cómo despacharía las cosas. Bueno, pues a éste, que era del Partido Comunista, lo hicieron fiscal jefe de la Audiencia de Madrid. Tenía un despacho imponente en la Audiencia, en las Salesas, y yo lo fui a ver. Él era grande, fuerte, con un pelo enmarañado blanquecino, muy gesticulador, muy gestero y muy ampuloso. Buena persona. Él me quería, y una de las veces fui a verlo porque habían detenido a mi hermano Antonio, el pequeño, que entonces tenía veintidós años. Una edad en que se los cepillaban, morían aquí como chinches, eran chicos estudiantes y tal. Mi hermano estuvo nueve meses detenido; y fui a verle y le dije: "Oye, pues mira, esto, mi hermano, que lo han detenido", y me dice: "Bueno, pues será un falangista asqueroso." "No, no, nada. No seas ligero, ni falangista ni hostias. Le han detenido porque no hacéis más que imbecilidades, no hacéis más que memeces, lo hacéis todo de mal que no hay por dónde cogerlo." "Bueno, tú también, otro fascistote." Pero total, que eso me lo procuró e hizo bastante para que mi hermano saliera bien. Bueno, hubo un juicio y mi hermano salió bien, porque había un fiscal que era un aficionado, un comunista aficionado que no era ni abogado ni nada, y le hizo gracia mi hermano, no sé. Porque a mi hermano, fíjese usted, con veintidós años, le achacaban que era obispo... ¡A qué grado de locura se llegó aquí, y llevaron a aquella pobre gente!

H.V.R.: Entonces Feliciano le localizó a usted...

P.B.: Cuando vinieron a detenerme a mí, una pareja, pistola en mano, a detenerme a las doce de la noche, yo les dije: "Oigan, déjenme ustedes llamar por teléfono." "No, no. Imposible." "Créanme ustedes, que voy a llamar al fiscal jefe de la Audiencia de Madrid, llámenlo ustedes y yo me pongo." "No, no. Imposible." Pero no hice yo más que marcharme de casa y llamó mi hermana. Estábamos ella y yo en casa, solos. Llamó mi hermana Adelina y le dijo a Feliciano lo que me había ocurrido. Mi hermana lo conocía. Bueno, pues al día siguiente, a las diez de la mañana, se presentó él, personalmente, y me vio. Me sacaron del sótano aquel, me subieron a una galería de los despachos, y allí estuve con Feliciano. Y al día siguiente, por la tarde, estuvo también a verme. Y me dijo: "Mira, lo tuyo no está tan claro." "Oye, Feliciano, ¿qué me dices? ¿Es que no nos conocemos?" "Sí, mira tu situación... Yo era muy moreno y ahora tengo el pelo blanco, todos podemos cambiar." Yo pensé, y lo medité rápidamente, conociendo a Feliciano, y le dije: "Bueno, pues mira, Feliciano, te vas ahora mismo a hacer puñetas, porque para salir yo de aquí, de esta mierda, me basto y me sobro, así que vete a hacer puñetas y no te metas a defender lo que es indefendible. Adiós." "Hombre, que..." "Adiós." Con tono firme. Fue mano de santo, aquello. Fue mano de santo. Yo no tenía ninguna seguridad de nada...

H.V.R.: Y sí, en cambio, un miedo terrible...

P.B.: Sí, un miedo terrible, pero en fin, me tiré el farol...

H.V.R.: Y salió bien.

P.B.: Salió bien.

H.V.R.: ¿Y lo de Federico? ¿Por qué mataron a Lorca? ¿Por razones políticas? Se le identificaba públicamente como republicano...

P.B.: Yo creo que es la burricie española, y sobre todo la burricie de provincias, el provincianismo, las envidias, la bestialidad de la gente... y nada más. Granada era la población más atrasada de España. De analfabetismo, sigue en cabeza. No, no. Razones políticas, no.

H.V.R.: Ni por homosexual.

P.B.: No, tampoco. Es bestialidad de pueblo español de provincias. El afamado, el que se está haciendo célebre, el señorito que está en Madrid... Ahora que se está matando gente por toda España, pues vamos a cargarnos a éste. Yo creo que no tiene otra explicación. Eso se lo he dicho a Gibson, y Gibson cree otras cosas, y yo le he dicho que no, que no le busque los tres pies al gato. La verdad es que la homosexualidad de Federico era lo menos agresiva y lo menos homosexual que he visto. Yo lo he tratado siempre lo mismo que a una persona normal, lo mismo que a Buñuel, que a Dalí, que a Gerardo Diego, igual, igual

H.V.R.: ¿No era amanerado?

P.B.: Nada, en absoluto. Hombre, claro, instintivamente, cuando era uno joven y se iba de picos pardos, se ponía uno de acuerdo con Buñuel. Y con Federico, de un modo instintivo, no se contaba. Pero esto lo he pensado luego.

..........

H.V.R.: Usted protegió y ayudó a mucha gente durante la guerra. Empezando por sus vecinos. Y no todos fueron tan desagradecidos como Gastón y Marí. El padre de Miguel Herrero de Miñón, por ejemplo, vecino y amigo de usted.

P.B.: Herrero García había sido catedrático de mi hermano el pequeño en el Instituto Escuela. Yo le conocía ya hacía años y después vino a vivir al lado de casa. Durante la guerra nos vimos, y cuando él se iba, que se fue al empezar la guerra, porque tenía muchísimo miedo de que fueran por él, nos citamos y me dijo: "Mira, yo me voy a una embajada y dejo aquí a mi madre, que es una anciana, y estos ficheros, que son el trabajo de mi vida." Las fichitas, que él decía. Y dije: "Pues hombre, haré lo que pueda; ya sabes que estamos entre salvajes y que es muy difícil..." Y efectivamente, no les pasó nada y recuperó sus fichas.

H.V.R.: ¿Qué era él? ¿De la CEDA?

P.B.: Me parece que sí. Me parece que él era del Debate, de la gente aquella de Herrera Oria. Herrero se metió en una embajada sudamericana, no recuerdo si la de Chile o la de Perú. Allí conoció a una muchacha y, nada más terminar la guerra, se casaron. Unos meses después nació Herrero de Miñón.

H.V.R.: Ella también se había refugiado en la Embajada.

P.B.: Sí, era una refugiada.

H.V.R.: Fueron montones, ¿no?

P.B.: ¡Oh, una cosa...!

H.V.R.: Hubo embajadas que se trasladaron con el Gobierno a Valencia, dejando sin protección oficial a los refugiados que tenían en sus locales. Los detuvieron, claro.

P.B.: Y después terminó la guerra y en las embajadas se metieron los rojos.

H.V.R.: Como es lógico.

P.B.: Un compañero fraternal de mi hermano, Romeo, que había sido delegado de Negrín en Madrid, hijo del doctor Romeo, que se quedó tuerto en la guerra, se metió con su hermano y con su padre en una embajada hasta que se pudieron ir a Méjico.

H.V.R.: En el proceso del exilio perdió usted de vista para siempre a muchos y muy buenos amigos. El primero, Indalecio Prieto.

P.B.: Prieto lo tuvo que pasar muy mal en el exilio. Yo he oído decir a don Indalecio que, para él, lo más amargo que le podía pasar en esta vida era vivir fuera de España. Eso se lo he oído decir yo. Yo tenía amistad con él, aunque había una importante diferencia de edad.

H.V.R.: ¿Cómo era esa relación? ¿Por donde venía?

P.B.: Pues era porque un hijo suyo, Luisito, era compañero mío en la Residencia. Murió hace muchos años, muy joven. Por el hijo conocí a don Indalecio.

H.V.R.: Que venía de Bilbao, claro.

P.B.: Sí. Cuando era el hombre de confianza de Horacio Echavarrieta. Era muy inteligente.

H.V.R.: Hay que reconocerle un mérito: puso todas sus capacidades al servicio del proyecto de terminar la guerra cuanto antes.

P.B.: Todas. Él le tenía horror a Negrín. Bueno, a Negrín le tenían miedo todos. Azaña le tenía un miedo horroroso.

H.V.R.: La leyenda comunista retrata a Negrín como un hombre bueno...

P.B.: Nada de eso. Negrín era un miserable. Fue catedrático mío en la carrera. No era la inmoralidad, no, sino la amoralidad. La amoralidad en dos pies.

H.V.R.: ¿En qué tipo de comportamientos lo revelaba entonces? Porque no estaba en política todavía.

P.B.: No, nada. Tenía un desprecio por la política...

H.V.R.: ¿Era un médico venal?

P.B.: No, él no ejerció la carrera nunca. Él era catedrático.

H.V.R.: ¿Y cómo entró ahí?

P.B.: No, él entró en el mundo de la Residencia porque la Junta para Ampliación de Estudios, la que presidía Pepe Vidal, y que antes la había presidido don Santiago Ramón y Cajal, le pagó una beca. Fue el secretario perpetuo, Castillejo, que era realmente el alma de la Junta y el alma de la Residencia, el que lo hizo todo. Era un hombre manchego, "echao pa' lante", admirable; la honestidad misma en dos pies. Pues a Negrín le pagó un beca la Junta para la Ampliación de Estudios en Alemania. Y él sí, él estudió en Alemania. Llegó aquí y se hizo catedrático brillantemente, no tenía nada de tonto. Fue catedrático de la Universidad Central. Se casó con una rusa, una rusa blanca, se gastó el dinero de ella y después se separó. Él... bueno, es una historia muy larga. Para mí, lo más despreciable de la Guerra Civil española es Negrín, lo más despreciable, lo que encuentro más inmoral, más poco humano, más en contra de España, más vendido a lo invendible. Lo último. Para mí, Negrín es lo último. Bueno, mire usted, vamos a empezar un poco por el final. Al final de la guerra, el Gobierno, que está en Barcelona, llama, para hacerle una consulta, a don Julián Besteiro, que pasó toda la guerra en Madrid. Yo a Besteiro lo veía aquí, en Madrid, todas las semanas. Iba a verlo a su chalet del Viso, a saludarlo todas las semanas,porque yo tenía admiración por don Julián Besteiro. Era una persona tan íntegra, tan estupenda... Yo tenía verdadera admiración por él. Además de eso, me daba una taza de té y dos o tres galletas, que,como no comíamos absolutamente nada, pues esas tres galletas, vamos, sabían a... En fin, yo hablaba con él y tal. Bueno, pues un mes antes del final de la guerra, lo llama el Gobierno de Barcelona a que vaya, le ponen un avión y Besteiro va. Al llegar, se encuentra con que en el aeródromo no hay nadie esperándole. Nada más que una persona de segunda o tercera categoría, que le dijo: "Don Julián, tiene usted habitación en tal hotel.". Y se fue al hotel. Llegó ya anochecido. Él estaba muy enfermo, porque era tuberculoso de toda la vida. Se cuidaba mucho, pero estaba mal... Yo me acuerdo de verlo en un sillón de orejas, allí en su casa... Y estando en el hotel, en la habitación, después de cenar, le dicen: "Que hay aquí un señor que pregunta por usted."  "Pues que suba", respondió Besteiro. Y era Prieto, que llegó, le abrazó casi llorando y dijo: "Bueno, mira, me puede costar la vida venir a verte. Tú no sabes cómo estamos aquí, tú no sabes, esto, lo que es... es un presidio. Estamos aquí en manos de este loco de Negrín. Esto es un presidio. No digas ni que te he venido a ver." Besteiro era un hombre sereno, no era ningún flamenco, era un hombre reposado y valiente. Le respondió: "¿Qué me dices?" Prieto añadió: "Esto es el colmo. No sabes la desmoralización, el desorden, la anarquía, la sinvergonzonería. Este tipo, Negrín, es algo tremendo, no se le puede ver nunca, está siempre borracho, está con mujeres y tal y cual." Dice Besteiro: "Bueno, pues me ha citado mañana. Y yo iré a verlo." "Sí, claro, pero no digas que me has visto. Además, he tenido que sortear", dice Prieto, "a dos policías de vista, que no se separan de mí. Que alguien contará que he estado en el hotel y quizá que he venido a verte, pero, en fin, no he tenido más remedio." O sea, que estaba vigilado. Eso, Prieto, con lo "echao pa' lante" que era, que ha sido el coco del Parlamento español. Pues al día siguiente fue a ver a Negrín. Y me decía Besteiro: "Si yo no hubiera conocido a Negrín, no lo hubiera reconocido: gordo, abotagado, colorado, sofocado, dando voces, animal: 'Pero hombre, Besteiro, venga usted aquí, a mis brazos', gritaba. Me abrazó allí y le dije: 'Bueno, me ha citado usted a hablar, no vengo aquí a hacerle a usted el juego, vengo aquí a hablar, a ver qué me tiene usted que decir.' 'Hombre, usted siempre tan serio', me contestó gritando." Una cosa de locos, totalmente. No pudo hablar nada con él, estaba borracho, no pudo atar cabos ni nada. Se despidió y al día siguiente fue a ver a Azaña, que vivía en un chalet de las afueras de Barcelona. Azaña lo recibió llorando, se le abrazo y dijo: "¡Ay Besteiro! Yo aquí soy un prisionero. Aquí me tienen, además, con un helicóptero que viene a rondar todo el día el chalet por encima, para volverme loco. Con este hombre que tenemos ya no se puede llegar a menos." Le dijo Besteiro: "Bueno, pues usted tiene una solución, que es dimitir." "Ah, dimito y me atrapan, me matan, me asesinan." Besteiro añadió: "Bueno, pero es que a veces hay un momento en que jugarse la vida."

H.V.R.: Y Besteiro lo demostró.

P.B.: Sí, lo demostró, claro, con toda serenidad. Pues allí, llorando como una marica, Azaña, diciendo, además no sé si sería cierto o no, que le ponían por la mañana, no sé cuantas horas al día, un helicóptero que estaba dando vueltas a la casa para enloquecerlo. Y añadió que con Negrín no se podía hablar, que hacía no sé cuánto tiempo que no despachaba con él, que estaba siempre borracho, siempre con mujeres, de comilonas... Y al día siguiente se volvió Besteiro a Madrid, y eso me lo ha contado a mí y a Alfonso García Valdecasas, que fuimos un día a verlo.

H.V.R.: Ha ido usted con demasiada rapidez al final. Me iba a contar lo que sucedió con Negrín y su esposa rusa...

P.B.: Con la rusa, tuvo dos hijos, Rómulo y Juan. Negrín, durante la guerra, cuando vivía, primero, en Valencia y, después, en Barcelona, venía de vez en cuando aquí, a Madrid, a la Presidencia, que tenían allí, en la Castellana 1, en el palacio que después fue ministerio, casi en Colón y esquina con Alcalá Galiano, la casa de Alcalá Galiano. El Palacio de la Presidencia, donde vivió Primo de Rivera. Ahí despachaba Negrín cuando venía aquí. Y yo, por una circunstancia muy especial, tenía acceso a la Presidencia, porque la secretaria del delegado de Negrín aquí en Madrid era una amiga mía, porque era la mujer de Joaquín Romero Murube, el poeta de Sevilla. Se habían casado tal día como hoy, en Sevilla, estuvieron tres o cuatro días juntos y ella vino a Madrid a pedir la excedencia, porque estaba empleada en Hacienda. Y cuando está aquí, en Madrid, estalla la guerra. O sea que, en plena luna de miel, les cortaron tres años de guerra. Pues esta muchacha, Soledad, era muy amiga mía. Se ha muerto hace muy poco. Yo iba por la Presidencia, entre otras cosas, porque me invitaban a comer un día a la semana. Allí, en la Presidencia, se comía poco. El delegado de Negrín era un mastuerzo, pobre hombre, no tenía ni estudios ni sabía nada de nada, pero, en fin, nos daba de comer y yo iba allí.

H.V.R.: ¿Se acuerda del nombre?

P.B.: Sí, era de Migralares, de la provincia de Ávila. Teófilo Moreno se llamaba. Y yo  iba allí con frecuencia porque se estaba caliente, porque habla calefacción, se comía, y como aquí estábamos en la absoluta indigencia... Yo adelgacé veintitantos kilos, y no estaba como hoy, estaba más delgado... ¡Me quedé así! Bueno, pues cuando venía Negrín, ésta era la encargada, un poco la señora de la casa, que mantenía aquello un poco decente: las habitaciones, la ropa de cama, almohadas, toallas, cuartos de baño y tal, que estuviera en orden. Un chica despejada. Yo me acuerdo que un día dijo: "Mañana llega don Juan, y ha pedido algunas cosas por delante; una de las cosas que le tengo que poner encima de la mesilla es una foto de esas, así, en ángulo, que se sostiene, con marco de cuero", que era de aquella chica que fue una actriz, una artista de variedades, muy conocida entonces, Rosita Díaz creo que se llamaba.

H.V.R.: ¿Era su amante?

P.B.: Sí, era su amante y le ponía la foto allí. Bueno, pues Negrín termina la guerra y se va a París, huyendo, claro. Y me contaba a mí un cuñado de Justino Azcárate, que estaba con él, que cuando se iba para América, acompañó a Nagrín a un banco para sacar setenta y cinco millones de pesetas. Esto es de primera mano. Bueno, pues se marcha, pero no sin antes —¡agárrese usted!— casar a su hijo con la querida suya. Para no dejarla desvalida, la casó con su hijo Juan, el que viene por aquí, que es compañero del Instituto Escuela de mi hermano Antonio. Son muy amigos; yo le conozco, pero mi hermano es íntimo amigo.

H.V.R.: ¿Y siguió siendo su mujer toda la vida?

P.B.:  Sí, hasta hace tres años, que ha muerto.

H.V.R.: ¿Y tuvo hijos con ella?

P.B.: Sí, sí. ¡Qué mozo, eh! Todo lo que le he dicho a usted es el evangelio, es absolutamente cierto.

H.V.R.: ¿Y por qué le tenían miedo? Usted me dijo antes que siempre le tuvieron miedo: Prieto, Azaña...

P.B.: Porque era capaz de todo. Le tenían horror.

H.V.R.: Casado relata una cosa tremenda, esperpéntica, pero claro, ahora que usted me cuenta esto... aunque Casado también estaba defendiendo su propia memoria, en Así cayó Madrid. Dice que en la última etapa de la guerra le invitó a una comida de una abundancia inconcebible en esa época, y que en un momento dado, Negrín se levantó y alguien le explicó que el doctor iba a vomitar para volver a seguir comiento.

P.B.: Sí, sí, eso lo hacía. Es cierto. Yo me acuerdo que él iba a una cervecería alemana muy conocida, frente a Gambrinus, aquí, en Madrid. Allí fui algunas veces con Moreno Villa, que era muy sistemático con acabarse su cerveza. Y allí iba este monstruo: se tomaba... pues treinta o cuarenta cervezas.

H.V.R.: Esto, antes de la guerra, cuando no era un dirigente político.

P.B.: Sí, antes de la guerra. Se cachondeaba de los políticos y de los médicos. Yo me acuerdo de que mi hermano Manolo se cayó en la Residencia, yendo en bicicleta, y se hizo una herida en una mano, una herida superficial, pero daba la casualidad que estaban estercolando el jardín, un peligro. Lo vio el médico que había en la Residencia, estaban Calandre, y Sacristán también, y les dije: "Ponedle la antitetánica." Y contestaron: "No, porque es una herida muy superficial y no hay peligro. La antitetánica es cuando no está en contacto con el aire." Lo dijeron tan seguros que yo me quedé tranquilo. Y al poco tiempo llegó Negrín por ahí y dijo: "¿Qué pasa?" Yo dije: "Que le ha pasado esto a mi hermano". "¿Pero que le han hecho?" Contesté: "Bueno, ya lo han visto el señor Calandre y el señor Sacristán." Me replicó: "Pues si lo han visto dos médicos, está perdido." Lo dijo así, de cachondeo. Era un animal.

H.V.R.: Y me contaba usted lo de la cervecería...

P.B.: Sí. Después de treinta o cuarenta cervezas, se iba a comer. Él eso lo hacía así: llegaba, se metía los dedos para vomitar y volvía a comer. Decía un amigo mío que este Negrín del final, cuando estos sucesos de Barcelona y tal, era una especie de simbiosis, de mezcla de emperador romano de la decadencia y de general mejicano. No está mal visto.

H.V.R.: ¿Cómo se percibía la influencia soviética? ¿La gente veía a los soviéticos o era un manejo secreto?

P.B.: No, no. De secreto, nada. Los padecíamos en nuestra propia carne. Absolutamente, vamos.

H.V.R.: Y Negrín se dejó...

P.B.: Totalmente. Y al final, él se fue a París, y de París a Norteamérica. Era un monstruo. A mí me dio un sobresaliente en su asignatura.

H.V.R.: ¿Lo dice usted con satisfacción o como autocrítica?

P.B.: Yo era muy joven entonces, aún no sabía de qué pie cojeaba esa bestia.

H.V.R.: Los dos hijos son la de la rusa, a la que él abandona... ¿Qué fue de la vida de esa mujer después?

P.B.: No sé nada. Me acuerdo de esa época, cuando estaba casados. Al llegar a la Residencia, dejaba el taxi a la entrada, por la mañana, por ejemplo, cuando iba él al laboratorio. Y al mediodía, el chófer seguía por ahí, des­pués de tres horas: "Estoy aquí esperando, a ver si el señor..." Negrín salía y le pagaba. Una bestia.

H.V.R.: A la que le sobraba el dinero...

P.B.: Sí, sí, el de ella.

H.V.R.: Por lo que usted dice, la figura de Negrín ha llegado a ser aceptada y hasta exaltada gracias al elogio de los soviéticos y el silencio de los demás. Ese mismo silencio ha permitido que se denigrara sistemáticamente a Casado, que tal vez no haya hecho otra cosa que lo que muchos deseaban hacer, sin atreverse. Alguien, en última instancia, tenía que rendirse. Creo que Casado esperaba un mejor final.

P.B.: Sí, y yo lo esperaba también, que tendría mejor final.

H.V.R.: Franco no tenía nada de generoso.

P.B.: Poco después de la guerra, vino a verme a casa, no sé para qué, un alto mando de Falange. Yo no he tenido nunca nada que ver con Falange, pero éste era un muchacho, tengo que decirlo, encantador: educado, fino, sensible, comprensivo... Estuvimos hablando de la guerra. Yo le dije las cosas crudamente. Él estuvo de acuerdo conmigo. Y habló él de Besteiro y le dije: "Mire usted, si tiene alguna influencia, interpóngase, porque lo de Besteiro puede ser una catástrofe; porque yo lo he tratado, porque es amigo, respetuosamente amigo mío, y es un hombre que se puede morir en cualquier momento, porque está muy malo desde hace muchos años y está en la cárcel, en la cárcel de Carmona, y puede ocurrirles a ustedes una cosa horrorosa: que se muera en la cárcel. Un hombre que ha hecho lo que él ha hecho, y cómo se ha comportado toda su vida, y quién es don Julián Besteiro." "Pues me deja usted impresionado." "Pues creáme usted que es así, y va a caer sobre ustedes el baldón de que este hombre se va a morir en la cárcel." Y efectivamente, murió en la cárcel.

H.V.R.: ¿Y con usted, qué pasó? Porque, claro, usted estaba identificado como republicano. Había sido candidato a diputado en las constituyentes de la República... ¿Cómo fue la posguerra para usted? ¿Fue muy dura? ¿Le buscaron?

P.B.: No, no  a mí no me pasó absolutamente nada.

H.V.R.: ¿Qué hizo en los años que siguieron a la guerra? ¿En qué trabajó?

P.B.: Después de la guerra, pasé nada menos que catorce años en Burgos, al frente de una fábrica de pieles, luchando como un león los catorce años y acabando por arruinarme. Era una fábrica que pusimos mi hermano Isabelino y yo. Él estaba en Iberduero, tenía un año y medio más que yo. Llevaba el nombre de nuestro padre.

H.V.R.: La peor época, ¿no? Del cuarenta al cincuenta y cuatro.

P.B.: Pero ni siquiera en Burgos. En una finca, a siete kilómetros de Burgos. En un chalet. Eso sí, un chalet espléndido, con una calefacción que el frío de Burgos me importaba un bledo y, además, tenía la electricidad gratis. Allí, absolutamente solo, he estado catorce años, trabajando como un energúmeno, con unos problemas económicos horrorosos: todos los días y, sobre todo, todas las semanas, pensando cómo pagar los jornales. Y así una semana y otra, un mes y otro, un año y otro año. Aquello lo empezó mi hermano solo, luego yo le ayudé, lo levanté yo. Y llegó un momento en que le dije a mi hermano: "Mira, ahora tenemos tantos millones en cuenta..." Yo creo que esto era recién terminada la guerra mundial... "Es poco pero, en fin, me huelo", le dije, "que esto se va a ir abajo, que este negocio que hemos puesto, la piel española, en cuanto empiece a entrar la piel de importación, las cosas de lujo... Estas cosas las hacemos aquí en España, han sido un sustituto, yo tengo la sensación que esto no va..." Con pieles españolas hacíamos mouton doré (?). Mi hermano me decía: "Siempre habrá mujeres que no podrán llevar abrigos de astracán y de visón, tendrán que conformarse con cosas más baratas." Total, terminó la guerra, empezaron a entrar las pieles de fuera y las mujeres o se ponían visón o astracán, o se ponían paño, pero la piel española en absoluto. Pusimos en España treinta y tantas fábricas... no  yo, sino que en toda España habría treinta y tantas fábricas de piel nacional. Hubo gente que se hizo millonaria, comerciantes de Madrid, como Cirilo Fernández, que eran clientes míos, Fortuny.... Bueno, pues nada, no hubo manera de levantar aquello. Fíjese usted si yo afilé los sentidos: al final, vivimos los dos últimos años de exportar a Alemania, ¡nada menos! ¡Hay que ver! ¡Exportar a Alemania productos manufacturados en una pobre España! Manufacturando abrigos. Bueno, abrigos no, lo que se llamaban "bodies", el cuerpo del abrigo, pero a falta de hacerlo ya a la medida. Y al final se puso la cosa tan mal que yo me quedé sin una perra...

H.V.R.: ¿Y entonces se volvió a Madrid?

P.B.: Sí. Todavía vivía mi madre y me fui donde vivíamos, enfrente de la casa de Machado, en la calle General Arrando. Al poco tiempo murió mi madre, yo heredé de mi madre y después hice algunas operaciones que me permiten tener una vejez totalmente desahogada, no de rico, pero sí una vejez desahogada. He tenido coche hasta hace diez años... ahora no tengo porque no me entretiene conducir... ¡está todo tan agrio!

H.V.R.: Sólo se puede tener coche para salir de Madrid.

P.B.: Sí, y para eso tengo tantos en la familia, que me sobran coches. Voy todas las semanas al Escorial, tengo allí unos sobrinos... pues tengo que decir que no a tres o cuatro, pues todos me quieren llevar: me vienen a buscar aquí, a la puerta de casa, cogen la maleta y me la bajan. Así que de negocios... he tenido muy mala suerte. Quizá no tenga madera, porque los negocios no son cuestión de suerte, es la gente que tiene ese don, del que yo carezco, claro.

H.V.R.: Pero se las ha arreglado...

P.B.: Sí, he vivido bien siempre.

H.V.R.: ¿Por qué no escribió? Hay quien le llama "el silencioso del 27", pero usted, de silencioso, no tiene nada. Es sólo que no escribió.

P.B.: He escrito mucho y he roto mucho. No me satisface nada de lo que escribo. Escribo cosas y a los dos meses ya las he roto. Me exijo de tal manera que no me satisface lo que hago. Doy menos de lo que yo espero de mí. Vivo de mis recuerdos de mis amigos...

H.V.R.: ¿No volvió a Sevilla?

P.B.: He vuelto a Sevilla esporádicamente. He ido con Fernando Chueca. Hasta el año pasado, todos los años, después de Navidad y hasta Reyes, lo pasaba en Sevilla, en su casa. Esos siete, ocho o nueve días, o sea que pasaba el Año Viejo en Sevilla. Eso lo he hecho hasta el año pasado. La casa la han modificado, y ya no lo hacemos. Todos tenemos más años...

Horacio Vázquez Rial