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Entrevista a Pepín Bello - Segunda jornada
 

H.V.R.: ¿Cómo se estableció la relación de Sánchez Mejías con ustedes, con los jóvenes intelectuales?

P.B.: Él era un intelectual, en cierto modo. Él no hablaba nunca del toreo, nunca. Yo, casi todo el tiempo que lo traté, fue cuando había dejado de torear, cuando fui a vivir a Sevilla. Y no toreó hasta el final, cuando volvió, que, total, toreó veinte días. A la cuarta corrida le mató el toro. Yo tuve con Ignacio una amistad tan fraternal, de tanto tiempo que hemos vivido juntos... En Sevilla, yo me pasaba días en su casa.

H.V.R.: ¿Cuando fue usted a Sevilla?

P.B.: En 1927, por los trabajos de la Exposición de 1929, cuando estaba aquello en el pleno, con la ilusión de hacer dinero. Gané un poquito... Creí que me iba a enriquecer, pero no. Tampoco me ha tirado nunca demasiado el dinero, la verdad. Me quedé en Sevilla hasta el 34, hasta poco antes de la guerra. Fui secretario de la Confederación del Guadalquivir. Llegué allí y conocí a Ignacio.

H.V.R.: ¿Pero venía muy a menudo Madrid?

P.B.: Sí, sí. Tenía mi familia en Madrid. Yo venía mucho mucho a Madrid. Vamos, como una vez al mes...

H.V.R.: Entonces, fue usted el más amigo más próximo de Sánchez Mejías.

P.B.: Sí, sí. Yo fui el más amigo de Ignacio. A él le extrañó mucho, cuando estaba muriendo, que yo no estuviera al lado. Se lo dijo a su hijo: "¿Y Pepín? ¿No está?" Se estaba muriendo. Su hijo respondió: "No, te ha puesto un telegrama." En ese momento, se acordó de mí. Yo lo quería entrañablemente. ¡Era una persona tan cabal!

H.V.R.: ¿Federico fue muy amigo de él también?

P.B.: Sí, sí, también. Federico quería y admiraba a Ignacio, que era un hombre enormemente inteligente. Vamos, Antonio Garrigues, que es una persona ponderada, dice que es quizá la inteligencia más poderosa que ha conocido en su vida. Ignacio era superinteligente; le faltaba preparación en muchas cosas, pues no había hecho más que medio terminar el bachillerato. Pues claro, la vida de torero, primero de peón y después de torero, no es para cultivarse. Pero, en fin, él tenía una inteligencia descomunal. Tenía una capacidad de ver las cosas.. Además, tenía unas dotes de polemista extraordinarias. Yo lo he visto discutir de filosofía con Zubiri, que Zubiri, no es que tuviera facilidad de palabra, sino que era una ametralladora... ¡Era una cosa!

H.V.R.: ¿Debo desprender de lo que me está diciendo que no era Belmonte el más leido de todos los toreros, como decía Valle? ¿Lo era más Sánchez Mejías?

P.B.: Fui muy amigo de Belmonte, y hay que decir que también era de una inteligencia extraordinaria. Más que preparación y que fueran hombres de letras, más que eso, era la inteligencia que tenían, la capacidad de captar cosas y de enterarse de las cosas...

H.V.R.: Eso parece haber cambiado mucho en el mundo del toreo...

P.B.: Hombre, yo he conocido muchos toreros inteligentes, ¿eh?

H.V.R.: ¿Rafael de Paula, por ejemplo?

P.B.: No conozco a Rafael de Paula.

H.V.R.: Como era de devoción de Bergamín...

P.B.: Sí, sí, lo sé. Pero, en fin, he conocido a Pepe Luis Vázquez, muy inteligente, he conocido a Antonio Ordóñez, muy inteligente, a Luis Miguel Dominguín, muy inteligente... a todos los Dominguín. Como hermanos míos, vamos. Yo era más amigo de Domingo, que se suicidó en Colombia.

H.V.R.: Dicen que, en la posguerra, Domingo Dominguín pasaba gente por la frontera como si fuesen de su cuadrilla, gente del maquis y de la resistencia comunista.

P.B.: Sí, sí, él era un demonio. Con tal de enredar...

H.V.R.: Lo que no me ha dicho es cómo se vinculó Ignacio con ustedes, con los jóvenes intelectuales.

P.B.: Pues Sánchez Mejía, no se cómo, cayó un día por aquí, por Madrid, en la tertulia de la Lyon, a la que acudían Bergamín, Garrigues, Dámaso... Allí iban las mujeres también, las esposas. O sea, que iba, por ejemplo, Rosario Arniches, que era la mujer de Bergamín... También iba un amigo extraordinario, que era ingeniero agrónomo y dueño de la academia de preparación de ingenieros agrónomos, Eduardo Rodrigáñez, que era una persona angélica. Su amor eran las matemáticas. Era encantador. Pues también iba la tertulia. Y varios más...

H.V.R.: Sánchez Mejías ya estaba vinculado con la Argentinita...

P.B.: Puro amor.

H.V.R.: Un amor loco, una pasión absoluta... Y correspondida.

P.B.: Sí. Ella era lista como una flecha, y muy atractiva. No una belleza, pero sí muy atractiva.

H.V.R.: Y él estaba casado.

P.B.: Él estaba casado, sí. Y tenía dos hijos.

H.V.R.: Pero la historia fue muy pública.

P.B.: Sí, sí.

H.V.R.: ¿Y que pasaba con su mujer?

P.B.: Pues nada, que no se trataba en absoluto con ella. Yo he estado viviendo semanas en casa de Ignacio, con Lola, que era la madre de sus hijos. Lola era muy corrientilla. Yo siempre la llamé de usted, y ella a mí, de usted, también. Y no se dirigían la palabra. Tanto es así que me acuerdo que un día, estando los tres, sonó el teléfono, que estaba al lado de Lola. Ignacio estaba junto a ella. Pues bien, sonó el teléfono, Lola lo cogió y, para no dárselo a Ignacio, me dijo: "Tome usted, que es para Ignacio", y entonces lo cogió Ignacio. En fin, hasta ese punto. Una cosa rigurosa.

H.V.R.: Hoy se hubieran separado...

P.B.: Hoy se hubieran separado. Bueno, él quería mucho a sus hijos. Hablando de su casa, me decía: "Oye, no dirás que no he llegado a un estado perfecto. Estar aquí, en mi casa, con mis hijos y con mi mujer, y que no haya ningún roce, no me dirás que no he llegado a una cosa perfecta. Esto es perfecto."

H.V.R.: A finales de la década del veinte, Sánchez Mejías organizó un homenaje a Fernando Villalón, del que usted, con otra gente de Madrid, participó. Y es fama que el viaje se hizo en un avión pilotado por Ansaldo, que después moriría en Lisboa, en el mismo accidente en que pereció Sanjurjo...

P.B.: Sí. Yo entonces vivía en Sevilla... De Madrid fueron Pedro Garrigues, Justino Azcárate, González Uña, Corrochano —el cronista de toros—, Pepe Bergamín, Dámaso Alonso, Gerardo [Diego]...

H.V.R.: La plana mayor entera.

P.B.: Entera, entera. Pero yo no viajé en ese avión. Bueno, verá usted: yo ya vivo en Sevilla, pero en ese momento estoy en Madrid. Como yo tengo coche, ellos van en el avión que fleta Ignacio, pero como yo necesito llevar mi coche, para no ir sólo, invito a Ontañón a que venga conmigo, y hacemos el viaje a Sevilla los dos, que hemos sido muy amigos toda la vida. Y allí ya nos vemos todos. Y después, cuando vuelven, yo me quedo en Sevilla. Fuimos en un coche descapotable, bajo, de esos coches de los años veinte o treinta, deportivos. Me acuerdo de un perro muy grande un mastín enorme, que nos salió, ladrando, y que la cabeza estaba por encima de nosotros. Eso a Ontañón le dio mucho miedo. Dijo: "Éste se nos va a comer." No pasó nada. Salimos de Madrid, llegamos a Sevilla felizmente y a la mañana siguiente comenzaron ya los actos de la lápida a Villalón.

H.V.R.: ¿Usted había tratado a Villalón?

P.B.: Mucho.

H.V.R.: ¿Le había conocido por Ignacio?

P.B.: No, por Ignacio no. Le conocí por el director del Archivo de Indias de Sevilla, José María Peña, que murió el año pasado. Él fue quien me lo presentó. Pero después estuve ya varias veces con Villalón y con Ignacio, juntos. Me acuerdo que Ignacio era muy despreocupado y llamaba a todo el mundo de tú, pero como él había sido torero y Villalón era ganadero, había ese respeto del torerillo por el ganadero. Y a Fernando Villalón lo llamaba Ignacio "Don Fernando", mientras yo, que tenía trece años menos que Ignacio, llamaba a Fernando de "tú". Y me dijo: "¿Y tú por qué llamas Fernando a don Fernando?" "Pues porque somos conocidos, él me llama a mí Bello y lo le llamo Fernando." Y se quedó así, un poco preocupado. Otra persona a la que también extrañó Ignacio que yo tutease fue su cuñado, "El Gallo", Rafael; Ignacio lo llamaba de usted, sin tratamiento. Le decía: "Oiga usted, Rafael." Pero yo lo llamaba de tú. En la época que estuvo viviendo Rafael en casa de Ignacio unos meses, cuando vino de América, Ignacio lo llamaba siempre Rafael, pero de usted. Y me decía: "¿Pero tú a Rafael lo llamas de tú?" Y le contestaba: "Ah, yo sí."

H.V.R.: ¿Cómo era la relación familiar entre ellos?

P.B.: Rafael era hermano de Lola, de Joselito y de Fernando. Eran Rafael, Joselito, Fernando y las chicas, que eran tres. Una estaba casada con un banderillero de Joselito que se llamaba El Cuco, que era el padre de un torero, que ya murió, al que llamábamos El Gallino. Yo iba a llevar dinero muchas veces a casa de ésta, ya viuda. Ignacio le pasaba dinero mensualmente, porque no tenía una perra. Muchas veces me llamaba Ignacio, estando en Madrid, y me decía: "Oye, ve a llevarle dinero."

H.V.R.: O sea, que El Gallino era sobrino de Ignacio.

P.B.: Sobrino de Ignacio por su mujer, claro. Porque era hijo de una hermana de su mujer, la casada con El Cuco. Y la otra hermana, no me acuerdo cómo se llamaba, era la madre de una chica a la que yo he visto, que también había estado viviendo en casa de Ignacio, que era Trinita. Esa hermana estaba casada con un carnicero... a ésos no les iba mal... pero no me acuerdo cómo se llamaba.

H.V.R.: Era el único que no se jugaba la vida para ganársela.

P.B.: También andaba con reses, pero de otra manera...

H.V.R.: Usted ha vivido todo esto desde ahí dentro.

P.B.: Sí, lo he vivido desde dentro.

H.V.R.: ¿Y nunca pensó en ser torero?

P.B.: No, jamás. Toreé en una fiesta de un amigo mío, sevillano, Pepito Canale, bastante mayor que yo. Hombre, había sido compañero de Joselito, y habían hecho el servicio militar juntos. Era muy aficionado a los toros. Joselito de­cía de Pepito Canale que era el mejor torero de los señoritos, es decir, de los no profesionales. En casa de éste tenían un cortijo pequeño, que se llamaba Los Merinales. Estaba al lado de Sevilla. Tenían un negocio de embarcar toros, hasta que Belmonte, el hermano de Juan, descubrió, porque fue un descubrimiento, que se podían llevar los camiones a las fincas, con las cajas, y encerrarlos directamente, pues hasta entonces había que llevar los toros a los encerraderos, que estaban en los alrededores de Sevilla. Había que llevar los toros allí y allí se encerraban. En una serie de corrales y de pasillos. Canale, el padre de mi amigo, tenía el encerradero este de Los Merinales, y otro amigo mío, don Antonio Huerta, un hombre ya mayor, tenía el encerradero de Salteras, también al lado de Sevilla, y de eso vivían, de encerrar el ganado. Tenían los cabestros allí, para acompañar los toros y embarcarlos, hasta que Belmonte, Manolo Belmonte, que fue torero pero fracasó enseguida, descubrió... Vamos, cogió y armó los camiones con sus cajones encima, y en el campo, con cuatro palitroques, se embarcaban los toros.

H.V.R.: Era de una lógica aplastante.

P.B.: Sí, pero a los de los encerraderos les deshizo el negocio. Bueno, pues en su casa, Canale, en el encerradero, tenía una placita de toros. Él era muy monárquico —esto era todavía antes del año 31— porque su padre era el intendente de los Reales Alcázares de Sevilla. Y dio una fiesta al Príncipe de Asturias, a don Alfonso, y allí matamos tres becerros, uno Pepe Canale, otro Tomás Murube y otro yo. Yo no me había puesto nunca delante ni he tenido afición.

H.V.R.: Pero, como espectador, sí.

P.B.: Sí, como espectador, sí, aunque hace mucho que no voy.

H.V.R.: ¿Ha decaído el toreo? ¿Es otra cosa?

P.B.: Es otra cosa. Yo hace tiempo que no voy.

H.V.R.: A Belmonte sí le vio y le trató usted mucho.

P.B.: Sí, mucho y fue muy amigo mío. Era una persona extraordinaria, de talento. Y de torero, no digamos. Él y Joselito son la cumbre. Hay joselistas y hay belmontistas. Pero, en fin, que ahí está la cumbre, y eso no tiene la menor duda. Vamos, que yo he hablado con gente que ha alcanzado tiempos que yo no he alcanzado, y todos están de acuerdo.

H.V.R.: Chaves Nogales era mayor que usted y había visto mucho, claro.

P.B.: Sí, mayor, mucho mayor. Hizo la biografía de Juan Belmote.

H.V.R.: Sí, la conozco. Es un libro precioso.

P.B.: Bueno, pues la hizo a partir de una conversación que tuvo con Belmonte. Me lo contó el propio Belmonte; porque en ese momento, cuando salió el libro, yo trataba mucho a Juan. Encontré a Juan cuando salió el libro de Chaves, ya en la República. Juan, siempre tan cariñoso conmigo. Nos abrazamos. Era un atardecer, en Sevilla. Así, callejeando. Dice: "Hombre, te voy a pedir un favor." "Bueno, si está en mi mano, yo te lo hago." Me contesta: "Es que tengo una cosa en el juzgado de Jerez..." Y me lo explicó en dos palabras: había un contratista que tenía una carretera, que no había terminado todavía, y que Juan utilizaba para ir a su finca, un cortijo que se acaba de comprar y que se llamaba El Cuervo. Iba por esa carretera y el contratista le dijo: "Esa carretera, mientras esté yo trabajando, es mía, usted no puede pasar con el coche." Una cosa en contra de Juan. Juan siguió pasando por la carretera, y alguien de la empresa le dijo: "Mire usted que no se puede pasar por la carretera", pero Juan seguía pasando. Como se había jugado la vida de esa manera... Y un día se encuentra la carretera cortada, con una zanja así de ancha, cortada de tal manera que no se podía pasar y, claro, se tuvo que detener allí con el automóvil. Le dijeron los empleados del contratista que era para pasar los cables por debajo... ¡Eso no se ha visto nunca! Por el campo, los cables están al aire, pasan por encima de las carreteras. Juan me explicó esto en dos palabras. Dijo: "Si tú fueras allí y dijeras que eso es un absurdo, que no es verdad que los cables, etc..."  Y yo dije: "Sí, hombre, ya sé, pero ¿quién soy yo para decir eso?" Juan dice: "No, no, yo he hablado con el Juez y le he dicho que eres el secretario de la Confederación del Guadalquivir, y me ha dicho que ese testimonio es suficiente."  Era cierto: yo fui secretario de la Confederación un año o año y medio. Juan ya lo tenía apañado con el juez y yo contesté: "Ah, bueno, pues si vale, yo encantado." Juan replicó: "Pues te envío un coche el domingo a tal hora." Le dije: "No, yo voy con el mío." Y replicó: "No, no, te envío un coche el domingo a tal hora." El domingo, a tal hora, por la mañana, un coche de Juan me estaba esperando en el hotel y me fui a Jerez; y yendo a Jerez leí, no me acuerdo en qué periódico, publicada en forma de folleto, la vida de Belmonte, de Chaves Nogales. Por capítulos la iba publicando. ¿Qué periodico podía ser? ¿La Voz o El Sol? El caso es que yo lo leí. Como iba a ver a Juan, a lo mejor le interesaba a él. Y leí un capítulo, que era interesante y estaba muy bien contado. Era lo siguiente: Juan, cuando era un muchacho de catorce o quince años, iba a torear por ahí, por las oliveras del Guadalquivir. Pasaba el Guadalquivir a nado y se iba a torear a las ganaderías, de golfillo, claro. Luego, por la noche, pedía asilo en algún cortijo, cosa que es corriente en Andalucía. Como están los pueblos tan distantes... Allí también hay una costumbre bonita, que es dar alojamiento, en el pajar, claro. Juan, cansado de todo el día, se durmió a pierna suelta, esto lo contaba Chaves, y se despertó con una sensación muy grata, de que le andaban a él por sus partes y tal. Total, Chaves decía muy bien que se la estaba chupando una zagala del cortijo, y eso lo leí en el viaje. Llegué, saludé a Juan, fuimos al Juzgado, yo dije lo que tenía que decir, y después dijo Juan: "Vamos a comer a casa." Y me fui al cortijo, El Cuervo, donde se suicidó él, y allí comimos. Después de comer, charlando, encendimos un puro y le dije yo: "Hombre, he leído en el periódico el capítulo correspondiente a tal, y tiene gracia, está muy bien contado y tal." Y dice: "Bueno, eso es lo que yo le dije a Chaves, pero no fue así, ¿eh?..." ¿Lo sabe usted?

H.V.R.: Que no era una muchacha, que era un muchacho.

P.B.: Sí. Dice: "Pero no era una moza, una garrida moza, era un gañán." Y dije: "Hombre, ¿y tú que hiciste?" Dice: "¡Pues dejar que terminase!"

H.V.R.: ¡Eso sí me faltaba!

P.B.: Es admirable. Eso da la idea de la dimensión de Juan, de lo desgarrador que era, de cómo estaba por encima del bien y del mal, de lo roto que era él, por eso no me extrañó nada cuando se suicidó, no me extrañó nada. Era un hombre capaz de todo, un hombre roto, un hombre sin ilusión por nada, lo había vivido todo, estaba asqueado de todo. No esas cosas que dicen que si el amor, etcétera... no, no.

H.V.R.: Hastío.

P.B.: Rotura, hastío. Bueno, lo que le dijo al periodista por la mañana también fue gordo, ¿eh? El día anterior al de su suicidio. Fue a misa, no sé por qué, porque él no iba a misa, pero... Bien, fue a misa a la catedral de Sevilla, y al salir de misa se encontró con unos periodistas, uno de ellos amigo mío, un tal Mariani, que era bajito y enredador. Entonces se hablaba de que Juan quizá rejonease. Como siempre, era noticia algo de Juan. Alguien había dicho que iba a rejonear, y Mariani le preguntó: "¿Qué, don Juan, cuándo nos da usted un notición?" Y le contestó: "Pues espérate, que el notición lo vas a tener muy pronto." Y al día siguiente se suicidó.

H.V.R.: Ya tenía tomada la decisión.

P.B.: Es tremendo, con una tranquilidad... Otro día, comiendo con Juan y con otro sevillano muy simpático, que era el director del Museo Arqueológico de Sevilla, una persona muy conocida, Juanito Lafita. Como todos los extranjeros iban recomendados a Lafita, era el que enseñaba Sevilla. Un hombre muy simpático, también dibujante, aunque mal pintor, con un temperamento artístico importante. Un día nos invitó Juan a comer a su casa y fuimos, no sé por qué, este Juanito Lafita y yo. Había estado toreando Juan en la placita que tenía en el cortijo y estaba vestido de corto, pero vestido de corto y con briches... ¡Una cosa! Eso nada más lo hace Juan, esa falta de... Tengo yo este dibujo, que es estupendo, hecho por este hombre. Juan con chaquetilla corta, fumándose un puro y con gafas. Es un dibujo muy bonito, con una dedicatoria de los dos Juanes.

[Señala el dibujo, colocado en un marco. Nos levantamos los dos y vamos a mirarlo de cerca. Las fotografías y dibujos que hay por toda la habitación llaman mi atención y hacemos algunos comentarios sobre ello.]

H.V.R.: Habría que publicarlo. ¿No se lo han pedido biógrafos y taurinos? Les entusiasmaría...

P.B.: Pues no, no me lo ha pedido nadie.

H.V.R.: ¡Qué bonita aquella foto!

P.B.: Sí, la de Carla. Es una foto muy bonita y está ella muy bien, como era ella.

H.V.R.: Una foto llena de movimiento.

P.B.: Sí, llena, llena. Muy bonita. Pues aquí tengo una foto que ha dado varias vueltas al mundo y es la única que existe.

H.V.R.: Sí, la conozco. Aquí está Gustavo.

P.B.: Sí, con Federico y María Teresa. Éste es el pintor ese, español, que ha vivido toda la vida en Londres. Se ha muerto ya: Viñes, Fernando Viñes. Ésta es ? Bayona, la mejor pianista de Zaragoza. Ésta es Delia del Carril, que en aquel momento era la amiga de Neruda.

H.V.R.: Fue su mujer.

P.B.: Sí, pero en aquel momento, no. Aquí está Pepe Caballero. Aquí esta uno de los críticos de música más importantes del mundo, Adolfo Salazar. Ha publicado un libro, me han dicho... yo no entiendo de música, aunque me gusta...

H.V.R.: No quería nada a Gustavo.

P.B.: No lo sé; pero el libro éste que ha publicado en México, sobre música, dicen que es de lo más importante que se ha hecho. Ésta era una alemana que venía con nosotros, no recuerdo ahora cómo se llamaba. Éste es un cuñado de Bergamín, casado con Pilar Sanchís. Éste es el escultor Alberto Sánchez. Federico, Alfonso Buñuel...

H.V.R.: ¡Qué parecido al hermano!

P.B.: Sí. Mire: Luis Buñuel, Cigés... Esta mujer... no me acuerdo. Las mujeres, no... A mí no... Cotapos, el amigo de Neruda.

H.V.R.: Me contaron cosas muy graciosas de él. Por ejemplo, que era un hipocondríaco feroz, que no daba la mano por temor a los contagios.

P.B.: ¡Era una cosa....! Era músico. Aquí está Alberti.

H.V.R.: Miguel Hernández...

P.B.: Éste se casó con una hermana de Borges, Norah Borges: Guillermo de Torre.

H.V.R.: ¿Se vio usted con Borges en su temporada española?

P.B.: Bueno, yo lo conocí sólo de un día, o sea, que no lo he tratado. Tenía amistad con Cansinos-Assens.

H.V.R.: Que no era un escritor demasiado popular ¿no?

P.B.: No, pero en fin, tuvo su nombradía en cierto momento.

H.V.R.: Debía de ser el único judío confeso de toda España.

P.B.: Él era sevillano, y yo conocí en Sevilla a un pariente suyo, el doctor Cansinos, que era pariente de Rita Hayworth. Esto no lo he vivido, lo he leído yo después... Ella se llamaba Rita Cansinos.

H.V.R.: Margarita Cansinos, sí. No sé el segundo apellido. Siempre me había preguntado yo sobre ese posible parentesco con Cansinos-Assens.

P.B.: Yo fui a una tertulia de Sevilla a la que también acudía el doctor Cansinos, un hombre insignificante, un buen hombre, pero que no despuntaba por nada, ni como médico ni como hombre brillante. Después he leído que era pariente de unos de Sevilla, de un médico de Sevilla, y he atado cabos.

H.V.R.: Pero ella no era de Sevilla, era de Málaga; que entonces no estaba tan cerca de Sevilla como ahora.

P.B.: Sevilla y Málaga han estado siempre lejísimos. Era un viaje endemoniado, larguísimo, el de Sevilla hasta Málaga.

[Vuelve a la fotografía, que mantiene en la mano durante todo el diálogo.]

P.B.: Aquí está Neruda... Sánchez Ventura. Y Ontañón... Eva Thais?, ésa es la alemana... Ah, éste es García Condoy, Era comunista... Pues esta fotografía la ha tenido Pepito Caballero en su poder quince años, hasta que me acordé yo un día, después de haberla visto publicada por todas partes, y le dije: "Oye, Pepe, la foto esa tiene que venir a mi casa." Me contestó: "Hombre, la tienes a tu disposición." Y le respondí: "Esta tarde voy a tu casa, me invitas a un whisky y además me traigo la foto." Es una foto que ha dado la vuelta al mundo. En el libro sobre Pepito Caballero, titulado El taller de José Caballero, viene esa foto y también todos los que figuran en ella. En fin...

[Bello repone la fotografía en su sitio y regresamos al escritorio.]

P.B.: Bueno, yo, además, he conocido a toreros muy anteriores a mí, porque cuando fui a Sevilla a vivir todavía vivían.

H.V.R.: ¿Por ejemplo?

P.B.: Por ejemplo, a Guerrita. Yo he conocido al Gabella padre, he conocido a Fuentes, al Parral... Gente que triunfó en el siglo pasado.

H.V.R.: ¿A través de Ignacio?

P.B.: No, a través de amigos de Sevilla. Ignacio no llevaba una vida nada taurina, en absoluto, nada. Vamos, después de retirado, quiero decir, que es cuando yo lo he conocido. Se retira el veintitrés o el veinticuatro, y yo le trato desde entonces hasta el treinta y cuatro, que es cuando vuelve a torear, que lo mata el toro. Pero en fin, yo le conozco en toda esta época en que no torea ni tiene relación con el mundo taurino, ni le interesa nada, ni hay manera de llevarlo a una corrida de toros. Le decía: "Oye, que torea tal. Vamos a verlo." Y el decía: "No, no, no." Estaba en Cádiz cuando apareció, fui con él y estuvo muy bien, magnífico. Esas cosas de Ignacio, que tenía unas salidas... Me acuerdo que ya en el hotel, que estaba yo en la misma habitación del Hotel Playa de Cádiz, a kilómetro y medio de la plaza, vinieron a pedirle entradas, como sucede con todos los toreros. Era su debut, con cuarenta y tres años volvía a los toros, después de ocho años de haberlo dejado. Se fue la gente a la plaza. Ignacio ya estaba medio vestido de torear y diez minutos antes, mucho después que el público, claro, salimos del hotel el mozo de estoques, Ignacio y yo. Llegamos a la plaza y entramos por la puerta de toreros, claro, y al mozo estoques, Antonio Conde, ya lo conocían y dice el portero: "Este señor, ¿quién es?" Y dice Ignacio, por mí: "Es mi apoderado." El portero respondió: "A ver, la documentación. Pues usted no puede entrar." Y yo dije: "Pues me voy a quedar sin verla." Y, esas cosas rápidas de Ignacio, dijo: "¿Que no puede entrar? Pues no entro yo tampoco." Estaba la gente esperando para ver a Ignacio, y al hombre, al verse responsable de eso, le entró un miedo horroroso, se puso de mal humor y dijo "Bueno, pase, pase..." Y estuve en el callejón. Esas cosas de Ignacio...

H.V.R.: Y una parte de la relación de él con la Argentinita debe de haber tenido que ver con eso, ¿no? Porque ella también era una mujer muy vivaz y de ingenio rápido.

P.B.: ¡Buf!, con un carácter tremendo. Y sí, de ingenio rápido y muy inteligente, que se había hecho a sí misma, que ganó mucho dinero. Vamos, ya cuando era muy joven se hizo la casa de General Arrando, una  casa magnífica, que se la hizo ella; es en la que vive ahora Pilar.

H.V.R.: Así que también ella era vecina suya.

P.B.: Claro, por eso iba yo de mi casa a su casa; nada más había unos metros.

H.V.R.: En esa calle había una verdadera concentración de historia: los Herrero de Miñón, los Machado, la Argentinita, todos vecinos en números sucesivos.

P.B.: Y luego el doctor Tamames. Enfrente de la casa de Machado. Allí nació Ramón Tamames. Yo lo conocí de niño. También conocí a su padre, Manolo, que era cirujano. En la casa de al lado de la mía, vivía Miguel Herrero. Era una casa baja, de dos pisos nada más, pero muy buena, muy exquisita la casa. Era del catedrático de Derecho Administrativo de la Universidad de Madrid. Era zaragozano. Se llamaba Gastón y Marí. Me acuerdo que dijo que fue a dar unas conferencias a Austria el año 36 y le cogió la guerra española en el extranjero, o sea que no pudo volver a su casa, aquí, en Madrid. Y aquí tenía a su mujer y a su hija, en la casa que vivía Miguel Herrero. O sea, que se quedaron las mujeres solas. Por eso yo fui jefe de casa de la suya, porque no había ningún hombre. Miguel se había retirado a la embajada y yo era jefe de casa ante el comité de barrio. La señora se portó muy bien conmigo. Fui a verlas varias veces, me pidieron cosas... una cosa del gas, otra de electricidad..., y le facilité todo lo que pude. Eran amigos de mis padres, además. Bueno, pues me porté bien con ellas, como era lo natural. Pues cuando volvió este hombre, don José Gastón y Marí, me acuerdo de un domingo que salían de misa de la parroquia; yo volvía a casa y saludé a la señora y a la hija. Le dijo la mujer: "Pepe, ese señor es el que te he dicho que se ha portado tan bien con nosotras durante la guerra." No me dio ni las gracias. Un bicho. Podía haber dicho: "Muchas gracias, sé que se ha portado muy bien usted con mi mujer y con mi hija." Antipatiquísimo. No era nada simpático, tenía una barbita y era frío como un lagarto. Tenía un montón de libros de Derecho Administrativo; pero como es algo que interesa tan poco...

H.V.R.: ¿Qué fue de la Argentinita después de lo de Ignacio?

P.B.: Murió al poco tiempo, en New York, de un cáncer tremendo. A los cuarenta y cinco años.

H.V.R.: Edad en la que Antonia Mercé andaba por el mundo sin ningún problema. Murió el 18 de julio... Es curioso: le dio un ataque al corazón el 18 de julio, en Biarritz.

P.B.: ¿El 18 de julio del 36?

H.V.R.: Sí, del 36. Por la mañana. No debió de llegar a enterarse del alzamiento, porque murió por la mañana.

P.B.: Claro, no llegó a enterarse.

H.V.R.: Volviendo a lo que hablábamos antes sobre Gastón y Marí... por lo que usted cuenta, la organización de la vida cotidiana durante la guerra tenía mucho de fascista: jefe de casa, comité de barrio, registros...

P.B.: Sí, sí, así era.

H.V.R.: El mismo tipo de organización de la Cuba castrista, la de los Comités de Defensa de la Revolución, los CDR. Permite un control estricto. ¿No hay demasiadas semejanzas entre los criterios comunistas y los fascistas?

P.B.: Lo que no se ha dicho con toda claridad y no se ha extendido, es que el fascismo no surge porque sí... Es una reacción contra el comunismo. Es lo que hay que decir. A mí, el fascismo no me gustaba absolutamente nada, pero el comunismo todavía menos.

H.V.R.: Quien lo dice casi literamente como lo dice usted era Prieto.

P.B.: Bueno, sí, porque Prieto era muy natural y muy listo. Un día hablé con él de El Capital de Marx. "Hombre, por Dios, eso es un mamotreto que no hay cristiano que se lo trague", me dijo. "¿Pero usted no ha leído?" "Pero qué coño voy yo a leer."

H.V.R.: El único español del que estamos seguros que lo haya leído es Wenceslao Roces, que fue quien lo tradujo...

P.B.: Yo no lo he leído, pero lo he hojeado y se me ha caído de las manos. Es una cosa intolerable. Vamos, lo abrí por un sitio que dice algo así como "que si la libra equivale a no sé qué, unas horas de trabajo..." Vamos, una especie de ecuación, de una sordidez, de un aburrimiento, de un complicado, de una falta de claridad, de un poco atractivo, que no hay quien se lo lea.

H.V.R.: Si Prieto, que era un hombre de lecturas, decía eso, qué les habrá pasado a Pepe Díaz o a Pasionaria, que no debieron de leer un libro completo en su vida.

P.B.: Hombre, claro, nunca.

H.V.R.: O Enrique Líster, o "El Campesino", que no brillaban por sus dotes intelectuales.

P.B.: ¿Usted ha leido el libro de "El Campesino"?

H.V.R.: Sí, claro, editado por Gorkin, otro personaje oscuro. Con el título de Comunista en España y anticomunista en la URSS, Memorias del Campesino, transcriptas por Gorkin, quien debió de poner un montón de su propia cosecha. "El Campesino" no parecía muy capaz de escribir un libro. Aunque fuera capaz de aprender ruso, lo cual ya es un mérito. Alguna flexibilidad debía tener el hombre.

P.B.: Se pasó tantos años allí...

H.V.R.: Hombre claro, y lo mismo con el árabe. Sabía bastante de árabe porque había sido sargento de la Legión. En la Legión aprendieron muchos. Ramón Franco era arabista.

P.B.: El que sabía bastante árabe era el Caudillo, porque me lo ha dicho una persona de primerísima mano, que fue Emilio García Gómez. Cuando vino aquí el Rey de Jordania, Abdullah, al que mataron, que fue de los primeros jefes de Estado que vinieron a España. Llegó el mismo año 39, todo lo más el 40. Franco echó mano como intérprete de Emilio García Gómez, al que luego hizo embajador. Franco era un hombre tímido, pero en un momento en que no había nadie, hacían un viajecito en barco de La Coruña a El Ferrol, una travesía corta, iban en el puente del barco los tres: Franco, el rey Abdullah y Emilio García Gómez. Pues allí, sin testigos, habló Franco en árabe con Abdullah. Y me dijo Emilio que se defendía bien.

H.V.R.: Ramón, además, escribía el árabe. Yo creo que era más brillante que el hermano.

P.B.: Este amigo, el que hizo el dibujo que le enseñé de Belmonte, era archivero, del Cuerpo de Archiveros, y director del Museo Arqueológico de Sevilla. Su afición era el arte, pintar y viajar. Éste me enseñó una carta que recibió de Ramón Franco: habían quedado en comer juntos y creo que el otro lo aplazaba y le ponía unas líneas. Firmaba "El Chacal".

H.V.R.: Sí, y "El Lobo" en ocasiones.

P.B.: Me enseñó, por cierto, otra carta que había recibido del Premio Nobel italiano, Marconi, el inventor de la radio, que estaba con su yate en Sevilla, el "Electra", y le había invitado a comer, a Lafita, que estaba relacionado con todo el mundo, y por no sé qué circunstancia, Marconi le decía que la comida en vez de ser el martes sería el miércoles. Me acuerdo que era un papel muy bonito, era el papel del barco, ponía "Steven yate Electra" y luego firmaba Marconi: "Al ancla en Sevilla, a tantos de tantos", y le decía: "Querido amigo, etc." En italiano, claro... Las relaciones de Lafita eran muy curiosas. Una vez, Jorge Guillén hizo un viaje a un lugar centroeuropeo, no sé si era Rumanía o un sitio de ésos, y Juanito Lafita le dijo: "Pues mire usted, Guillén, le servirá este amigo mío que tengo allí", y le dio las señas del amigo. Jorge Guillén decía: "Pero este Lafita es el colmo. Me da una tarjeta de presentación para Rumanía, que yo la agradezco mucho, y que utilizaré, pero... ¡tener conocimiento allí, un amigo!" Y era verdad. Este Juanito tenía un hermano que era escultor, Pepe Lafita. Si usted ha estado en Sevilla recientemente, habrá visto en la plaza de la Catedral la fuente farola que hay, esa fuente que tiene la columna de mármoles, muy barroca, y arriba los faroles de hierro forjado... Pues esa fuente, que está muy bien, es muy bonita, la proyectó Pepe Lafita.

H.V.R.: Así, pues, el único al que usted no conoció, de entre los grandes toreros, fue Manolete.

P.B.: Al único que no he conocido, de los grandes toreros de mi época. De los de ahora, ya no conozco a ninguno. El doctor Oliver estaba en Santander cuando tenía yo el negocio en Burgos. Tuve que ir a Santander a comprar unos productos químicos que habían llegado de Inglaterra. Fui con el coche. Nos pusimos de acuerdo con Oliver en que, como él estaba allí, nos veríamos. Era muy amigo mío, mayor que yo, zaragozano él. Nos citamos en el Hotel Rea de Santander, a las cinco y media de la tarde, creo. Yo fui desde Burgos, llegué con un poco de retraso. Oliver me estaba esperando y me dice: "Hombre, has llegado un poco tarde, porque ahora mismo se acaba de levantar de aquí Manolete; yo le he hablado de ti y tenía muchas ganas de conocerte. Hemos estado aquí un gran rato charlando, esperando que llegases..." Lo sentí mucho. Así, por muy poco no lo conocí, aunque lo he visto torear.

H.V.R.: Es el segundo desencuentro que me cuenta. El otro fue el de José Antonio.

P.B.: El de José Antonio fue todavía más escalofriante, porque estuve un cuarto de hora o veinte minutos vacilando: él mirando el reloj, que no llegaba Pepe Bergamín, y yo en la mesa, a siete u ocho metro de él y pensado: "Me voy a levantar y decir: Bueno, mire, usted está esperando a Bergamín y yo también", y no me decidí. Una imbecilidad. Me hubiera gustado mucho conocerlo.

H.V.R.: ¿Qué ocurrió con la fortuna de Manolete?

P.B.: Manolete, el torero, ganó muchísimo dinero, pero a la hora de la muerte no apareció por ningún lado. Es frecuente que los toreros que se van a América, y la mayoría hizo temporada en América, como Manolete y todos los grandes, tengan un amigo testaferro en el cual depositar el dinero, para que tenga la cuenta en Caracas, en Bogotá o en donde sea, y luego vuelva. Es gente de mucha confianza, para después devolver el dinero. Pero como Manolete murió, la o las personas que eran depositarias de los muchísimos millones desaparecieron. Aparecieron millones sí, porque se los mandaba a su padre, porque los tenía aquí y los había ganado aquí, pero la gran masa de dinero no ha aparecido.

............

H.V.R.: Había una gran rivalidad entre Encarnación López, la Argentinita, y Antonia Mercé, la Argentina. A Antonia Mercé le molestaba mucho que la confundieran.

P.B.: ¡Oh! ¡Y a ésta le ponía de manos!

H.V.R.: Pero, en realidad, sus universos eran muy diferentes. La Argentinita era bastante más popular que Antonia Mercé ¿no?

P.B.: Mire usted, Ignacio llegaba a decir que Antonia Mercé no tenía ni idea de bailar. Yo la he visto una vez, y la verdad es que no me gustó. Encarna, como dijo Pepe Bergamín, bailaba como una máquina de coser.

H.V.R.: ¿Me equivoco al pensar que la Argentinita tenía ángel y la Mercé no?

P.B.: Encarna era tremenda, de trabajadora, de seria y de honesta. Y tenía el ángel. La otra era muy fea, además. Tenía unas piernas muy feas, y una cara muy fea. En cambio, Encarna estaba llena de gracia y tenía un gran cuerpo.

H.V.R.: Néstor, en cambio, amaba a Antonia Mercé. Se amaban.

P.B.: Sí, sí, y Gustavo Durán también.

H.V.R.: ¿Usted cree que Néstor era realmente un gran pintor?

P.B.: Yo creo que sí. A su manera y en su tiempo.

H.V.R.: Parece un pintor más del siglo XIX.

P.B.: Sí, más del XIX. Exactamente. Él era un pintor un poco decorativo, un pintor... Sí, yo lo llamo un pintor decorativo, cosa que a Dalí le horrorizaba: ¡un pintor decorativo!

H.V.R.: ¿Cómo  se vinculó Néstor con ustedes, con los del 27, con el grupo de la Residencia? Porque él venía a Madrid de paso. El que vivía era su hermano, Miguel.

P.B.: No, no. Él, él. Néstor tenía estudio aquí, en la calle Alameda. Yo era muy jovencillo cuando lo conocí.

H.V.R.: Miguel estudió aquí arquitectura.

P.B.: Miguel estudió aquí arquitectura, pero yo no conocí a Miguel, yo conocí a Néstor, que tenía su estudio en la calle Alameda. Había estado en Londres, había ganado un dinero. Néstor, para nosotros, era el rico. Salíamos por ahí porque nos invitaba Néstor: Federico, Dalí, yo, Buñuel... Había hecho aquellos aguafuertes del garrotín y otra cosa en Londres, y eso le había dado dinero.

H.V.R.: Había colaborado mucho con Falla, también.

P.B.: Sí, sí. Por cierto, estuvo un año o dos en Londres y no sabía ni un palabra de inglés. No sabía ni decir "yes". No sabía absolutamente nada.

H.V.R.: Eso era conocido. Durante una larga etapa, Gustavo le hizo de secretario por eso. Porque tampoco tenía muy fácil el francés cuando vivían en París. Gustavo era el intérprete porque, si no, Néstor no tenía vida social. ¿Curioso no?

P.B.: Yo me acuerdo que me decía Isabelita García Lorca que su padre, don Federico, había vivido en los Estados Unidos —ya ve usted cuántos años vivió, ¡uh! un montón de años, desde que se fueron de aquí— y que no aprendió ni una palabra de inglés, tampoco. Bueno, Federico estuvo un año en Estados Unidos y no sabía absolutamente nada. Federico se negaba rotundamente a aprender idiomas. A él le bastaba con su español, con eso se manejaba, con eso triunfaba y con eso se divertía. Y Néstor no supo nada de inglés.

H.V.R.: Ni de otras cosas, creo. Por lo que parece, fue masón.

P.B.: Sí, sí, fue masón.

H.V.R.: ¿Usted tenía noticia de eso?

P.B.: Sí, sí.

H.V.R.: ¿De que ingresó en París...?

P.B.: Sí, en una logia.

H.V.R.: ¿Se sabía entonces?

P.B.: No, no. Yo lo he sabido después.

H.V.R.: Hay un investigador, en Canarias, que ha sacado a la luz esa historia. Por lo que sé, es un hombre que se ha dedicado al tema de la masonería en las islas. Parece ser que Néstor entra en el periodo de París, en los primeros años treinta... Es ahí donde se adscribe a una logia.

P.B.: De la masonería de Néstor yo me he enterado hace relativamente poco, diez o quince años. ¿Sabe que yo estuve a punto de hacerme masón? Pero por cachondeo. Nunca le he tenido respeto a la masonería. Nada, absolutamente nada. Me ha parecido siempre una cosa "cachondeable". En España no ha sido nada.

H.V.R.: ¿Por qué le obsesionaba tanto a Franco?

P.B.: Pues porque él era un hombre del siglo pasado.

H.V.R.: A todos los Franco. Pilar, en el libro que escribió sobre la familia, Nosotros los Franco, dice que a Ramón lo mató la masonería, una cosa absolutamente delirante.

P.B.: Verdaderamente delirante. Yo conocí, en mis años de vivir en Sevilla, a Martínez Barrios, que fue Gran Maestre de la masonería española. Un amigo mío, que no era masón, y yo, nos cachondeábamos de la masonería y hasta decidimos entrar en ella, sin ninguna seriedad, vamos. Pero no lo hicimos. Imagínese. Si se hubiese sabido con Franco que yo había sido masón, ya veríamos lo que hubiera pasado... Recuerdo que una noche paseábamos por Sevilla, por el barrio de Santa Cruz, con toda esa belleza, don Fernando de los Ríos, respetable amigo mío, bastante mayor que yo, que era masón, Martínez Barrios, alguien más, y un catedrático de Historia de España de la Universidad de Sevilla, muy republicano, que se exilió. Se llamaba Juan Aguilar. No era masón, al contrario, tenía un gran desprecio por los masones. Como decía, íbamos paseando por el barrio de Santa Cruz, y allí está la casa que es de la masonería, y allí, paseando por la noche, hablando bajo —éramos un grupo de seis u ocho—, le dijo don Fernando de los Ríos a Martínez Barrios —¿o fue al revés?— que aquélla era la logia. Y entonces se destacó del grupo este catedrático amigo mío, Juan Aguilar, unos veinte metros, y se puso a mear. Y don Fernando, que era tan exquisito, dijo: "¡Ay, este Aguilar! ¡Ay, estas cosas!"

H.V.R.: De ser cierto lo de Néstor, Gustavo también debe de haber sido masón, porque estaban muy unidos. Evidentemente, Gustavo y Néstor eran pareja...

P.B.: Sí, sí, evidentemente. ¿Usted ha visto los cuadros del Poema del Atlántico, en Canarias? Allí está Gustavo, desnudo, flotando. Me parece que el cuadro se titula Calma. Claro, la tempestad, la noche, el día... o sea, que está Gustavo flotando.

H.V.R.: Sí, sí, es de uno de los primeros veranos en Canarias, en la playa de...

P.B.: Las Canteras.

H.V.R.: Exacto. ¿Gustavo era amanerado?

P.B.: No. Era muy pulcro, muy bien vestido y acicalado y tal, pero amanerado no.

H.V.R.: ¿Y Néstor?

P.B.: No. Néstor era, aparentemente, muy hombre. Anchote, fuerte... Era bastante mayor que nosotros, pero murió joven. Yo pregunté a amigos, allí, en Canarias, pero no se sabe cómo murió.

H.V.R.: Se dijo que de tuberculosis.

P.B.: No sé. Yo no he visto por qué se murió. Porque era un hombre robusto y fuerte, con una cara, con unos morros... Un hombre con una pinta un poco... de facciones un poco de negroide, una chispa.

H.V.R.: Eso dice Anaïs Nin, exactamente. Literalmente, dice: "las facciones negroides de Néstor".

P.B.: Y Gustavo nada, muy pulcro, muy bien peinado siempre, con su pelo rubio, pero de amanerado nada.

H.V.R.: Usted estuvo enamorado de Araceli Durán, la hermana de Gustavo, o, al menos, la cortejó en una época. Hay un poema de Rafael Alberti dedicado a Araceli. Yo supuse durante mucho tiempo que el poema respondía a una realidad sentimental, que Rafael había estado enamorado de Araceli, pero ahora sé que en realidad lo escribió por encargo de usted.

P.B.: Sí, el poema lo hizo Rafael porque se lo pedí yo. Llegó el día del santo de Araceli y se conoce que yo no tenía dinero para hacerle un regalo a Araceli. Y como Rafael, además de ser un gran poeta, tenía una facilidad casi morbosa... Lo suyo era patológico, su facilidad para hacer un soneto, con un lenguaje tan complicado.  Así como Federico era torpísimo en este sentido...

H.V.R.: ¿Federico tardaba mucho?

P.B.: ¡Una barbaridad! Federico era preciosísimo escribiendo.

H.V.R.: Para la edad a la que murió dejó una obra muy extensa. Eso quiere decir que debió de ser un trabajador infatigable.

P.B.: Enorme, enorme.

H.V.R.: Pero, volviendo al poema...

P.B.: ¡Ah, sí! Pues que Rafael lo hizo, y ése fue mi regalo. Pero ella supo siempre que el autor del soneto no era yo, sino él.

H.V.R.: Años después, usted volvió a ver a Araceli en Canarias...

P.B.: No, no. Yo he ido a Canarias por primera vez cuando mi nieta y mis sobrinos... Entonces Araceli ya había muerto. Yo no la volví a ver después de su boda.

H.V.R.: Finalmente, Gustavo casó a su hermana, Araceli, con Miguel Fernández de la Torre, el hermano de su amante, Néstor.

P.B.: Bueno, don José tuvo una amiga durante mucho tiempo, que vivía con él. La que llamábamos con Alberti "La Marquesona."

H.V.R.: ¿Qué imagen tiene usted de esa mujer?

P.B.: Guapetona, otoñal, con una hija guapísima, que cuando yo estaba medio de novio con Araceli, Alberti estaba de novio con ella, con Carmela, que era la hija de la mujer de don José. En casa, Gustavo y Ernesto la llamaban su prima, aunque no tenía nada que ver con ellos.

H.V.R.: Bueno, es una historia compleja. Es posible que haya sido su hermana en realidad. Don José hizo encerrar a su mujer en un manicomio.

P.B.: Sí, eso ya lo sé.

H.V.R.: Y ya tenía preparada a ésta. Es muy posible que esa muchacha fuera hija de soltera de la mujer, de la misma edad exactamente de Araceli. Es decir, que don José hubiera sido padre por partida doble en la misma época.

P.B.: Es posible.

H.V.R.: No lo puede ni confirmar ni desmentir nadie. Gustavo casó a Araceli, y también a Carmela. La casó con un francés que vino a las Brigadas Internacionales, Jean De Foucault. Un hombre de teatro. Escenógrafo, creo.

P.B.: Pues yo me acuerdo que cuando estas chicas vivían juntas, se llamaba primas entre ellas. Araceli y Carmela, la hijastra, paraban la circulación ¿eh? Eran dos chicas... Carmela, absolutamente morena, y Araceli rubia completamente.

H.V.R.: La madre de Carmela era muy bella también.

P.B.: Sí, era muy guapetona. Yo la conocí otoñal, pero guapetona y con mucho aire.

H.V.R.: ¿Y por qué la llamaban "La Marquesona"?

P.B.: Pues no sé, se le ocurrió a Alberti. Yo me acuerdo de aquellos jueves o viernes del Palace y del Ritz, cuando había aquellos tés danzantes, que íbamos allí de jovencillos, y estas chicas, Carmela y Araceli, dondequiera que iban era una cosa de pararse la gente, de guapas que eran, y de lo bien vestidas que iban, claro. Guapísimas las dos, guapísimas las dos.

H.V.R.: ¿A Josefina, la hermana mayor, la conoció?

P.B.: No, no.

...........

H.V.R.: Yo tengo la impresión de que, a lo largo de su vida, Gustavo hizo lo posible para no ser visto, para borrar sus huellas...

P.B.: Sí, pero sabía cosas.

H.V.R.: ¿Era un personaje así, con algo de secreto, ya de joven?

P.B.: Sí, muy cariñoso, muy entrañable, muy buen amigo, muy concienzudo, pero había cosas que.. como él tenía, además, esa sombra de la familia, que su padre estaba viviendo con ésta, pues todo eso...

H.V.R.: Su madre en el manicomio...

P.B.: Su madre en el manicomio... Es tremendo, eso. Además, creo que el mismo día en que metió a su mujer en el manicomio llevó a "La Marquesona" a su casa, me han dicho.

H.V.R.: No. Pasó un tiempo, un año o año y medio. Es más, la mujer salió a los seis meses, le dieron un alta: volvió a su casa, estuvo unos días y volvieron a encerrarla. Tengo la impresión de que este hombre se la quitó de encima, de que para eso la metió en el manicomio.

P.B.: Sí. Sí, sí, claro.

H.V.R.: Una manera de asesinarla; su objetivo, evidentemente, era tener a la otra. Una de las razones por las que Gustavo quiso participar, y además en lugar de avanzada, en las campañas de los alrededores de Madrid, fue su deseo de llegar a Ciempozuelos, entonces en manos nacionales, que era donde estaba la madre.

P.B.:  Ah, ¿entonces aún estaba la madre allí?

H.V.R.: Sí. Murió en el 45.

P.B.: ¡Anda!.

H.V.R.: Pasó toda la guerra en algún otro sitio. Ingresada, claro. No se sabe dónde. Cuando Gustavo llegó, encontró el manicomio vacío, porque lo que habían hecho los nacionales era evacuar a la gente de hospitales y de manicomios, mandarla a retaguardia. Y no volvió a verla, aunque tenía adoración por su madre. Hay unas cartas de él a Ernesto, cuando éste ya está en Canarias, en el 34, donde le cuenta una visita a la madre: la adoraban todos, todos ellos tenían una cosa muy fuerte por la madre. Después de la guerra, y hasta que ella murió, Ernesto la fue a ver siempre. Está claro que, para entonces, ya estaba realmente loca.

P.B.: Ahora, en aquella casa, yo que he estado... Con el padre viviendo con la amiga, y con Ernesto, Gustavo y Araceli... Allí no mandaba más que el padre, con una autoridad absoluta. Allí, los hijos, punto en boca. El padre tenía una autoridad y un genio de mil demonios. Le tenían horror sus hijos... Yo me acuerdo que he comentado con algún amigo, quizá con Federico, que nos ex­trañaba cómo Gustavo, y sobre todo Ernesto, ya un hombre hecho y derecho, vivían allí con su padre, teniendo a la madre en el manicomio. Vamos, cómo toleraban eso, cómo no se sublevaron y le plantaron cara a su padre: tenían horror al padre.

H.V.R.: Yo creo que el objetivo de los varones, por el cual no se fueron de la casa, era casar a Araceli. Lo que no querían, ni Ernesto ni Gustavo, era irse de la casa y dejar a la pequeña allí, en las manos de ese padre...

P.B.: Ya, ya.

H.V.R.: Tan pronto como se casó Araceli, se casó Ernesto también. Fue un matrimonio arreglado, pero resultó un buen matrimonio.

P.B.: Sí, hombre, yo me acuerdo que se casó con aquella chica de San Sebastián, la llamábamos siempre de diminutivo: Antoñita.

H.V.R.: ¿Conoció usted a Ballesteros?

P.B.:  Sí, sí, le conocí bastante, a Don Antonio. Era un gran erudito en Historia. Como catedrático era una fiera. A mí, más de uno me ha venido a pedir recomendaciones y he dicho no, no. "Pero don Antonio es tu amigo", me decían, y yo contestaba: "Sí, sí, pero basta que yo le diga una cosa y a lo mejor me retira el saludo."  Y una sobrina mía, que estudió con él, no llegó a examinarse. Me decía: "Oye, ¿tú no me puedes recomen­dar? Tú eres amigo..." Y le contestaba: "No, no."  Pero ocurrió una cosa curiosa, le pregunté: "¿Cuándo te examinas?" "El mes que viene", me dijo. "Pues ya se habrá muerto." Porque estaba gravísimo. Y efectivamente, así fue.

H.V.R.: Cuando termina la guerra, y el padre de los Durán se suicida, Ernesto viene de Canarias inmediatamene y se presenta en el bar del Palace, y está Ballesteros allí. Le ve y le dice: "Tú estás loco. ¿Qué haces aquí? Si tú no tienes que aparecer por Madrid, ahora, con tu hermano y toda esta historia detrás." Y le da refugio en su casa a Ernesto Durán durante varios meses, hasta que se arregla toda su situación. Vamos, hasta que le legalizan. Porque claro, lo suyo era muy difícil: el hermano persegui­dísimo, un enemigo absoluto del régimen, y él se presenta en Madrid como si nada. Fue muy generoso de parte de don Antonio, muy valiente. En aquel momento era muy comprometido hacer algo así.

P.B.: Yo he ido a la tertulia de su casa durante años...

H.V.R.: Claro, y usted tenía amistad con Ernesto. Ellos se vieron siempre.

P.B.: Yo con Ernesto he tenido amistad hasta que se ha muerto.

H.V.R.: A don José Durán, el padre, llegó usted por los hijos...

P.B.: Claro, bueno, es que don José era de Huesca, de El Grado. No es que nos conociéramos por ser de Huesca, sino que por la amistad con Ernesto y con Araceli conocí a su padre, porque comía algunas veces en su casa, y don José llegó un día a mi casa y vino a saludar a mi padre y hablamos. Él era de Huesca.

H.V.R.: ¿Y se conocían con su padre de allí?

P.B.: No, no no se conocían de nada.

H.V.R.: Él decía que era ingeniero industrial, pero yo creo que no era cierto.

P.B.: No, no. El industrial era Ernesto, pero don José no. Don José era de una extracción muy modesta. Era un hombre de mérito.

H.V.R.: Llegó a ser coronel en la guerra de Cuba.

P.B.: Yo sabía que había estado en Cuba, que había sido militar, pero no que había llegado a coronel. Pero yo creo que título académico no tenía ninguno.

H.V.R.: Opino lo mismo. Creo, eso sí, que aprendió mucho de cuestiones técnicas en el ejército, efectivamente, porque estaba en artillería...

P.B.: Pues probablemente. Él tenía la tienda ésa en la calle del Barquillo. Una de las tiendas bonitas en Madrid. Hace tiempo que no paso.

H.V.R.: Ahora eso está transformado; toda la calle es de productos japoneses de electrónica.

P.B.: Lástima. Es que la tienda era Modern Style, muy bonita. En Barcelona la hubieran conservado como oro en paño. Porque hay pocas en Barcelona tan bonitas como era la de don José Durán en la calle del Barquillo: muy bonita, muy bonita.

H.V.R.: ¿Usted sabe que el Marqués de Urquijo había sido socio de él allí, que fundaron juntos esa casa? Ellos dos, con Romero, el padre de Antoñita. Durán, después, le compró la parte a los otros. Y como don José lo que sí sabía era alemán, fue representante de AEG.

P.B.: Sí, hombre, claro, y me acuerdo de la amistad que tenía con el director de AEG de aquí, que era el señor Ambruster. Tenía una casa espléndida en Aranjuez. Algunas veces me contaba Gustavo que había ido con su padre a casa de los señores Ambruster en Aranjuez, y que tenían una casa-palacio. Debían ser poderosamente ricos. Me parece que eran judíos.

H.V.R.: Puede ser. Luego ayudaron mucho a Ernesto, después de la guerra... El caso es que Araceli Durán se casó con Miguel. ¿Y usted, por qué no se casó?

P.B.: Pues no sé, he estado tres o cuatro veces a punto de casarme.

H.V.R.: Yo no sé si le puedo imaginar a usted casado, pero sí le puedo imaginar padre.

P.B.: Ah, sí, yo hubiera sido muy padrazo, porque yo, a mis numerosos sobrinos, y sobrinos nietos, los quiero como a hijos, a todos; y no puedo estar sin verlos, sin tratarlos. Estoy siempre con ellos y me relaciono constantemente. Los quiero mucho a todos.

H.V.R.: ¿Y todas esas veces que estuvo por casarse, que pasó?

P.B.: Pues que no se aclaró. Con Araceli... yo entonces era muy joven, aún un estudiante. Después, sí, ya con seguridad económica, dos veces he estado a punto de casarme.

H.V.R.: ¿Se arrepintió?
P.B.: No, no. No lo  sé bien.

Horacio Vázquez Rial