H.V.R.: ¿Cómo
se estableció la
relación de Sánchez Mejías con ustedes,
con los jóvenes intelectuales?
P.B.: Él era un intelectual, en cierto modo. Él
no hablaba nunca del toreo, nunca. Yo, casi todo el tiempo
que lo traté, fue cuando había dejado de
torear, cuando fui a vivir a Sevilla. Y no toreó hasta
el final, cuando volvió, que, total, toreó veinte
días. A la cuarta corrida le mató el toro.
Yo tuve con Ignacio una amistad tan fraternal, de tanto
tiempo que hemos vivido juntos... En Sevilla, yo me pasaba
días en su casa.
H.V.R.: ¿Cuando fue
usted a Sevilla?
P.B.: En 1927, por los trabajos
de la Exposición
de 1929, cuando estaba aquello en el pleno, con la
ilusión
de hacer dinero. Gané un poquito... Creí que
me iba a enriquecer, pero no. Tampoco me ha tirado
nunca demasiado el dinero, la verdad. Me quedé en
Sevilla hasta el 34, hasta poco antes de la guerra.
Fui secretario de la Confederación del Guadalquivir.
Llegué allí y
conocí a Ignacio.
H.V.R.: ¿Pero venía
muy a menudo Madrid?
P.B.: Sí, sí. Tenía mi familia
en Madrid. Yo venía mucho mucho a Madrid. Vamos,
como una vez al mes...
H.V.R.: Entonces, fue usted el más amigo
más próximo de Sánchez Mejías.
P.B.:
Sí, sí. Yo fui el más amigo
de Ignacio. A él le extrañó mucho,
cuando estaba muriendo, que yo no estuviera al lado.
Se lo dijo a su hijo: "¿Y Pepín? ¿No
está?" Se estaba muriendo. Su hijo respondió: "No,
te ha puesto un telegrama." En ese momento, se acordó de
mí. Yo lo quería entrañablemente. ¡Era
una persona tan cabal!
H.V.R.: ¿Federico fue muy amigo de él
también?
P.B.: Sí, sí, también. Federico
quería y admiraba a Ignacio, que era un hombre
enormemente inteligente. Vamos, Antonio Garrigues, que
es una persona ponderada, dice que es quizá la
inteligencia más poderosa que ha conocido en su
vida. Ignacio era superinteligente; le faltaba preparación
en muchas cosas, pues no había hecho más
que medio terminar el bachillerato. Pues claro, la vida
de torero, primero de peón y después de
torero, no es para cultivarse. Pero, en fin, él
tenía una inteligencia descomunal. Tenía
una capacidad de ver las cosas.. Además, tenía
unas dotes de polemista extraordinarias. Yo lo he visto
discutir de filosofía con Zubiri, que Zubiri,
no es que tuviera facilidad de palabra, sino que era
una ametralladora... ¡Era una cosa!
H.V.R.: ¿Debo desprender de lo que me está diciendo
que no era Belmonte el más leido de todos los
toreros, como decía Valle? ¿Lo era más
Sánchez Mejías?
P.B.: Fui muy amigo de Belmonte,
y hay que decir que también era de una inteligencia
extraordinaria. Más que preparación y que
fueran hombres de letras, más que eso, era la
inteligencia que tenían, la capacidad de captar
cosas y de enterarse de las cosas...
H.V.R.: Eso parece haber cambiado
mucho en el mundo del toreo...
P.B.: Hombre, yo he conocido
muchos toreros inteligentes, ¿eh?
H.V.R.: ¿Rafael
de Paula, por ejemplo?
P.B.: No
conozco a Rafael de Paula.
H.V.R.: Como era de devoción
de Bergamín...
P.B.:
Sí, sí, lo sé. Pero, en fin,
he conocido a Pepe Luis Vázquez, muy inteligente,
he conocido a Antonio Ordóñez, muy inteligente,
a Luis Miguel Dominguín, muy inteligente... a
todos los Dominguín. Como hermanos míos,
vamos. Yo era más amigo de Domingo, que se suicidó en
Colombia.
H.V.R.: Dicen que, en la posguerra, Domingo Dominguín
pasaba gente por la frontera como si fuesen de su cuadrilla,
gente del maquis y de la resistencia comunista.
P.B.:
Sí, sí, él era un demonio.
Con tal de enredar...
H.V.R.: Lo que no me ha dicho es cómo se
vinculó Ignacio con ustedes, con los jóvenes
intelectuales.
P.B.: Pues Sánchez Mejía, no se cómo,
cayó un día por aquí, por Madrid,
en la tertulia de la Lyon, a la que acudían Bergamín,
Garrigues, Dámaso... Allí iban las mujeres
también, las esposas. O sea, que iba, por ejemplo,
Rosario Arniches, que era la mujer de Bergamín...
También iba un amigo extraordinario, que era ingeniero
agrónomo y dueño de la academia de preparación
de ingenieros agrónomos, Eduardo Rodrigáñez,
que era una persona angélica. Su amor eran las
matemáticas. Era encantador. Pues también
iba la tertulia. Y varios más...
H.V.R.: Sánchez Mejías
ya estaba vinculado con la Argentinita...
P.B.: Puro amor.
H.V.R.: Un amor loco, una pasión
absoluta... Y correspondida.
P.B.: Sí. Ella era lista como una flecha, y muy
atractiva. No una belleza, pero sí muy atractiva.
H.V.R.: Y él
estaba casado.
P.B.: Él estaba casado, sí. Y tenía
dos hijos.
H.V.R.: Pero la historia fue muy pública.
P.B.:
Sí, sí.
H.V.R.: ¿Y que pasaba
con su mujer?
P.B.: Pues nada, que no se trataba en
absoluto con ella. Yo he estado viviendo semanas en
casa de Ignacio, con Lola, que era la madre de sus
hijos. Lola era muy corrientilla. Yo siempre la llamé de
usted, y ella a mí,
de usted, también. Y no se dirigían la
palabra. Tanto es así que me acuerdo que un día,
estando los tres, sonó el teléfono, que
estaba al lado de Lola. Ignacio estaba junto a ella.
Pues bien, sonó el teléfono, Lola lo cogió y,
para no dárselo a Ignacio, me dijo: "Tome
usted, que es para Ignacio", y entonces lo cogió Ignacio.
En fin, hasta ese punto. Una cosa rigurosa.
H.V.R.: Hoy
se hubieran separado...
P.B.: Hoy se hubieran separado.
Bueno, él quería
mucho a sus hijos. Hablando de su casa, me decía: "Oye,
no dirás que no he llegado a un estado perfecto.
Estar aquí, en mi casa, con mis hijos y con mi
mujer, y que no haya ningún roce, no me dirás
que no he llegado a una cosa perfecta. Esto es perfecto."
H.V.R.: A finales de la década del veinte,
Sánchez Mejías organizó un homenaje
a Fernando Villalón, del que usted, con otra gente
de Madrid, participó. Y es fama que el viaje se
hizo en un avión pilotado por Ansaldo, que después
moriría en Lisboa, en el mismo accidente en que
pereció Sanjurjo...
P.B.: Sí. Yo entonces vivía en Sevilla...
De Madrid fueron Pedro Garrigues, Justino Azcárate,
González Uña, Corrochano —el cronista
de toros—, Pepe Bergamín, Dámaso
Alonso, Gerardo [Diego]...
H.V.R.: La plana mayor
entera.
P.B.: Entera, entera. Pero yo no viajé en ese
avión. Bueno, verá usted: yo ya vivo en
Sevilla, pero en ese momento estoy en Madrid. Como yo
tengo coche, ellos van en el avión que fleta Ignacio,
pero como yo necesito llevar mi coche, para no ir sólo,
invito a Ontañón a que venga conmigo, y
hacemos el viaje a Sevilla los dos, que hemos sido muy
amigos toda la vida. Y allí ya nos vemos todos.
Y después, cuando vuelven, yo me quedo en Sevilla.
Fuimos en un coche descapotable, bajo, de esos coches
de los años veinte o treinta, deportivos. Me acuerdo
de un perro muy grande un mastín enorme, que nos
salió, ladrando, y que la cabeza estaba por encima
de nosotros. Eso a Ontañón le dio mucho
miedo. Dijo: "Éste se nos va a comer." No
pasó nada. Salimos de Madrid, llegamos a Sevilla
felizmente y a la mañana siguiente comenzaron
ya los actos de la lápida a Villalón.
H.V.R.: ¿Usted había tratado a Villalón?
P.B.:
Mucho.
H.V.R.: ¿Le había conocido
por Ignacio?
P.B.: No, por Ignacio no. Le conocí por el director
del Archivo de Indias de Sevilla, José María
Peña, que murió el año pasado. Él
fue quien me lo presentó. Pero después
estuve ya varias veces con Villalón y con Ignacio,
juntos. Me acuerdo que Ignacio era muy despreocupado
y llamaba a todo el mundo de tú, pero como él
había sido torero y Villalón era ganadero,
había ese respeto del torerillo por el ganadero.
Y a Fernando Villalón lo llamaba Ignacio "Don
Fernando", mientras yo, que tenía trece años
menos que Ignacio, llamaba a Fernando de "tú".
Y me dijo: "¿Y tú por qué llamas
Fernando a don Fernando?" "Pues porque somos
conocidos, él me llama a mí Bello y lo
le llamo Fernando." Y se quedó así,
un poco preocupado. Otra persona a la que también
extrañó Ignacio que yo tutease fue su cuñado, "El
Gallo", Rafael; Ignacio lo llamaba de usted, sin
tratamiento. Le decía: "Oiga usted, Rafael." Pero
yo lo llamaba de tú. En la época que estuvo
viviendo Rafael en casa de Ignacio unos meses, cuando
vino de América, Ignacio lo llamaba siempre Rafael,
pero de usted. Y me decía: "¿Pero
tú a Rafael lo llamas de tú?" Y le
contestaba: "Ah, yo sí."
H.V.R.: ¿Cómo era la relación
familiar entre ellos?
P.B.: Rafael era hermano de Lola,
de Joselito y de Fernando. Eran Rafael, Joselito, Fernando
y las chicas, que eran tres. Una estaba casada con un
banderillero de Joselito que se llamaba El Cuco, que
era el padre de un torero, que ya murió, al que
llamábamos El Gallino.
Yo iba a llevar dinero muchas veces a casa de ésta,
ya viuda. Ignacio le pasaba dinero mensualmente, porque
no tenía una perra. Muchas veces me llamaba Ignacio,
estando en Madrid, y me decía: "Oye, ve a
llevarle dinero."
H.V.R.: O sea, que El Gallino
era sobrino de Ignacio.
P.B.: Sobrino de Ignacio por
su mujer, claro. Porque era hijo de una hermana de su
mujer, la casada con El Cuco. Y la otra hermana, no me
acuerdo cómo se
llamaba, era la madre de una chica a la que yo he visto,
que también había estado viviendo en casa
de Ignacio, que era Trinita. Esa hermana estaba casada
con un carnicero... a ésos no les iba mal... pero
no me acuerdo cómo se llamaba.
H.V.R.: Era el único que no se jugaba la
vida para ganársela.
P.B.: También andaba
con reses, pero de otra manera...
H.V.R.: Usted ha vivido todo esto desde ahí dentro.
P.B.:
Sí, lo he vivido desde dentro.
H.V.R.: ¿Y nunca pensó en
ser torero?
P.B.: No, jamás. Toreé en una fiesta de
un amigo mío, sevillano, Pepito Canale, bastante
mayor que yo. Hombre, había sido compañero
de Joselito, y habían hecho el servicio militar
juntos. Era muy aficionado a los toros. Joselito decía
de Pepito Canale que era el mejor torero de los señoritos,
es decir, de los no profesionales. En casa de éste
tenían un cortijo pequeño, que se llamaba
Los Merinales. Estaba al lado de Sevilla. Tenían
un negocio de embarcar toros, hasta que Belmonte, el
hermano de Juan, descubrió, porque fue un descubrimiento,
que se podían llevar los camiones a las fincas,
con las cajas, y encerrarlos directamente, pues hasta
entonces había que llevar los toros a los encerraderos,
que estaban en los alrededores de Sevilla. Había
que llevar los toros allí y allí se encerraban.
En una serie de corrales y de pasillos. Canale, el
padre de mi amigo, tenía el encerradero este
de Los Merinales, y otro amigo mío, don Antonio
Huerta, un hombre ya mayor, tenía el encerradero
de Salteras, también al lado de Sevilla, y de
eso vivían,
de encerrar el ganado. Tenían los cabestros
allí,
para acompañar los toros y embarcarlos, hasta
que Belmonte, Manolo Belmonte, que fue torero pero
fracasó enseguida,
descubrió... Vamos, cogió y armó los
camiones con sus cajones encima, y en el campo, con
cuatro palitroques, se embarcaban los toros.
H.V.R.: Era de una lógica
aplastante.
P.B.: Sí, pero a los de los encerraderos les
deshizo el negocio. Bueno, pues en su casa, Canale, en
el encerradero, tenía una placita de toros. Él
era muy monárquico —esto era todavía
antes del año 31— porque su padre era el
intendente de los Reales Alcázares de Sevilla.
Y dio una fiesta al Príncipe de Asturias, a don
Alfonso, y allí matamos tres becerros, uno Pepe
Canale, otro Tomás Murube y otro yo. Yo no me
había puesto nunca delante ni he tenido afición.
H.V.R.: Pero, como espectador, sí.
P.B.:
Sí, como espectador, sí, aunque
hace mucho que no voy.
H.V.R.: ¿Ha decaído el toreo? ¿Es
otra cosa?
P.B.: Es otra cosa. Yo hace tiempo que no voy.
H.V.R.: A Belmonte sí le vio y le trató usted
mucho.
P.B.: Sí, mucho y fue muy amigo mío. Era
una persona extraordinaria, de talento. Y de torero,
no digamos. Él y Joselito son la cumbre. Hay joselistas
y hay belmontistas. Pero, en fin, que ahí está la
cumbre, y eso no tiene la menor duda. Vamos, que yo he
hablado con gente que ha alcanzado tiempos que yo no
he alcanzado, y todos están de acuerdo.
H.V.R.: Chaves Nogales era mayor que usted y había
visto mucho, claro.
P.B.: Sí, mayor, mucho mayor. Hizo la biografía
de Juan Belmote.
H.V.R.: Sí, la conozco.
Es un libro precioso.
P.B.: Bueno, pues la hizo a
partir de una conversación
que tuvo con Belmonte. Me lo contó el propio
Belmonte; porque en ese momento, cuando salió el
libro, yo trataba mucho a Juan. Encontré a Juan
cuando salió el libro de Chaves, ya en la República.
Juan, siempre tan cariñoso conmigo. Nos abrazamos.
Era un atardecer, en Sevilla. Así, callejeando.
Dice: "Hombre, te voy a pedir un favor." "Bueno,
si está en mi mano, yo te lo hago." Me
contesta: "Es
que tengo una cosa en el juzgado de Jerez..." Y
me lo explicó en dos palabras: había
un contratista que tenía una carretera, que
no había
terminado todavía, y que Juan utilizaba para
ir a su finca, un cortijo que se acaba de comprar y
que se llamaba El Cuervo. Iba por esa carretera y el
contratista le dijo: "Esa carretera, mientras
esté yo
trabajando, es mía, usted no puede pasar con
el coche." Una cosa en contra de Juan. Juan siguió pasando
por la carretera, y alguien de la empresa le dijo: "Mire
usted que no se puede pasar por la carretera",
pero Juan seguía pasando. Como se había
jugado la vida de esa manera... Y un día se
encuentra la carretera cortada, con una zanja así de
ancha, cortada de tal manera que no se podía
pasar y, claro, se tuvo que detener allí con
el automóvil.
Le dijeron los empleados del contratista que era para
pasar los cables por debajo... ¡Eso no se ha
visto nunca! Por el campo, los cables están
al aire, pasan por encima de las carreteras. Juan me
explicó esto
en dos palabras. Dijo: "Si tú fueras allí y
dijeras que eso es un absurdo, que no es verdad que
los cables, etc..." Y yo dije: "Sí,
hombre, ya sé, pero ¿quién soy
yo para decir eso?" Juan dice: "No, no, yo
he hablado con el Juez y le he dicho que eres el secretario
de la Confederación del Guadalquivir, y me ha
dicho que ese testimonio es suficiente." Era
cierto: yo fui secretario de la Confederación
un año o año y medio. Juan ya lo tenía
apañado con el juez y yo contesté: "Ah,
bueno, pues si vale, yo encantado." Juan replicó: "Pues
te envío un coche el domingo a tal hora." Le
dije: "No, yo voy con el mío." Y replicó: "No,
no, te envío un coche el domingo a tal hora." El
domingo, a tal hora, por la mañana, un coche
de Juan me estaba esperando en el hotel y me fui a
Jerez; y yendo a Jerez leí, no me acuerdo en
qué periódico,
publicada en forma de folleto, la vida de Belmonte,
de Chaves Nogales. Por capítulos la iba publicando. ¿Qué periodico
podía ser? ¿La Voz o El
Sol?
El caso es que yo lo leí. Como iba a ver a Juan,
a lo mejor le interesaba a él. Y leí un
capítulo, que era interesante y estaba muy bien
contado. Era lo siguiente: Juan, cuando era un muchacho
de catorce o quince años, iba a torear por ahí,
por las oliveras del Guadalquivir. Pasaba el Guadalquivir
a nado y se iba a torear a las ganaderías, de
golfillo, claro. Luego, por la noche, pedía
asilo en algún cortijo, cosa que es corriente
en Andalucía.
Como están los pueblos tan distantes... Allí también
hay una costumbre bonita, que es dar alojamiento, en
el pajar, claro. Juan, cansado de todo el día,
se durmió a pierna suelta, esto lo contaba Chaves,
y se despertó con una sensación muy grata,
de que le andaban a él por sus partes y tal.
Total, Chaves decía muy bien que se la estaba
chupando una zagala del cortijo, y eso lo leí en
el viaje. Llegué, saludé a Juan, fuimos
al Juzgado, yo dije lo que tenía que decir,
y después
dijo Juan: "Vamos a comer a casa." Y me fui
al cortijo, El Cuervo, donde se suicidó él,
y allí comimos. Después de comer, charlando,
encendimos un puro y le dije yo: "Hombre, he leído
en el periódico el capítulo correspondiente
a tal, y tiene gracia, está muy bien contado
y tal." Y dice: "Bueno, eso es lo que yo
le dije a Chaves, pero no fue así, ¿eh?..." ¿Lo
sabe usted?
H.V.R.: Que no era una muchacha, que
era un muchacho.
P.B.: Sí. Dice: "Pero no era una moza,
una garrida moza, era un gañán." Y
dije: "Hombre, ¿y
tú que hiciste?" Dice: "¡Pues
dejar que terminase!"
H.V.R.: ¡Eso sí me
faltaba!
P.B.: Es admirable. Eso da
la idea de la dimensión
de Juan, de lo desgarrador que era, de cómo
estaba por encima del bien y del mal, de lo roto que
era él,
por eso no me extrañó nada cuando se
suicidó,
no me extrañó nada. Era un hombre capaz
de todo, un hombre roto, un hombre sin ilusión
por nada, lo había vivido todo, estaba asqueado
de todo. No esas cosas que dicen que si el amor, etcétera...
no, no.
H.V.R.: Hastío.
P.B.: Rotura, hastío. Bueno, lo que le dijo
al periodista por la mañana también fue
gordo, ¿eh?
El día anterior al de su suicidio. Fue a misa,
no sé por qué, porque él no iba
a misa, pero... Bien, fue a misa a la catedral de Sevilla,
y al salir de misa se encontró con unos periodistas,
uno de ellos amigo mío, un tal Mariani, que era
bajito y enredador. Entonces se hablaba de que Juan quizá rejonease.
Como siempre, era noticia algo de Juan. Alguien había
dicho que iba a rejonear, y Mariani le preguntó: "¿Qué,
don Juan, cuándo nos da usted un notición?" Y
le contestó: "Pues espérate, que el
notición lo vas a tener muy pronto." Y al
día siguiente se suicidó.
H.V.R.: Ya tenía tomada la decisión.
P.B.:
Es tremendo, con una tranquilidad... Otro día,
comiendo con Juan y con otro sevillano muy simpático,
que era el director del Museo Arqueológico de
Sevilla, una persona muy conocida, Juanito Lafita. Como
todos los extranjeros iban recomendados a Lafita, era
el que enseñaba Sevilla. Un hombre muy simpático,
también dibujante, aunque mal pintor, con un temperamento
artístico importante. Un día nos invitó Juan
a comer a su casa y fuimos, no sé por qué,
este Juanito Lafita y yo. Había estado toreando
Juan en la placita que tenía en el cortijo y estaba
vestido de corto, pero vestido de corto y con briches... ¡Una
cosa! Eso nada más lo hace Juan, esa falta de...
Tengo yo este dibujo, que es estupendo, hecho por este
hombre. Juan con chaquetilla corta, fumándose
un puro y con gafas. Es un dibujo muy bonito, con una
dedicatoria de los dos Juanes.
[Señala el dibujo, colocado en un marco.
Nos levantamos los dos y vamos a mirarlo de cerca.
Las fotografías y dibujos que hay por toda la
habitación llaman mi atención y hacemos
algunos comentarios sobre ello.]
H.V.R.: Habría que publicarlo. ¿No
se lo han pedido biógrafos y taurinos? Les entusiasmaría...
P.B.:
Pues no, no me lo ha pedido nadie.
H.V.R.: ¡Qué bonita
aquella foto!
P.B.: Sí, la de Carla. Es
una foto muy bonita y está ella muy bien, como
era ella.
H.V.R.: Una foto llena de movimiento.
P.B.: Sí, llena, llena. Muy bonita. Pues aquí tengo
una foto que ha dado varias vueltas al mundo y es la única
que existe.
H.V.R.: Sí, la conozco. Aquí está Gustavo.
P.B.:
Sí, con Federico y María Teresa. Éste
es el pintor ese, español, que ha vivido toda
la vida en Londres. Se ha muerto ya: Viñes, Fernando
Viñes. Ésta es ? Bayona,
la mejor pianista de Zaragoza. Ésta es Delia del
Carril, que en aquel momento era la amiga de Neruda.
H.V.R.: Fue
su mujer.
P.B.: Sí, pero en aquel momento, no. Aquí está Pepe
Caballero. Aquí esta uno de los críticos
de música más importantes del mundo, Adolfo
Salazar. Ha publicado un libro, me han dicho... yo no
entiendo de música, aunque me gusta...
H.V.R.: No quería
nada a Gustavo.
P.B.: No lo sé; pero el libro éste que
ha publicado en México, sobre música, dicen
que es de lo más importante que se ha hecho. Ésta
era una alemana que venía con nosotros, no recuerdo
ahora cómo se llamaba. Éste es un cuñado
de Bergamín, casado con Pilar Sanchís. Éste
es el escultor Alberto Sánchez. Federico, Alfonso
Buñuel...
H.V.R.: ¡Qué parecido
al hermano!
P.B.: Sí. Mire: Luis Buñuel, Cigés...
Esta mujer... no me acuerdo. Las mujeres, no... A mí no...
Cotapos, el amigo de Neruda.
H.V.R.: Me contaron cosas muy graciosas de él.
Por ejemplo, que era un hipocondríaco feroz, que
no daba la mano por temor a los contagios.
P.B.: ¡Era una cosa....! Era músico. Aquí está Alberti.
H.V.R.: Miguel Hernández...
P.B.: Éste se casó con
una hermana de Borges, Norah Borges: Guillermo de Torre.
H.V.R.: ¿Se vio usted con Borges en su
temporada española?
P.B.: Bueno, yo lo conocí sólo de un día,
o sea, que no lo he tratado. Tenía amistad con
Cansinos-Assens.
H.V.R.: Que no era un escritor demasiado popular ¿no?
P.B.:
No, pero en fin, tuvo su nombradía en cierto
momento.
H.V.R.: Debía de ser el único judío
confeso de toda España.
P.B.: Él era sevillano, y yo conocí en
Sevilla a un pariente suyo, el doctor Cansinos, que era
pariente de Rita Hayworth. Esto no lo he vivido, lo he
leído yo después... Ella se llamaba Rita
Cansinos.
H.V.R.: Margarita Cansinos, sí. No sé el
segundo apellido. Siempre me había preguntado
yo sobre ese posible parentesco con Cansinos-Assens.
P.B.:
Yo fui a una tertulia de Sevilla a la que también
acudía el doctor Cansinos, un hombre insignificante,
un buen hombre, pero que no despuntaba por nada, ni como
médico ni como hombre brillante. Después
he leído que era pariente de unos de Sevilla,
de un médico de Sevilla, y he atado cabos.
H.V.R.: Pero ella no era de Sevilla, era de Málaga;
que entonces no estaba tan cerca de Sevilla como ahora.
P.B.:
Sevilla y Málaga han estado siempre lejísimos.
Era un viaje endemoniado, larguísimo, el de Sevilla
hasta Málaga.
[Vuelve a la fotografía, que mantiene en
la mano durante todo el diálogo.]
P.B.:
Aquí está Neruda... Sánchez
Ventura. Y Ontañón... Eva Thais?, ésa
es la alemana... Ah, éste es García Condoy,
Era comunista... Pues esta fotografía la ha tenido
Pepito Caballero en su poder quince años, hasta
que me acordé yo un día, después
de haberla visto publicada por todas partes, y le dije: "Oye,
Pepe, la foto esa tiene que venir a mi casa." Me
contestó: "Hombre, la tienes a tu disposición." Y
le respondí: "Esta tarde voy a tu casa, me
invitas a un whisky y además me traigo
la foto." Es una foto que ha dado la vuelta al mundo.
En el libro sobre Pepito Caballero, titulado El taller
de José Caballero, viene esa foto y también
todos los que figuran en ella. En fin...
[Bello repone
la fotografía en su sitio y
regresamos al escritorio.]
P.B.: Bueno, yo, además, he conocido a toreros
muy anteriores a mí, porque cuando fui a Sevilla
a vivir todavía vivían.
H.V.R.: ¿Por
ejemplo?
P.B.: Por ejemplo, a Guerrita. Yo he conocido
al Gabella padre, he conocido a Fuentes, al Parral...
Gente que triunfó en el siglo pasado.
H.V.R.: ¿A través
de Ignacio?
P.B.: No, a través de amigos de Sevilla. Ignacio
no llevaba una vida nada taurina, en absoluto, nada.
Vamos, después de retirado, quiero decir, que
es cuando yo lo he conocido. Se retira el veintitrés
o el veinticuatro, y yo le trato desde entonces hasta
el treinta y cuatro, que es cuando vuelve a torear, que
lo mata el toro. Pero en fin, yo le conozco en toda esta época
en que no torea ni tiene relación con el mundo
taurino, ni le interesa nada, ni hay manera de llevarlo
a una corrida de toros. Le decía: "Oye, que
torea tal. Vamos a verlo." Y el decía: "No,
no, no." Estaba en Cádiz cuando apareció,
fui con él y estuvo muy bien, magnífico.
Esas cosas de Ignacio, que tenía unas salidas...
Me acuerdo que ya en el hotel, que estaba yo en la misma
habitación del Hotel Playa de Cádiz, a
kilómetro y medio de la plaza, vinieron a pedirle
entradas, como sucede con todos los toreros. Era su debut,
con cuarenta y tres años volvía a los toros,
después de ocho años de haberlo dejado.
Se fue la gente a la plaza. Ignacio ya estaba medio vestido
de torear y diez minutos antes, mucho después
que el público, claro, salimos del hotel el mozo
de estoques, Ignacio y yo. Llegamos a la plaza y entramos
por la puerta de toreros, claro, y al mozo estoques,
Antonio Conde, ya lo conocían y dice el portero: "Este
señor, ¿quién es?" Y dice Ignacio,
por mí: "Es mi apoderado." El portero
respondió: "A ver, la documentación.
Pues usted no puede entrar." Y yo dije: "Pues
me voy a quedar sin verla." Y, esas cosas rápidas
de Ignacio, dijo: "¿Que no puede entrar?
Pues no entro yo tampoco." Estaba la gente esperando
para ver a Ignacio, y al hombre, al verse responsable
de eso, le entró un miedo horroroso, se puso de
mal humor y dijo "Bueno, pase, pase..." Y estuve
en el callejón. Esas cosas de Ignacio...
H.V.R.: Y una parte de la relación de él
con la Argentinita debe de haber tenido que ver con eso, ¿no?
Porque ella también era una mujer muy vivaz y
de ingenio rápido.
P.B.: ¡Buf!, con un carácter tremendo.
Y sí, de ingenio rápido y muy inteligente,
que se había hecho a sí misma, que ganó mucho
dinero. Vamos, ya cuando era muy joven se hizo la casa
de General Arrando, una casa magnífica,
que se la hizo ella; es en la que vive ahora Pilar.
H.V.R.: Así que también
ella era vecina suya.
P.B.: Claro, por eso iba yo de mi
casa a su casa; nada más había unos metros.
H.V.R.: En esa calle había una verdadera
concentración de historia: los Herrero de Miñón,
los Machado, la Argentinita, todos vecinos en números
sucesivos.
P.B.: Y luego el doctor Tamames. Enfrente de
la casa de Machado. Allí nació Ramón
Tamames. Yo lo conocí de niño. También
conocí a
su padre, Manolo, que era cirujano. En la casa de al
lado de la mía, vivía Miguel Herrero. Era
una casa baja, de dos pisos nada más, pero muy
buena, muy exquisita la casa. Era del catedrático
de Derecho Administrativo de la Universidad de Madrid.
Era zaragozano. Se llamaba Gastón y Marí.
Me acuerdo que dijo que fue a dar unas conferencias a
Austria el año 36 y le cogió la guerra
española en el extranjero, o sea que no pudo volver
a su casa, aquí, en Madrid. Y aquí tenía
a su mujer y a su hija, en la casa que vivía Miguel
Herrero. O sea, que se quedaron las mujeres solas. Por
eso yo fui jefe de casa de la suya, porque no había
ningún hombre. Miguel se había retirado
a la embajada y yo era jefe de casa ante el comité de
barrio. La señora se portó muy bien conmigo.
Fui a verlas varias veces, me pidieron cosas... una cosa
del gas, otra de electricidad..., y le facilité todo
lo que pude. Eran amigos de mis padres, además.
Bueno, pues me porté bien con ellas, como era
lo natural. Pues cuando volvió este hombre, don
José Gastón y Marí, me acuerdo de
un domingo que salían de misa de la parroquia;
yo volvía a casa y saludé a la señora
y a la hija. Le dijo la mujer: "Pepe, ese señor
es el que te he dicho que se ha portado tan bien con
nosotras durante la guerra." No me dio ni las gracias.
Un bicho. Podía haber dicho: "Muchas gracias,
sé que se ha portado muy bien usted con mi mujer
y con mi hija." Antipatiquísimo. No era nada
simpático, tenía una barbita y era frío
como un lagarto. Tenía un montón de libros
de Derecho Administrativo; pero como es algo que interesa
tan poco...
H.V.R.: ¿Qué fue de la Argentinita
después de lo de Ignacio?
P.B.: Murió al poco tiempo, en New York, de un
cáncer tremendo. A los cuarenta y cinco años.
H.V.R.: Edad en la que Antonia Mercé andaba
por el mundo sin ningún problema. Murió el
18 de julio... Es curioso: le dio un ataque al corazón
el 18 de julio, en Biarritz.
P.B.: ¿El 18 de julio
del 36?
H.V.R.: Sí, del 36. Por la mañana.
No debió de llegar a enterarse del alzamiento,
porque murió por la mañana.
P.B.: Claro,
no llegó a enterarse.
H.V.R.: Volviendo a lo que hablábamos antes
sobre Gastón y Marí... por lo que usted
cuenta, la organización de la vida cotidiana durante
la guerra tenía mucho de fascista: jefe de casa,
comité de barrio, registros...
P.B.: Sí,
sí, así era.
H.V.R.: El mismo tipo de organización de
la Cuba castrista, la de los Comités de Defensa
de la Revolución, los CDR. Permite un control
estricto. ¿No hay demasiadas semejanzas entre
los criterios comunistas y los fascistas?
P.B.: Lo que
no se ha dicho con toda claridad y no se ha extendido,
es que el fascismo no surge porque sí...
Es una reacción contra el comunismo. Es lo que
hay que decir. A mí, el fascismo no me gustaba
absolutamente nada, pero el comunismo todavía
menos.
H.V.R.: Quien lo dice casi literamente como
lo dice usted era Prieto.
P.B.: Bueno, sí, porque Prieto era muy natural
y muy listo. Un día hablé con él
de El Capital de Marx. "Hombre, por Dios,
eso es un mamotreto que no hay cristiano que se lo trague",
me dijo. "¿Pero usted no ha leído?" "Pero
qué coño voy yo a leer."
H.V.R.: El único español del que
estamos seguros que lo haya leído es Wenceslao
Roces, que fue quien lo tradujo...
P.B.: Yo no lo he leído, pero lo he hojeado y
se me ha caído de las manos. Es una cosa intolerable.
Vamos, lo abrí por un sitio que dice algo así como "que
si la libra equivale a no sé qué, unas
horas de trabajo..." Vamos, una especie de ecuación,
de una sordidez, de un aburrimiento, de un complicado,
de una falta de claridad, de un poco atractivo, que no
hay quien se lo lea.
H.V.R.: Si Prieto, que era un hombre de lecturas,
decía eso, qué les habrá pasado
a Pepe Díaz o a Pasionaria, que no debieron de
leer un libro completo en su vida.
P.B.: Hombre, claro,
nunca.
H.V.R.: O Enrique Líster, o "El Campesino",
que no brillaban por sus dotes intelectuales.
P.B.: ¿Usted ha leido el libro de "El Campesino"?
H.V.R.: Sí, claro, editado por Gorkin,
otro personaje oscuro. Con el título de Comunista
en España y anticomunista en la URSS, Memorias
del Campesino, transcriptas por Gorkin, quien debió de
poner un montón de su propia cosecha. "El
Campesino" no parecía muy capaz de escribir
un libro. Aunque fuera capaz de aprender ruso, lo cual
ya es un mérito. Alguna flexibilidad debía
tener el hombre.
P.B.: Se pasó tantos años allí...
H.V.R.: Hombre claro, y lo mismo con el árabe.
Sabía bastante de árabe porque había
sido sargento de la Legión. En la Legión
aprendieron muchos. Ramón Franco era arabista.
P.B.:
El que sabía bastante árabe era
el Caudillo, porque me lo ha dicho una persona de primerísima
mano, que fue Emilio García Gómez. Cuando
vino aquí el Rey de Jordania, Abdullah, al que
mataron, que fue de los primeros jefes de Estado que
vinieron a España. Llegó el mismo año
39, todo lo más el 40. Franco echó mano
como intérprete de Emilio García Gómez,
al que luego hizo embajador. Franco era un hombre tímido,
pero en un momento en que no había nadie, hacían
un viajecito en barco de La Coruña a El Ferrol,
una travesía corta, iban en el puente del barco
los tres: Franco, el rey Abdullah y Emilio García
Gómez. Pues allí, sin testigos, habló Franco
en árabe con Abdullah. Y me dijo Emilio que se
defendía bien.
H.V.R.: Ramón, además, escribía
el árabe. Yo creo que era más brillante
que el hermano.
P.B.: Este amigo, el que hizo el dibujo
que le enseñé de
Belmonte, era archivero, del Cuerpo de Archiveros, y
director del Museo Arqueológico de Sevilla. Su
afición era el arte, pintar y viajar. Éste
me enseñó una carta que recibió de
Ramón Franco: habían quedado en comer juntos
y creo que el otro lo aplazaba y le ponía unas
líneas. Firmaba "El Chacal".
H.V.R.: Sí, y "El Lobo" en
ocasiones.
P.B.: Me enseñó, por cierto, otra carta
que había recibido del Premio Nobel italiano,
Marconi, el inventor de la radio, que estaba con su yate
en Sevilla, el "Electra", y le había
invitado a comer, a Lafita, que estaba relacionado con
todo el mundo, y por no sé qué circunstancia,
Marconi le decía que la comida en vez de ser el
martes sería el miércoles. Me acuerdo que
era un papel muy bonito, era el papel del barco, ponía "Steven
yate Electra" y luego firmaba Marconi: "Al
ancla en Sevilla, a tantos de tantos", y le decía: "Querido
amigo, etc." En italiano, claro... Las relaciones
de Lafita eran muy curiosas. Una vez, Jorge Guillén
hizo un viaje a un lugar centroeuropeo, no sé si
era Rumanía o un sitio de ésos, y Juanito
Lafita le dijo: "Pues mire usted, Guillén,
le servirá este amigo mío que tengo allí",
y le dio las señas del amigo. Jorge Guillén
decía: "Pero este Lafita es el colmo. Me
da una tarjeta de presentación para Rumanía,
que yo la agradezco mucho, y que utilizaré, pero... ¡tener
conocimiento allí, un amigo!" Y era verdad.
Este Juanito tenía un hermano que era escultor,
Pepe Lafita. Si usted ha estado en Sevilla recientemente,
habrá visto en la plaza de la Catedral la fuente
farola que hay, esa fuente que tiene la columna de mármoles,
muy barroca, y arriba los faroles de hierro forjado...
Pues esa fuente, que está muy bien, es muy bonita,
la proyectó Pepe Lafita.
H.V.R.: Así, pues, el único al que
usted no conoció, de entre los grandes toreros,
fue Manolete.
P.B.: Al único que no he conocido, de los grandes
toreros de mi época. De los de ahora, ya no conozco
a ninguno. El doctor Oliver estaba en Santander cuando
tenía yo el negocio en Burgos. Tuve que ir a Santander
a comprar unos productos químicos que habían
llegado de Inglaterra. Fui con el coche. Nos pusimos
de acuerdo con Oliver en que, como él estaba allí,
nos veríamos. Era muy amigo mío, mayor
que yo, zaragozano él. Nos citamos en el Hotel
Rea de Santander, a las cinco y media de la tarde, creo.
Yo fui desde Burgos, llegué con un poco de retraso.
Oliver me estaba esperando y me dice: "Hombre, has
llegado un poco tarde, porque ahora mismo se acaba de
levantar de aquí Manolete; yo le he hablado de
ti y tenía muchas ganas de conocerte. Hemos estado
aquí un gran rato charlando, esperando que llegases..." Lo
sentí mucho. Así, por muy poco no lo conocí,
aunque lo he visto torear.
H.V.R.: Es el segundo desencuentro que me cuenta.
El otro fue el de José Antonio.
P.B.: El de José Antonio fue todavía más
escalofriante, porque estuve un cuarto de hora o veinte
minutos vacilando: él mirando el reloj, que no
llegaba Pepe Bergamín, y yo en la mesa, a siete
u ocho metro de él y pensado: "Me voy a levantar
y decir: Bueno, mire, usted está esperando a Bergamín
y yo también", y no me decidí. Una
imbecilidad. Me hubiera gustado mucho conocerlo.
H.V.R.: ¿Qué ocurrió con
la fortuna de Manolete?
P.B.: Manolete, el torero, ganó muchísimo
dinero, pero a la hora de la muerte no apareció por
ningún lado. Es frecuente que los toreros que
se van a América, y la mayoría hizo temporada
en América, como Manolete y todos los grandes,
tengan un amigo testaferro en el cual depositar el dinero,
para que tenga la cuenta en Caracas, en Bogotá o
en donde sea, y luego vuelva. Es gente de mucha confianza,
para después devolver el dinero. Pero como Manolete
murió, la o las personas que eran depositarias
de los muchísimos millones desaparecieron. Aparecieron
millones sí, porque se los mandaba a su padre,
porque los tenía aquí y los había
ganado aquí, pero la gran masa de dinero no ha
aparecido.
............
H.V.R.: Había una gran rivalidad entre
Encarnación López, la Argentinita, y Antonia
Mercé, la Argentina. A Antonia Mercé le
molestaba mucho que la confundieran.
P.B.: ¡Oh! ¡Y a ésta le ponía
de manos!
H.V.R.: Pero, en realidad, sus universos eran
muy diferentes. La Argentinita era bastante más
popular que Antonia Mercé ¿no?
P.B.: Mire
usted, Ignacio llegaba a decir que Antonia Mercé no tenía ni idea de bailar. Yo la
he visto una vez, y la verdad es que no me gustó.
Encarna, como dijo Pepe Bergamín, bailaba como
una máquina de coser.
H.V.R.: ¿Me equivoco al pensar que la Argentinita
tenía ángel y la Mercé no?
P.B.:
Encarna era tremenda, de trabajadora, de seria y de honesta.
Y tenía el ángel. La otra
era muy fea, además. Tenía unas piernas
muy feas, y una cara muy fea. En cambio, Encarna estaba
llena de gracia y tenía un gran cuerpo.
H.V.R.: Néstor, en cambio, amaba a Antonia
Mercé. Se amaban.
P.B.: Sí, sí, y Gustavo Durán también.
H.V.R.: ¿Usted cree que Néstor
era realmente un gran pintor?
P.B.: Yo creo que sí.
A su manera y en su tiempo.
H.V.R.: Parece un pintor más
del siglo XIX.
P.B.: Sí, más del XIX. Exactamente. Él
era un pintor un poco decorativo, un pintor... Sí,
yo lo llamo un pintor decorativo, cosa que a Dalí le
horrorizaba: ¡un pintor decorativo!
H.V.R.: ¿Cómo se vinculó Néstor
con ustedes, con los del 27, con el grupo de la Residencia?
Porque él venía a Madrid de paso. El que
vivía era su hermano, Miguel.
P.B.: No, no. Él, él. Néstor tenía
estudio aquí, en la calle Alameda. Yo era muy
jovencillo cuando lo conocí.
H.V.R.: Miguel estudió aquí arquitectura.
P.B.:
Miguel estudió aquí arquitectura,
pero yo no conocí a Miguel, yo conocí a
Néstor, que tenía su estudio en la calle
Alameda. Había estado en Londres, había
ganado un dinero. Néstor, para nosotros, era el
rico. Salíamos por ahí porque nos invitaba
Néstor: Federico, Dalí, yo, Buñuel...
Había hecho aquellos aguafuertes del garrotín
y otra cosa en Londres, y eso le había dado dinero.
H.V.R.: Había colaborado mucho con Falla,
también.
P.B.: Sí, sí. Por cierto, estuvo un año
o dos en Londres y no sabía ni un palabra de inglés.
No sabía ni decir "yes". No sabía
absolutamente nada.
H.V.R.: Eso era conocido. Durante una larga etapa,
Gustavo le hizo de secretario por eso. Porque tampoco
tenía muy fácil el francés cuando
vivían en París. Gustavo era el intérprete
porque, si no, Néstor no tenía vida social. ¿Curioso
no?
P.B.: Yo me acuerdo que me decía Isabelita García
Lorca que su padre, don Federico, había vivido
en los Estados Unidos —ya ve usted cuántos
años vivió, ¡uh! un montón
de años, desde que se fueron de aquí— y
que no aprendió ni una palabra de inglés,
tampoco. Bueno, Federico estuvo un año en Estados
Unidos y no sabía absolutamente nada. Federico
se negaba rotundamente a aprender idiomas. A él
le bastaba con su español, con eso se manejaba,
con eso triunfaba y con eso se divertía. Y Néstor
no supo nada de inglés.
H.V.R.: Ni de otras cosas, creo. Por lo que parece,
fue masón.
P.B.: Sí, sí, fue masón.
H.V.R.: ¿Usted tenía
noticia de eso?
P.B.: Sí, sí.
H.V.R.: ¿De que ingresó en París...?
P.B.:
Sí, en una logia.
H.V.R.: ¿Se sabía
entonces?
P.B.: No, no. Yo lo he sabido después.
H.V.R.: Hay un investigador, en Canarias, que
ha sacado a la luz esa historia. Por lo que sé,
es un hombre que se ha dedicado al tema de la masonería
en las islas. Parece ser que Néstor entra en el
periodo de París, en los primeros años
treinta... Es ahí donde se adscribe a una logia.
P.B.:
De la masonería de Néstor yo me
he enterado hace relativamente poco, diez o quince años. ¿Sabe
que yo estuve a punto de hacerme masón? Pero por
cachondeo. Nunca le he tenido respeto a la masonería.
Nada, absolutamente nada. Me ha parecido siempre una
cosa "cachondeable". En España no ha
sido nada.
H.V.R.: ¿Por qué le obsesionaba
tanto a Franco?
P.B.: Pues porque él era un hombre
del siglo pasado.
H.V.R.: A todos los Franco. Pilar, en el libro
que escribió sobre la familia, Nosotros los
Franco, dice que a Ramón lo mató la
masonería, una cosa absolutamente delirante.
P.B.:
Verdaderamente delirante. Yo conocí, en
mis años de vivir en Sevilla, a Martínez
Barrios, que fue Gran Maestre de la masonería
española. Un amigo mío, que no era masón,
y yo, nos cachondeábamos de la masonería
y hasta decidimos entrar en ella, sin ninguna seriedad,
vamos. Pero no lo hicimos. Imagínese. Si se hubiese
sabido con Franco que yo había sido masón,
ya veríamos lo que hubiera pasado... Recuerdo
que una noche paseábamos por Sevilla, por el barrio
de Santa Cruz, con toda esa belleza, don Fernando de
los Ríos, respetable amigo mío, bastante
mayor que yo, que era masón, Martínez Barrios,
alguien más, y un catedrático de Historia
de España de la Universidad de Sevilla, muy republicano,
que se exilió. Se llamaba Juan Aguilar. No era
masón, al contrario, tenía un gran desprecio
por los masones. Como decía, íbamos paseando
por el barrio de Santa Cruz, y allí está la
casa que es de la masonería, y allí, paseando
por la noche, hablando bajo —éramos un grupo
de seis u ocho—, le dijo don Fernando de los Ríos
a Martínez Barrios —¿o fue al revés?— que
aquélla era la logia. Y entonces se destacó del
grupo este catedrático amigo mío, Juan
Aguilar, unos veinte metros, y se puso a mear. Y don
Fernando, que era tan exquisito, dijo: "¡Ay,
este Aguilar! ¡Ay, estas cosas!"
H.V.R.: De ser cierto lo de Néstor, Gustavo
también debe de haber sido masón, porque
estaban muy unidos. Evidentemente, Gustavo y Néstor
eran pareja...
P.B.: Sí, sí, evidentemente. ¿Usted
ha visto los cuadros del Poema del Atlántico,
en Canarias? Allí está Gustavo, desnudo,
flotando. Me parece que el cuadro se titula Calma.
Claro, la tempestad, la noche, el día... o sea,
que está Gustavo flotando.
H.V.R.: Sí, sí,
es de uno de los primeros veranos en Canarias, en la
playa de...
P.B.: Las Canteras.
H.V.R.: Exacto. ¿Gustavo
era amanerado?
P.B.: No. Era muy pulcro, muy bien vestido
y acicalado y tal, pero amanerado no.
H.V.R.: ¿Y Néstor?
P.B.: No. Néstor era, aparentemente, muy hombre.
Anchote, fuerte... Era bastante mayor que nosotros, pero
murió joven. Yo pregunté a amigos, allí,
en Canarias, pero no se sabe cómo murió.
H.V.R.: Se
dijo que de tuberculosis.
P.B.: No sé. Yo no he visto por qué se
murió. Porque era un hombre robusto y fuerte,
con una cara, con unos morros... Un hombre con una pinta
un poco... de facciones un poco de negroide, una chispa.
H.V.R.: Eso dice Anaïs Nin, exactamente.
Literalmente, dice: "las facciones negroides de
Néstor".
P.B.: Y Gustavo nada, muy pulcro,
muy bien peinado siempre, con su pelo rubio, pero de
amanerado nada.
H.V.R.: Usted estuvo enamorado de Araceli Durán,
la hermana de Gustavo, o, al menos, la cortejó en
una época. Hay un poema de Rafael Alberti dedicado
a Araceli. Yo supuse durante mucho tiempo que el poema
respondía a una realidad sentimental, que Rafael
había estado enamorado de Araceli, pero ahora
sé que en realidad lo escribió por encargo
de usted.
P.B.: Sí, el poema lo hizo Rafael porque se lo
pedí yo. Llegó el día del santo
de Araceli y se conoce que yo no tenía dinero
para hacerle un regalo a Araceli. Y como Rafael, además
de ser un gran poeta, tenía una facilidad casi
morbosa... Lo suyo era patológico, su facilidad
para hacer un soneto, con un lenguaje tan complicado. Así como
Federico era torpísimo en este sentido...
H.V.R.: ¿Federico
tardaba mucho?
P.B.: ¡Una barbaridad! Federico era preciosísimo
escribiendo.
H.V.R.: Para la edad a la que murió dejó una
obra muy extensa. Eso quiere decir que debió de
ser un trabajador infatigable.
P.B.: Enorme, enorme.
H.V.R.: Pero, volviendo al
poema...
P.B.: ¡Ah, sí! Pues que Rafael lo hizo,
y ése fue mi regalo. Pero ella supo siempre que
el autor del soneto no era yo, sino él.
H.V.R.: Años después, usted volvió a
ver a Araceli en Canarias...
P.B.: No, no. Yo he ido a
Canarias por primera vez cuando mi nieta y mis sobrinos...
Entonces Araceli ya había
muerto. Yo no la volví a ver después de
su boda.
H.V.R.: Finalmente, Gustavo casó a su hermana,
Araceli, con Miguel Fernández de la Torre, el
hermano de su amante, Néstor.
P.B.: Bueno, don
José tuvo una amiga durante
mucho tiempo, que vivía con él. La que
llamábamos con Alberti "La Marquesona."
H.V.R.: ¿Qué imagen
tiene usted de esa mujer?
P.B.: Guapetona, otoñal, con una hija guapísima,
que cuando yo estaba medio de novio con Araceli, Alberti
estaba de novio con ella, con Carmela, que era la hija
de la mujer de don José. En casa, Gustavo y Ernesto
la llamaban su prima, aunque no tenía nada que
ver con ellos.
H.V.R.: Bueno, es una historia compleja. Es posible
que haya sido su hermana en realidad. Don José hizo
encerrar a su mujer en un manicomio.
P.B.: Sí, eso ya lo sé.
H.V.R.: Y ya tenía preparada a ésta.
Es muy posible que esa muchacha fuera hija de soltera
de la mujer, de la misma edad exactamente de Araceli.
Es decir, que don José hubiera sido padre por
partida doble en la misma época.
P.B.: Es posible.
H.V.R.: No lo puede ni confirmar ni desmentir
nadie. Gustavo casó a Araceli, y también
a Carmela. La casó con un francés que vino
a las Brigadas Internacionales, Jean De Foucault. Un
hombre de teatro. Escenógrafo, creo.
P.B.: Pues
yo me acuerdo que cuando estas chicas vivían
juntas, se llamaba primas entre ellas. Araceli y Carmela,
la hijastra, paraban la circulación ¿eh?
Eran dos chicas... Carmela, absolutamente morena, y Araceli
rubia completamente.
H.V.R.: La madre de Carmela era muy bella también.
P.B.:
Sí, era muy guapetona. Yo la conocí otoñal,
pero guapetona y con mucho aire.
H.V.R.: ¿Y por qué la llamaban "La
Marquesona"?
P.B.: Pues no sé, se le ocurrió a Alberti.
Yo me acuerdo de aquellos jueves o viernes del Palace
y del Ritz, cuando había aquellos tés danzantes,
que íbamos allí de jovencillos, y estas
chicas, Carmela y Araceli, dondequiera que iban era una
cosa de pararse la gente, de guapas que eran, y de lo
bien vestidas que iban, claro. Guapísimas las
dos, guapísimas las dos.
H.V.R.: ¿A Josefina, la hermana mayor,
la conoció?
P.B.: No, no.
...........
H.V.R.: Yo tengo la impresión
de que, a lo largo de su vida, Gustavo hizo lo posible
para no ser visto, para borrar sus huellas...
P.B.: Sí, pero sabía
cosas.
H.V.R.: ¿Era un personaje así,
con algo de secreto, ya de joven?
P.B.: Sí, muy cariñoso, muy entrañable,
muy buen amigo, muy concienzudo, pero había cosas
que.. como él tenía, además, esa
sombra de la familia, que su padre estaba viviendo con ésta,
pues todo eso...
H.V.R.: Su madre en el manicomio...
P.B.: Su madre en
el manicomio... Es tremendo, eso. Además, creo que el mismo día en que metió a
su mujer en el manicomio llevó a "La Marquesona" a
su casa, me han dicho.
H.V.R.: No. Pasó un tiempo, un año
o año y medio. Es más, la mujer salió a
los seis meses, le dieron un alta: volvió a su
casa, estuvo unos días y volvieron a encerrarla.
Tengo la impresión de que este hombre se la quitó de
encima, de que para eso la metió en el manicomio.
P.B.:
Sí. Sí, sí, claro.
H.V.R.: Una manera de asesinarla; su objetivo,
evidentemente, era tener a la otra. Una de las razones
por las que Gustavo quiso participar, y además
en lugar de avanzada, en las campañas de los alrededores
de Madrid, fue su deseo de llegar a Ciempozuelos, entonces
en manos nacionales, que era donde estaba la madre.
P.B.: Ah, ¿entonces aún estaba la
madre allí?
H.V.R.: Sí. Murió en
el 45.
P.B.: ¡Anda!.
H.V.R.: Pasó toda la guerra en algún
otro sitio. Ingresada, claro. No se sabe dónde.
Cuando Gustavo llegó, encontró el manicomio
vacío, porque lo que habían hecho los nacionales
era evacuar a la gente de hospitales y de manicomios,
mandarla a retaguardia. Y no volvió a verla, aunque
tenía adoración por su madre. Hay unas
cartas de él a Ernesto, cuando éste ya
está en Canarias, en el 34, donde le cuenta una
visita a la madre: la adoraban todos, todos ellos tenían
una cosa muy fuerte por la madre. Después de la
guerra, y hasta que ella murió, Ernesto la fue
a ver siempre. Está claro que, para entonces,
ya estaba realmente loca.
P.B.: Ahora, en aquella casa,
yo que he estado... Con el padre viviendo con la amiga,
y con Ernesto, Gustavo y Araceli... Allí no mandaba más que el
padre, con una autoridad absoluta. Allí, los hijos,
punto en boca. El padre tenía una autoridad y
un genio de mil demonios. Le tenían horror sus
hijos... Yo me acuerdo que he comentado con algún
amigo, quizá con Federico, que nos extrañaba
cómo Gustavo, y sobre todo Ernesto, ya un hombre
hecho y derecho, vivían allí con su padre,
teniendo a la madre en el manicomio. Vamos, cómo
toleraban eso, cómo no se sublevaron y le plantaron
cara a su padre: tenían horror al padre.
H.V.R.: Yo creo que el objetivo de los varones,
por el cual no se fueron de la casa, era casar a Araceli.
Lo que no querían, ni Ernesto ni Gustavo, era
irse de la casa y dejar a la pequeña allí,
en las manos de ese padre...
P.B.: Ya, ya.
H.V.R.: Tan pronto como se casó Araceli,
se casó Ernesto también. Fue un matrimonio
arreglado, pero resultó un buen matrimonio.
P.B.:
Sí, hombre, yo me acuerdo que se casó con
aquella chica de San Sebastián, la llamábamos
siempre de diminutivo: Antoñita.
H.V.R.: ¿Conoció usted
a Ballesteros?
P.B.: Sí, sí, le conocí bastante,
a Don Antonio. Era un gran erudito en Historia. Como
catedrático era una fiera. A mí, más
de uno me ha venido a pedir recomendaciones y he dicho
no, no. "Pero don Antonio es tu amigo", me
decían, y yo contestaba: "Sí, sí,
pero basta que yo le diga una cosa y a lo mejor me retira
el saludo." Y una sobrina mía, que
estudió con él, no llegó a examinarse.
Me decía: "Oye, ¿tú no me puedes
recomendar? Tú eres amigo..." Y le contestaba: "No,
no." Pero ocurrió una cosa curiosa,
le pregunté: "¿Cuándo te examinas?" "El
mes que viene", me dijo. "Pues ya se habrá muerto." Porque
estaba gravísimo. Y efectivamente, así fue.
H.V.R.: Cuando termina la guerra, y el padre de
los Durán se suicida, Ernesto viene de Canarias
inmediatamene y se presenta en el bar del Palace, y está Ballesteros
allí. Le ve y le dice: "Tú estás
loco. ¿Qué haces aquí? Si tú no
tienes que aparecer por Madrid, ahora, con tu hermano
y toda esta historia detrás." Y le da refugio
en su casa a Ernesto Durán durante varios meses,
hasta que se arregla toda su situación. Vamos,
hasta que le legalizan. Porque claro, lo suyo era muy
difícil: el hermano perseguidísimo,
un enemigo absoluto del régimen, y él se
presenta en Madrid como si nada. Fue muy generoso de
parte de don Antonio, muy valiente. En aquel momento
era muy comprometido hacer algo así.
P.B.: Yo he
ido a la tertulia de su casa durante años...
H.V.R.: Claro, y usted tenía
amistad con Ernesto. Ellos se vieron siempre.
P.B.: Yo
con Ernesto he tenido amistad hasta que se ha muerto.
H.V.R.: A don José Durán, el padre,
llegó usted por los hijos...
P.B.: Claro, bueno,
es que don José era de Huesca,
de El Grado. No es que nos conociéramos por ser
de Huesca, sino que por la amistad con Ernesto y con
Araceli conocí a su padre, porque comía
algunas veces en su casa, y don José llegó un
día a mi casa y vino a saludar a mi padre y hablamos. Él
era de Huesca.
H.V.R.: ¿Y se conocían con su padre
de allí?
P.B.: No, no no se conocían de
nada.
H.V.R.: Él decía que era ingeniero
industrial, pero yo creo que no era cierto.
P.B.: No,
no. El industrial era Ernesto, pero don José no.
Don José era de una extracción muy modesta.
Era un hombre de mérito.
H.V.R.: Llegó a
ser coronel en la guerra de Cuba.
P.B.: Yo sabía que había estado en Cuba,
que había sido militar, pero no que había
llegado a coronel. Pero yo creo que título académico
no tenía ninguno.
H.V.R.: Opino lo mismo. Creo, eso sí, que
aprendió mucho de cuestiones técnicas en
el ejército, efectivamente, porque estaba en artillería...
P.B.:
Pues probablemente. Él tenía la
tienda ésa en la calle del Barquillo. Una de las
tiendas bonitas en Madrid. Hace tiempo que no paso.
H.V.R.: Ahora eso está transformado; toda
la calle es de productos japoneses de electrónica.
P.B.:
Lástima. Es que la tienda era Modern
Style, muy bonita. En Barcelona la hubieran conservado
como oro en paño. Porque hay pocas en Barcelona
tan bonitas como era la de don José Durán
en la calle del Barquillo: muy bonita, muy bonita.
H.V.R.: ¿Usted sabe que el Marqués
de Urquijo había sido socio de él allí,
que fundaron juntos esa casa? Ellos dos, con Romero,
el padre de Antoñita. Durán, después,
le compró la parte a los otros. Y como don José lo
que sí sabía era alemán, fue representante
de AEG.
P.B.: Sí, hombre, claro, y me acuerdo de la amistad
que tenía con el director de AEG de aquí,
que era el señor Ambruster. Tenía una casa
espléndida en Aranjuez. Algunas veces me contaba
Gustavo que había ido con su padre a casa de los
señores Ambruster en Aranjuez, y que tenían
una casa-palacio. Debían ser poderosamente ricos.
Me parece que eran judíos.
H.V.R.: Puede ser. Luego ayudaron mucho a Ernesto,
después de la guerra... El caso es que Araceli
Durán se casó con Miguel. ¿Y usted,
por qué no se casó?
P.B.: Pues no sé,
he estado tres o cuatro veces a punto de casarme.
H.V.R.: Yo no sé si le puedo imaginar a
usted casado, pero sí le puedo imaginar padre.
P.B.:
Ah, sí, yo hubiera sido muy padrazo, porque
yo, a mis numerosos sobrinos, y sobrinos nietos, los
quiero como a hijos, a todos; y no puedo estar sin verlos,
sin tratarlos. Estoy siempre con ellos y me relaciono
constantemente. Los quiero mucho a todos.
H.V.R.: ¿Y todas esas veces que estuvo
por casarse, que pasó?
P.B.: Pues que no se aclaró. Con Araceli... yo
entonces era muy joven, aún un estudiante. Después,
sí, ya con seguridad económica, dos veces
he estado a punto de casarme.
H.V.R.: ¿Se arrepintió?
P.B.:
No, no. No lo sé bien.
Horacio Vázquez Rial |