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Entrevista de HVR a
José Bello Lasierra —Pepín Bello—

Alguien ha llamado a José Bello Lasierra —Pepín Bello— "el silencioso del 27". Es el único de los miembros de esa generación que no ha dejado obra escrita, ni pintada, ni filmada. Pero su memoria, que sigue siendo impecable a los 95 años, y su amistad íntima con todos y cada uno de los miembros de ese colectivo, crecido en los alrededores de la Residencia de Estudiantes —de la que hoy Pepín es Presidente—, son dos referencias ineludibles para cuantos han trabajado y trabajan en la historia de la España de este siglo, desde biógrafos de artistas hasta narradores de las peripecias de la tauromaquia.

En diciembre de 1995, propuse a Pepín Bello hacer un libro de memorias. Me contestó que estaba demasiado cansado para eso, pero que, si yo quería, podíamos conversar. Durante tres tardes, del miércoles 10 al viernes 12 de enero de 1996, me recibió en su casa, en su despacho, y conversamos con un magnetófono delante, durante horas. Muchas de las notas que entonces tomé me resultaron de inigualable valor, tanto para el libro que estaba terminando de redactar por entonces, y que se publicó en mayo, cuatro meses más tarde —el ensayo La Guerra Civil española: una historia diferente—, como para la novela que escribí a continuación, El soldado de porcelana, sobre la vida de Gustavo Durán, aparecida en el mes de mayo pasado. Pero esas tareas me impidieron preparar las transcripciones de la cintas hasta ahora.

Había pensado, inicialmente, en agrupar por temas las distintas zonas del diálogo, desmontando las grabaciones y recomponiendo los fragmentos en un nuevo montaje. La lectura de las transcripciones me convenció de la conveniencia de intervenir lo menos posible en el ordenamiento del material: la conversación misma había generado una estructura, con una lógica propia. Para aquellos lectores que se acercaran al libro con la idea de encontrar en él información puntual sobre uno u otro asunto o personaje, bastaría con incorporar un índice onomástico. Por otra parte, creo que hay un valor de lo coloquial: el texto resulta más ameno, menos solemne, y proporciona retratos más vigorosos, anécdotas más vivas.Me he limitado, pues, a hacer ciertas correcciones elementales y a suprimir algunas reiteraciones, ateniéndome a una copia fiel de lo hablado. En la preparación de esa copia he contado con la paciencia y la amistad de Marcelino Jiménez León.
Entrevista a Pepín Bello - Primera jornada

H.V.R.: Corre por ahí una leyenda de acuerdo con la cual usted nació en Huesca por casualidad...

P.B.: ¡No, no! ¡Qué va! ¿Por casualidad? Ni mucho menos. Mi familia materna, la familia Lasierra, que es mi segundo apellido, son de Huesca. Tenemos una ejecutoria de infanzonía desde el siglo XII. Es una familia muy larga. También en Zaragoza hay Lasierra, y somos todos parientes.

H.V.R.: Pero Bello es apellido gallego. ¿Los Bello de Galicia se establecieron en Huesca?

P.B.: No exactamente. Mi padre, Isabelino Bello, era un gran ingeniero de caminos, un hombre muy competente, muy estudioso, muy trabajador y que hizo muchas cosas en su vida. Terminó la carrera con el número dos... Se ve que había otro aún más empollón que él... Entonces, todos los ingenieros de caminos, cuando terminaban la carrera, salían colocados en el Estado. Mi padre se fue a ver al subsecretario de obras públicas y le dijo que él quería Huesca. El hombre se asombró. Él había estado allí viviendo, de joven, diez años. Luego ya conoció a mi madre, se enamoró de ella y se casaron. Mi padre estuvo en Huesca hasta el año 1925, que fue cuando vino ya de director de ???? a Madrid. Yo estuve en la Residencia de Estudiantes mientras mis padres vivieron en Huesca.

H.V.R.: Su padre fue amigo de Joaquín Costa, ¿no es así?

P.B.: Sí, fue discípulo de Joaquín Costa, y éste tenía un gran afecto por mi padre.

H.V.R.: Y también estuvo relacionado con Giner de los Ríos...

P.B.: También, también. Por eso mis hermanos y yo vinimos a la Residencia. Mi hermano, el mayor, fue a la Institución Libre de Enseñanza, pero yo, más joven, ya tenía que empezar el bachillerato, y fui a la Residencia de Estudiantes en el año 1915, cuando todavía estaba en un chalé en la calle Fortuny 24.

H.V.R.: ¿Y su padre compartía en lo ideológico la línea  regeneracionista de Costa?

P.B.: Sí, totalmente.

H.V.R.: Y usted sigue en esa línea.

P.B.: Sí, yo también.

H.V.R.: Ha tenido usted, además, hermanos con preocupaciones científicas y literarias. ¿Cuántos hermanos?

P.B.: Tuve siete.

H.V.R.: ¿Todos nacidos en Huesca?

P.B.: Sí. Yo soy el segundo. Al mayor lo fusilaron aquí, en Madrid, al principio de la guerra.

H.V.R.: ¿Cómo fue eso?

P.B.: Mi pobre hermano había tenido un accidente horroroso, de automóvil, hacía siete u ocho años. Un accidente terrible, del que se salvó de milagro: perdió masa encefálica, tuvo un agujero en el frontal... ¡en fin, algo espeluznante! Y no quedó normal, quedó completamente infantil, con los intereses de un chico de diez años, aunque estaba a punto de terminar Arquitectura. Le gustaba muchísimo dibujar, y lo hacía muy bien; pero, desde que se dio el golpe, no volvió a coger un lápiz. Fue otra persona. Al principio de la guerra civil, vivía con mi madre. Un día salió de casa, dijo que iba a comprar tabaco al estanco, y hasta hoy. Me han dicho —yo no lo  he visto—, que figura en algún libro, entre los muertos de Paracuellos del Jarama. Esto ocurría en octubre de 1936.

H.V.R.: Su hermana, Adelaida Bello Lasierra, es autora de La resurreción por la ciencia.

P.B.: Sí, pero ella no tiene ningún título científico. En realidad, es un libro un poco autobiográfico, y también algo fantástico.

H.V.R.:   Su hermano Antonio ha escrito también algún libro de divulgación...

P.B.: Sí, ha escrito dos libros. La evolución desde dentro y otro más...

H.V.R.: He visto que La evolución desde dentro está publicado por El Heraldo.

P.B.: Por El Heraldo de Aragón, de Zaragoza, sí.

H.V.R.: ¿Él vive allí?

P.B.: Vive en Huesca, porque es el que lleva las fincas nuestras allí.

H.V.R.: Es decir que ustedes, en realidad, no se marcharon nunca.

P.B.: No, no. No nos marchamos. Mi hermano sigue allí. Él hizo la carrera en Madrid, estudió Ciencias Naturales y después se dedicó a las fincas en Huesca; allí vive, allí se casó, allí tiene sus hijos y allí ha enviudado.

H.V.R.: Y en Madrid se han quedado usted, su hermana...

P.B.: Mis dos hermanas.

H.V.R.: Un hermano en Aragón, tres en Madrid, uno que murió durante la guerra...

P.B.: Y había otro hermano mío que era ingeniero, el que me seguía a mí. Fue ingeniero de Iberduero toda su vida.

H.V.R.: ¿Y falleció mayor? ¿Aquí, en Madrid?

P.B.: Sí, aquí en Madrid, con setenta y pico de años.

H.V.R.: Santiago Ontañón decía que Alberti había estado enamorado de su hermana Avelina...

P.B.: Fue una cosa de juventud. Ella tuvo un Marinero en Tierra muy curioso.

H.V.R.: ¿Dedicado por él?

P.B.: Sí, ilustrado, con varias páginas de dibujos, poemas y pensamientos.

H.V.R.: Esa relación, como tantas otras, tiene su origen en los lazos que se establecieron en la Residencia de Estudiantes. Ahora se tiene la impresión de que el grupo de la Residencia de Estudiantes era reducidísimo, pero había allí muchísima gente.

P.B.: Ciento cincuenta. Los residentes éramos ciento cincuenta.

H.V.R.: De los cuales, cien, por lo menos, están perfectamente olvidados.

P.B.: Claro, claro.

H.V.R.: Y de los otros cincuenta, no todos fueron amigos. Sólo diez de los cincuenta.

P.B.: Claro, diez de los cincuenta.

H.V.R.: ¿Por qué fueron amigos exactamente los más brillantes? Porque eran de distintas edades, iban a distintos cursos...

P.B.: ¿Eso quién lo sabe? Afinidades electivas... No lo sé.

H.V.R.: De su grupo, ¿quién fue el primer huésped de la Residencia?

P.B.: El primero que va a la Residencia soy yo. Voy a hacer el bachillerato. En la Residencia no hubo más que un período, muy corto, en el que se hiciera bachillerato, en el cual estuve yo. Estaba yo, estaba Gustavo Pittaluga, Agustín Azcárate, Pepín García Rodríguez... Pero, en fin, fuimos un grupo pequeño que hicimos el bachillerato en la Residencia, cosa que cuando terminamos nosotros, desaparece, porque se crea el Instituto Escuela. Mi hermano pequeño ya va al Instituto Escuela, que no tiene nada que ver con la Residencia.

H.V.R.: Aunque represente una continuidad intelectual e ideológica.

P.B.: Sí, una continuidad, pero no es ya la Residencia. Y de los ciento cincuenta de la Residencia, pues alguna vez he visto a alguno, pero no tengo relación, no he tenido relación más que con ese grupo pequeño.

H.V.R.: Que se amplió con no residentes. Gustavo Durán, por ejemplo, no era residente pero era muy amigo de alguno de los residentes. Usted acaba de mencionar a Pittaluga. Iban por allí los Halffter, Ernesto y Rodolfo.

P.B.: Sobre todo, Ernesto.

H.V.R.: Bergamín tampoco era residente, pero era amigo.

P.B.: Era amigo, sí. Había nacido en Madrid. Era hijo de un ministro. Y era mucho mayor que nosotros, claro.

H.V.R.: ¿Quiénes eran sus amigos más íntimos en la Residencia?

P.B.: Federico, Dalí y Buñuel.

H.V.R.: ¿Cómo fueron las relaciones con ellos? Porque a Dalí lo vio después, aquí. ¿La relación con Buñuel continuó después de la guerra? ¿Fue a México, se vieron?

P.B.: Sí, sí con Buñuel he tenido relación hasta que se ha muerto, nos hemos hablado y nos hemos escrito, y si él ha venido a Madrid no ha dejado de verme. Con Buñuel, toda la vida.H.V.R.: ¿Con Dalí también? ¿O las cosas cambiaron al aparecer Gala?

P.B.: Cambiaron con Gala. Yo con ese bicho ya no quería nada.

H.V.R.: Fue como una especie de secuestro, ¿no?

P.B.: Sí, sí. Yo, con Gala, no... La conocí aquí, en Madrid, porque me dijo Camón Aznar que podía ir a ver a Dalí. Dice: "Mira, vete, está viviendo en el Palace." Bueno, pues nada, le llamé al Palace y se alegró mucho de oírme. Hacía dos o tres años que yo no le veía, y le dije: "Oye, quiero verte, quiero verte." Y dice: "¿Te parece bien aquí, en el Palace?" Digo: "Bueno, pues a mí me parece muy bien." Y fui con Camón al Palace. Claro, vivía en una suite. Y allí le presenté a Camón y tuvimos una conversación muy agradable.

H.V.R.: ¿Cuándo fue esto?

P.B.: En el cincuenta y tantos... No estaba Gala, y estuvimos allí hablando y Dalí fue muy simpático. Dalí estuvo muy expresivo, muy natural y muy cordial. Conmigo no tenía más remedio que bajar la puntería. Porque yo, un día que me cargó un poco, le dije: "Pero oye, Salvador, ¿no te cansas, tú? ¿No te cansas?" Y me dijo: "¿Cansarme, de qué?" Y le dije: "Pues eso, de estar siempre pendiente de cómo te miran y del bigote y tal, ¿no te cansas?" Y él se quedó un poco chafado, no supo responder. Yo, como vi que la cosa se podía agriar, dije: "Bueno, era una broma, y tal..."; pero, en fin, se lo solté. Ese día, con Camón y conmigo —vamos, conmigo siempre—, estuvo muy bien. Y ya cuando nos íbamos a marchar, en el gabinete de la suite, entró Gala, que venía de la calle, y Dalí nos presentó. "¿No conocéis a Gala?" "No, no." "¿Tú tampoco?" "No, no." Y Gala, pues nada, se quitó el abrigo, se metió para adentro, y como en ese momento nosotros nos marchábamos, le dijimos: "Ya nos marchamos, despídenos de Gala." Así que he estado con Gala un minuto en mi vida, un minuto. Pero ya verá usted. Estaba allí con nosotros, porque hacía un poco de edecán de Dalí, de secretario, de criado, un periodista catalán que había aquí en Madrid, que ha muerto hace poco tiempo, cuyo padre había sido de los de los "Quatre Gats", de la tertulia de Casas, de Nonell... se llamaba Miguel de Utrillo. Bueno, pues éste es el que nos presentó a Gala. Al cabo de pocos días, yo me encontré con Utrillo en el metro, me acuerdo, cuatro o seis dias después de esa presentación de Gala. Y me dijo Utrillo —pero yo no me fío mucho—, con un acento catalán terrible, no lo perdió nunca, dice: "El otro día, cuando os marchasteis Camón y tú, salió Gala y me dijo: 'Pero oye, Miguel, ¿este Bello que me has presentado es el célebre Pepín Bello, amigo de Salvador?' Dije: '¡Ah, sí, sí!' Y ella respondió: 'Pues siento no haber estado más expresiva.' " Yo no sé si fue una cosa que se sacó Utrillo de la manga para hacerse el simpático, pero es igual.

H.V.R.: ¿Usted cómo la sintió?

P.B.: A mí no me cayó bien. ¿Sabe usted que Buñuel la quiso matar? En Cadaqués. La agarró del cuello y estuvo a punto de ahogarla. Le dijo: "No te mato porque... Pero me das asco."

H.V.R.: ¿Le hizo mucho daño Gala a Dalí?

P.B.: A Dalí le hizo bien y le hizo mal, las dos cosas. Él no hubiera hecho nada sin ella.

H.V.R.: Pero era muy talentoso, además de un dibujante milagroso.

P.B.: Y listo como una flecha. Pero no sabía nada de nada, Dalí, nada de nada, de nada sabía nada. Ahora, de pintura, lo sabía todo.

H.V.R.: ¿Los errores de las cartas de Dalí son errores?

P.B.: ¡Hombre, claro, claro!

H.V.R.: Yo siempre supuse que los cometía adrede, en una suerte de gesto surrealista.

P.B.: No, no. Dalí no sabía ni español, ni catalán, ni francés, ni inglés; no sabía nada, absolutamente nada. De pintura, sí. Todo. Dalí y yo teníamos exactamente la misma edad, me llevaba un día, era un día mayor que yo, yo soy del trece y él era del doce de mayo. Cuando llegó a la Residencia, tenía diecisiete años y ya nos hablaba de pintores italianos de los cuales nosotros ni habíamos oído hablar... Lo conocía todo, todo.

H.V.R.: ¿Y usted no cree que, de todos modos, él hubiera hecho lo que hizo sin Gala?

P.B.: Él era un trabajador impenitente. Pero no era buen comerciante.

H.V.R.: Ontañón dice que, por no saber, Dalí ni siquiera sabía contar el dinero.

P.B.: Eso le ha pasado conmigo. Un día en que se iba de vacaciones, a su casa, cuando vivía en Figueras. Dice: "Oye, ¿qué dinero nesesito [sic] yo?". "Pues mira, vamos a decírselo a Lizcano", que era el administrativo de la Residencia, el que nos daba el dinero que mandaban nuestros padres. Lizcano dijo: "Pues mira, de aquí en taxi a la estación, después de que tomes el tren no tienes que comer, pero puedes tomarte un bocadillo y tal... propina al mozo... Pues con cinco duros tienes bastante" "¿Y si no tengo dinero?" "Que sí, hombre, que sí." Entonces, cinco duros era mucho dinero. "¡Mira que si no tengo bastante...!" Era tremendo, se ahogaba un vaso de agua con estas cosas... ¡con la timidez que tenía! "Que sí, hombre, que sí, que con veinticinco pesetas tienes bastante." Y dice él: "¿Pero en qué quedamos? ¿Sinco [sic] duros o veintisinco [sic] pesetas? ¡No me hagas un lío!" Dije: "Pero hombre, no seas animal, ¿no sabes que cinco duros son veinticinco pesetas?" Me contestó: "¡Háblame claro, no me confundas!" No sabía leer la hora del reloj. Un día vino de su tierra con un reloj de pulsera y dije: "A ver..." Y dice: "No, está parado, está parado. Así ya sé que siempre son las tres menos cuarto." Así que si alguien le preguntaba, decía: "Son las tres menos cuarto", pero igual eran las nueve de la noche. Era tremendo.

H.V.R.: Pero era también muy querible. No le imagina uno como un tímido.

P.B.: ¿Tímido? Era la timidez personificada, y todas esas reacciones que tiene de romper escaparates, son reacciones de tímido. El tímido, ya sabe usted que, cuando se desata, es tremendo, por su misma timidez; y esto es lo que le pasaba a Dalí. Era un tímido de libro, de antología.

H.V.R.: Debe de haber sido así toda la vida, en realidad.

P.B.: Sí, sí. Si no llega a ser por Gala, se hubiera muerto.

H.V.R.: Federico debía de ser también muy tímido.

P.B.: Lo era, sí, sí, era tímido, muy tímido. No tanto como Dalí. Dalí era patológicamente tímido. Federico era tímido también, pero de otra manera.

H.V.R.: ¿Por eso se hacía acompañar siempre?

P.B.: Federico no podía estar solo.

H.V.R.: Su hermano estuvo muy próximo, fue muy compañero de él.

P.B.: Sí, se querían mucho, muchísimo, y se admiraban mucho mutuamente. A continuación del ingreso de Federico en la Residencia vino Paco. Entonces lo conocí. Con Paco García Lorca he tenido una amistad entrañable hasta que se ha muerto. Fue una persona admirable. Y no ha dejado obra por ser hermano de Federico. Él se cortó, se dio cuenta de que Federico era un genio, y dijo: "Pues yo aquí voy a ser un segundo, y además, le voy a hacer sombra", y nada. Paco tenía una madera estupenda, una sensibilidad estupenda. Paco admiraba a Federico, pero Federico admiraba a Paco también mucho. Lo admiraba como hombre, como hombre que sabe andar con las mujeres, como hombre que conduce el coche y tal. Tenía una admiración por Paco tremenda.

H.V.R.: Y Federico era incapaz de eso, incapaz de conducir un coche.

P.B.: No, nada.

H.V.R.: Y Dalí tampoco.

P.B.: No, nada.

H.V.R.: Cosas prácticas, ninguna.

P.B.: Nada, nada absolutamente.

H.V.R.: Alberti, en cambio, debía de ser capaz de todo.

P.B.: Sí, pero no ha conducido nunca, nunca ha sido capaz de conducir.

H.V.R.: Sabía pedir. Hay un carta muy curiosa donde se dirige a Fray Justo Pérez de Urbel, que todavía no era la celebridad que fue después, pero que estaba en Silos, para pedirle alojamiento en el monasterio, porque él había estado allí y le parecía el lugar ideal para encerrarse a escribir un libro.

P.B.: Sí, ya me acuerdo de esto.

H.V.R.: Es la carta de un diplomático, de un hombre que sabe cómo pedir para que le den. Una carta que le muestra como un hombre hábil, que sabe moverse. Además, es curiosa por lo que Pérez de Urbel llegó a ser más tarde.

P.B.: Sí, sí, yo lo traté después bastante.

H.V.R.: ¿A Pérez de Urbel? Después de la guerra...

P.B.: Sí, después de la guerra.

H.V.R.: Se convirtió en una especie de historiador oficial.

P.B.: Sí, sí. Yo tengo el libro suyo de Silos. Está muy bien el libro.

H.V.R.: Era un hombre de cultura.

P.B.: Sí, de cultura y de sensibilidad. Alberti me habló siempre de Silos, antes de ir yo a Silos, que después, ya viviendo yo en Burgos, he ido mucho, muchísimo. Yo tenía allí muy buenos amigos, entre los frailes. Todos víejísimos, pero muy buenos amigos. Yo conocí al segundo abad de Silos, porque el primero fue don Gaëtan, sabe usted, el que reconstruyó Silos, el francés aquel que vino, un hombre muy sensible, muy exquisito y muy piadoso. Toda la gente mayor que yo, lo ha conocido. Yo no lo conocí. Me han hablado de él José María Cossío y Ramón Carande, gente mayor que yo... me han hablando de don Gaëtan, que era un hombre por lo visto encantador y, en el fondo, un asceta, claro. Pero yo conocí al segundo, que fue académico. Yo estuve en su toma de posesión en la Academia de la Historia y le contestó Elías Tormo. Fue muy bonito el discurso de don, y la contestación de Tormo también fue muy bonita. Una sesión muy interesante.

H.V.R.: ¿A Carande le conoció usted en Sevilla?

P.B.: Yo lo había conocido ya en Madrid, y conocía mucho a María Rosa, la hermana de Claudio de la Torre, prima hermana de Néstor, María Rosa de la Torre, hermana de esta que fue actriz, que la veo yo de vez en cuando, Josefina. La veía mucho en la tertulia de Elena Ballesteros. Ellas fueron muy, muy amigas, y yo he ido hasta el último momento a la tertulia de Elena Ballesteros, que era el último salón de Madrid del siglo pasado. Eso es lo que hacía Elena Ballesteros, y lo hacía muy bien, con gracia, con naturalidad, con elegancia y con paladar. Había gente muy heterogénea y allí se estaba muy bien.

H.V.R.: Y Josefina...

P.B.: Josefina estaba allí constantemente.

H.V.R.: Claro. Amiga íntima. Además, muy ligada a todo el grupo. Ella estrenó una de las canciones de Gustavo Durán sobre un poema de Alberti... La cantó con Gustavo al piano.

P.B.: Sí, sí. Pues a Carande yo lo conocí en Madrid, porque su mujer era María Rosa de la Torre. Murió de cien años, ¿eh? Le faltaba un mes, o días, para cumplir cien.

H.V.R.: ¿Carande y su mujer se conocieron aquí, en Madrid?

P.B.: Claudio entró con pie derecho en Madrid. Venía de Inglaterra, de ser lector de español, y había publicado allí su libro La vida del señor Alegre. Claudio lo tuvo todo abierto, era un hombre conocido y alternaba. Su hermana iría con él, no sé... Pero María Rosa y su marido se conocieron en Canarias. Yo no sé si Carande empezó su carrera de catedrático en Canarias

H.V.R.: Los que realmente vivieron en Madrid fueron Claudio y Josefina; ellos vivieron de manera estable aquí y los demás iban y venían, pero mantuvieron la casa en Canarias

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H.V.R.: Volviendo a los amigos de la Residencia. ¿Es cierta la historia amorosa entre Dalí y Lorca?

P.B.: Pues yo creo que sí. Yo no he visto nada, ¿eh?

H.V.R.: En realidad, nadie vio nada.

P.B.: No, nada; pero yo he convivido con los dos... No sé, pero puede ser y yo creo que sí.

H.V.R.: O sea, que Dalí...

P.B.: Dalí era un asexuado. Una mujer, un hombre, o ésta o la otra...

H.V.R.: ¿No le inquietaba?

P.B.: No, nada. Ya sabe usted que Dalí, con Gala, hizo el amor una vez en su vida, y se asustó de tal manera que no lo volvió a hacer nunca. Es tremendo eso, ¿eh? Al poco tiempo de unirse, hicieron el amor una vez.

H.V.R.: Ella tenía sus amantes.

P.B.: ¡Y se los pagaba él! Tranquilamente. Marineros de Port Lligat, de Cadaqués. Él estaba por encima de todo eso, del bien y del mal. A él le interesaba la pintura.

H.V.R.: ¿Y a su hermana Ana María, la conoció usted?

P.B.: Sí, sí. Y me gustó a mí, el tipo de Ana María.

H.V.R.: Era una mujer guapa. Interesante.

P.B.: Cachonda, más bien; digamos cachonda. Una mediterránea apetitosa, con sus carnes...  Ese cuadro que tiene Dalí, que lo tituló "La Ventana", la que está de espalda, con su buen culo, ésa era Ana María: con buenas carnes, atractiva, sí, sí. La traté poco, ¿eh?

H.V.R.: Siendo muy joven, además.

P.B.: Cuando vino Dalí a la Residencia, él vino con su padre y con su hermana. Allí conocí yo a don Salvador y a Ana María.

H.V.R.: ¿Cómo era el padre?

P.B.: El padre era gordo. Federico decía que era un Renán, que se parecía a Ernesto Renán... Sí. Hay una cosa curiosa. Rafael Santos Torroella tiene una idea que no es totalmente descabellada, y es que los Dalí son gitanos. ¿Podía ser, eh?

H.V.R.: Pensandolo en términos apariencia étnica, no parece nada descartable.

P.B.: No, nada. Salvador Dalí con voz aceitunada / la voz de un perfecto pincel adolescente / no la voz rota... Esa cara que tenía Dalí, un poco aceitunada.

H.V.R.: Que no es la cara que, en principio, se atribuiría a un catalán.

P.B.: No, en absoluto. Luego, Rafael habla de la maldición que el padre le lanza cuando echa a Salvador de su casa, cuando salía con Gala... es de gitanos: que se vaya, que no quiere nada con él. Por cómo lo dice y los términos en que lo dice, es una maldición gitana. El mundo está lleno de sorpresas.

H.V.R.: Si se recuerda la imagen de Dalí junto a Federico, los dos en bañador, los dos muy morenos, se podría pensar en una pareja gitana. Federico también era agitanado, y lo cultivaba. La historia es bonita. Si no es cierta, de todos modos, es una buena historia.

P.B.: Sí, y puede ser cierta, a mí no me extrañaría.

H.V.R.: ¿El padre tenía dinero?

P.B.: Sí, hombre, era notario. No ganaría lo que ganan ahora los notarios, pero tenían un buen pasar.

H.V.R.: Eran, por lo menos, clase media alta.

P.B.: Sí, sí. Yo tengo cartas y dibujos de Dalí, y me escribía muchos en papel de la notaría de su padre, en impresos que dicen: gastos, costo de tal y cual, de la escritura... y por el otro lado, que estaba en blanco, escribía la carta o dibujaba.

H.V.R.: Ana María no se casó ni tuvo ninguna historia conocida.

P.B.: No, no. Yo me pasé los últimos años queriendo ir a verla, a Barcelona.

H.V.R.: Y madre no había...

P.B.: No. Cuando yo conocí a Salvador, ella ya se había muerto. Cuando nos invitó Salvador, a Federico y a mí, a que pasásemos unas vacaciones de Semana Santa en Cadaqués, donde estaba su padre... bueno, su padre vivía en Figueras, pero, en fin, tenían la casa en Cadaqués, no en Port Lligat...  Nos invitó a Cadaqués a Federico y a mí, y yo, al final, por una cuestión de exámenes o de ejercicios, no pude ir y fue Federico. Pero me escribieron varias cartas Federico y Dalí, mandaron fotos. Una de ellas se ha publicado. Bueno, pues en esas vacaciones, cuando yo no pude ir... Dalí tenía "la tieta", la her­mana de su madre, la que lo había criado. Él la llamaba siempre "la tieta". Ella era la que escribía a Salvador a la Residencia. Generalmente no escribía el padre, escribía siempre la tieta. "Vadó" era el nombre familiar: "Querido Vadó, etc.", unas veces en español y otras en catalán. Dalí me daba la carta y me decía: "Toma, léela y cuéntamela", porque leía con dificultad; y yo leía la carta y le decía: "Pues tu tieta te dice que tu hermana se ha hecho un traje, que ha ido a una fiesta, que tu padre..., que han ido a pasar tres días a Barcelona." "Pues muy bien", me decía. "Ya que la has leído tú, contéstala tú." "Bueno, fírmala", le decía cuando la había escrito. Y me contestaba: "No, no, si la has escrito tú, fírmala tú."  Qué pensaría aquella familia de su hijo: les contestaba las cartas un amigo, firmando... Pero no le he contado lo bueno de aquellas vacaciones: a la vuelta, Federico me explicaba que llegó a la casa de Dalí, lo recibieron muy bien el padre, la hermana, la tieta, cenaron, le asignaron su cuarto, Federico vio la casa, etc. Federico se dio cuenta inmediatamente de que eran un matrimonio, la tieta y el padre, porque vio la habitación con una cama de matrimonio. Y le dijo, cuando se quedaron solos en su cuarto: "Oye, pero no me habías dicho que la tieta y tu padre se han casado." "Ah, pues yo no lo sé, eso pregúntaselo a mi hermana, que es la que vive aquí." Claro, a la mañana siguiente, Federico se lo preguntó a Ana María y ésta dijo: "Sí, hace tantos años que se casaron papá y la tieta, claro." Una cosa natural, una cosa natural: un hombre que se queda viudo, con tres hijos, y se casa con la cuñada. Pero Dalí no lo sabía, y lo justificaba diciendo que como él no vivía allí, que se lo preguntase a su hermana.

H.V.R.: ¡Qué distinta la historia de Dalí de la de Picasso!

P.B.: Picasso era bastante bicho. He leído que se ha muerto un hijo suyo que era cartero, hace pocos años, en Cannes o no sé... se suicidó. Una cosa lamentable, repugnante.

H.V.R.: Al contarme esa historia de la sexualidad de Dalí y de Gala... Claro, con Federico tuvo que haber sido platónico también, porque si se asustó tanto con una mujer, igual se asustaba con un hombre.

P.B.: Sí, claro. Supongo, supongo.

H.V.R.: No había confidencias. No era normal que la gente hablara...

P.B.: Es que hace muchos años. Estamos hablando del año veintitrés, del veinticuatro, del veinticinco. Estaba muy crudo todo, no se podía hablar de esas cosas.

H.V.R.: Ni siquiera tratándose de heterosexuales...

P.B.: No, nada. Se hablaba así, de una cosa de por arriba, de que Benavente era homosexual, el premio Nobel. Pero sin más, lo demás no nos cabía en la cabeza.

H.V.R.: Sin embargo, a la vez había, o hay, que sospechar, un cierto respecto popular por lo galante. Porque las historias amorosas de Alfonso XIII, que fueron muchas, le favorecían a los ojos del público. Le humanizaban. A la gente le gustan esas historias, sienten al rey más cerca, más como todo el mundo. La leyenda de los hijos de Alfonso fuera del matrimonio, como ese actor famoso...

P.B.: Sí, el que hizo de Alfonso XIII en la película. Picaso. Dicen que sí, que era su hijo. De él y de la actriz aquella... Es curioso, era alta, rubia, un trasunto de doña Victoria Eugenia. Es curioso, había ido a buscar una mujer que era lo más parecido a la reina, que yo recuerde, vamos. Alta, también con empaque, rubia; parecía la reina. Hombre, acabó siendo amiga de un poeta de la Generación del 27 que usted habrá oído nombrar, Juanito Chavás, que era muy amigo mío. Chavás se lió con ésta. Ya en la guerra se liaron. Era una actriz que sonó en aquel tiempo, era guapa. Pero en fin, me extrañó verla en sitios, cuando se sabía que era la amiga de don Alfonso, y me extrañó porque era un tipo muy parecido a su mujer, aunque uno pensara que iba a buscar otra cosa. Una mujer alta, rubia, serena, un poco cariátide, como era doña Victoria Eugenia.

H.V.R.: Bueno, pero tenia algo que Victoria no tenía: no era su mujer... A propósito, ¿cómo era Chavás? Es un personaje del que se habla tan poco, tan marginal, tan mal tratado.

P.B.: Pues Chavás era un hombre muy guapo y un pizca cursi. Buena persona, no mal poeta y buen amigo.

H.V.R.: Es como del aro exterior del 27. Hay un núcleo del 27, en el que están Federico, Alberti, Dámaso, y hay un aro exterior, donde están Chavás, Moreno Villa, Prados... que no son poetas menores. Prados es un poeta importante...

P.B.: Sí, sí, Prados es un poeta importante. Es el primer residente que conocí yo. Me llevó unos meses de diferencia en llegar a la Residencia, Emilio Prados.

H.V.R.: ¿Era de su misma edad?

P.B.: No, mayor que yo. Encantadora persona. Muy amigo de Federico. Prados terminó de un modo muy tremendo, en México. Él había sido comunista y se convirtió al catolicismo, pero de un modo radical y hecho un místico. Tenía un grupo de amigos necesitados a los que protegía y les pagaba todo con el poco dinero que tenía, que era el que le mandaba su hermano Miguel, que estaba trabajando en Canadá. Miguel era médico, muy amigo mío; estuvo por aquí cuando ya Emilio había muerto y me dijo: "Nos tenemos que ver", pero al poco tiempo le atacó un cáncer rápido y se murió. Pensaba haber reanudado una amistad; era mayor que yo. Emilio repartía entre los necesitados, a los que educaba y enseñaba, el dinero que Miguel, al que le iban bien las cosas, le enviaba.

H.V.R.: Siempre son los comunistas y los católicos los que se convierten. Los católicos se hacen comunistas y viceversa.

P.B.: O lo promiscuos, como Bergamín.

H.V.R.: Bergamín, después, de los años cuarenta, respira mucho liberalismo...

P.B.: Bueno, pero en fin, un hombre que se deja enterrar en San Sebastián, envuelto en la ikurriña... ¡Eso es una cosa...! Él era un hombre extraño, y lo fue toda su vida. En cierto modo, también lo fue su padre, el ministro. Don Francisco Bergamín, por ejemplo, lo primero que hace en el primer gobierno de don Alfonso, cuando es ministro de Instrucción Pública, es destituir del rectorado de Salamanca a Unamuno. Al preguntarle el motivo, dice: "Porque Unamuno ha dicho que él estaba en el rectorado por derecho propio y que de allí no le quitaba nadie." ¡Para demostrar que él podía quitarlo! Después le facilitó que volviera al rectorado, pero lo quitó de un plumazo.

H.V.R.: Otro proceso curioso, con muchas similitudes con el de Bargamín, es el de Alfonso Sastre: de Falange al comunismo, y del comunismo al nacionalismo vasco y al apoyo a ETA. ¡Qué recorrido! No es Ridruejo, que vive una experiencia y dice: "Ahora pienso otra cosa, porque la realidad me ha mostrado que esto no es así", y lo repite hasta el fin de sus días, con una coherencia absoluta.

P.B.: A Ridruejo no había más que tratarlo para echarse en sus brazos, vamos, de persona que era: inteligente, honrado, decente, era una persona extraordinaria. Una de las personas que conocí últimamente y que se me ha metido en el bolsillo.

H.V.R.: ¿Lo conoció después de la guerra?

P.B.: Sí, después de la guerra... Los amigos que lo hemos conocidos, todos después de la guerra: Chueca, Garragorri, otros y yo, se los metía en el bolsillo.

H.V.R.: ¿Quiénes fueron los amigos? Porque fue un cambio de grupo, claro, del grupo de la Residencia y del 27 se exiliaron todos, o la mayoría.

P.B.: Ya no queda ninguno.

H.V.R.: Entonces, en los años 40, usted cambió e inició otras relaciones.

P.B.: Bueno, es que yo primero estuve catorce años en Burgos. Aunque venía con frecuencia a Madrid, eso cortó.

H.V.R.: Fue otro exilio.

P.B.: Fue otro exilio, claro. El mío. ¡Y qué exilio duro, también!

............

P.B.: He leído hace poco un libro sobre Dalí: Vivencias con Dalí. Me lo prestó la directora conservadora del Reina Sofía, Ana Beristain, señora de Rodrigo de la Rua. Yo voy de vez en cuando, me invitan a cenar y nos vemos, son gente muy agradable.

H.V.R.: Es un libro muy reciente.

P.B.: Completamente actual. Es un libro muy curioso, porque su autor, un tal Puignau, es un maestro albañil que le hace las obras a Dalí en su casa. Claro, está por debajo de Dalí, lo llama "Señor Dalí" y Dalí a él lo tutea. Y le sirve un poco de administrador en Port Lligat mientras Dalí se pasa los inviernos fuera, en París y en Estados Unidos. Era un contratista albañil que fue alcalde de Port Lligat. No era insignificante, vamos, se desenvolvía solo. Por las cosas que cuenta, le anticipaba dinero a Dalí, en cosas que compraba y en obras que hacía. Vamos, luego lo cobraba, pero en fin, no era, por así decir, un criado de Dalí. No.

H.V.R.: ¿Trataba con él directamente, o con Gala?

P.B.: No, él no le tiene gran simpatía a Gala. Él dice que con Dalí se entendía siempre muy bien, pero que Gala le discutió algunas cosas.

H.V.R.: Es que, si mediaba dinero, el trato no era con Dalí...

................

H.V.R.: ¿Los putrefactos son idea suya?

P.B.: Hombre, pues eso lo han dicho en la Residencia.

H.V.R.: Ahora han echo la exposición... ¿Es cierto, usted los bautizó?

P.B.: Pues, hombre, fue entre Dalí y yo, vamos. No se si lo dijo él o lo dije yo.

H.V.R.: ¿No podría precisar?

P.B.: No, no podría precisar. Yo he tenido siempre mala memoria.

H.V.R.: Pues ha ganado con la edad.

P.B.: De las cosas viejas, me acuerdo, pero de las actuales, no. Y me acuerdo de las alturas, de los ápices, de las menudas no me acuerdo.

H.V.R.: Usted ha vivido poco en las cosas menudas. Por lo menos, ha sido corresponsal en la primera linea. Si no combatiente, corresponsal, sin duda alguna. Todo el mundo se reunía en casa de usted, en la calle Martínez Campos. Usted recibía a los amigos en casa.

P.B.: Bueno, mis hermanos y yo toda la vida tuvimos como lugar de reunión con los amigos nuestra casa. Y lo mismo mis hermanas con sus amigas.

H.V.R.: Sin embargo, no dejaba usted de concurrir a los cafés, a las tertulias.

P.B.: Sí, así es. Bueno, ahora como en Madrid ya no hay cafés... En la barra no se puede hablar, no se puede conversar. Falta la tertulia de café, la mesa de mármol... Yo he estado en muchas tertulias en aquella época. Precisamente, ahora le he escrito una carta a [Ian] Gibson, que me felicitó las Pascuas. Yo tengo muy buena amistad con Gibson, y Gibson me ha sacado muchas cosas, claro. Me quiere mucho y me respeta mucho. Por ahí está la carta. Me dice: "Me tienes que dar noticias de la tertulia y de dónde estaba el café Regina." Y le he mandado una nota sobre el café Regina, que estaba donde está ahora el Hotel Regina, en Alcalá 19, que es la casa contigua al Casino de Madrid. Allí, en los bajos, estaba el café Regina, que era de los mismos dueños que el hotel.

H.V.R.: Por esa zona había varios sitios de reunión, ¿no? Por ejemplo, el Círculo de Bellas Artes, que sigue estando. Por la época de la Residencia ya había tertulias en el Círculo. Y en la Lyon, y en la Cervecería de Correos.

P.B.: Y también estaba otro que yo he alcanzado en las postrimerías, pero a cuyas tertulias no he ido... Nada menos que Fornos, en la calle de Alcalá, esquina con Peligros.

H.V.R.: Allí se reunía gente de la generación anterior a la suya.

P.B.: Claro, allí se habían reunido Valle-Inclán, Unamuno...

H.V.R.: También Benavente. Pero ése era un personaje que usted no acababa de gustarle...

P.B.: No, no es verdad. Yo no le tenía mala ley a Benavente. Lo conocí; fue un hombre muy simpático.

H.V.R.: Sin embargo, se ha contado algo acerca de una técnica que usted había desarrollado para vomitar en medio de una representación teatral y perturbar a Benavente.

P.B.: No, eso, ya verá usted: Alberti y yo escribimos una obra de teatro, breve, para representar en un teatrito que se llamaba "El Mirlo Blanco", que tenía Baroja en su casa. En realidad era la casa de su cuñado, Caro Raggio, el editor. Era un chalé muy hermoso, y tenían una habitación en la planta baja donde se ponían sillas y había un pequeño escenario en que se representaban obras de teatro que tenían que ser escritas para eso. No podía ser una obra que se hubiera ya representado. Era algo entre los amigos y tertulianos de la familia. Y la tenía que representar el propio autor. Y allí estrenó Baroja La no sé cuantos [?] o el boticario Pantalón. Como usted sabe, en el siglo pasado eran frecuentes los dobles títulos: La verbena de la Paloma o Celos mal reprimidos. Pues bien, esa obra la hacía Baroja, y lo hacía muy bien además, don Pío, con mucha gracia. Hacía de boticario de pueblo, con un batín, con un gorro de casa, llegaba allí una mandadera de un convento, que pedía unas cosas para unas lavativas pra unas monjas...

H.V.R.: Imagino que le debía de ir bien el personaje, porque tenía pinta de boticario de pueblo.

P.B.: Sí, sí. Lo hacía muy bien, muy bien. Con su barba, no tenía que modificarse nada. Bueno, pues para ese teatro, Claudio de la Torre hizo una cosita también, me parece.

H.V.R.: Y Rivas Cherif, seguramente.

P.B.: Sí. Iba Rivas Cherif. Iba Azaña. Iba Néstor [Martín Fernández de la Torre], también.

H.V.R.: Néstor era primo de Claudio [de la Torre], ¿no?

P.B.: Primo hermano, claro. Bueno, para ese teatro escribimos Alberti y yo una obrita que se titulaba El pobre. Claro, la teníamos que representar los dos. Era para dos actores nada más. La obrita era una memez, pero, en fin...

H.V.R.: ¿No se conserva ese texto?

P.B.: No, no. Lo he perdido hace muy poco tiempo. Y lo sentí. Y Rafael lo sintió también. Lo perdí en algún traslado de casa. No, no es que fuera una joya, ni mucho menos.

H.V.R.: Hombre, tal vez no, pero tendría su gracia verlo...

P.B.: Sí. La obra consistía en que Rafael hacía de pobre, de mendigo; y estaba sentado en un carrito de cuatro ruedas, sin piernas y sin brazos. Él sabía doblarse los párpados, o sea, que era medio ciego también. Y yo hacía de diferentes personajes que pasaban por delante de él, en un sentido o en otro. Hacía de un ricacho que pasaba en un automóvil... Todo esto con un decorado muy elemental, porque no era más que un trocito de empalizada de Madrid como aquellas que había en tiempos.

H.V.R.: Las vallas cuyos tablones remataban en punta, como flechas.

P.B.: Eso y una columna de farol del alumbrado público. Y eso, muy esquemático. También había cartones. Rafael y yo estábamos caracterizados muy someramente. Hacía yo de ricacho que pasaba con un automóvil debajo del brazo, de niña jugando al aro, de beata que iba a misa, de cura, y cambiaba unas palabras con el mendigo. Y nada, esto era la obra, nada más. Bueno, había que leerla previamente y se daba el asentimiento. Y el día que la leyó Rafael yo no estuve, no pude ir, tenía alguna clase, o alguna cosa que me impidió ir. La leyó Rafael y gustó, y se aceptó. Pero después, inmediatamente, se echó el verano encima y no se llegó a estrenar.

H.V.R.: ¿Y dónde entra allí la historia del vómito?

P.B.: Bueno, que Rafael tenía que vomitar allí, porque era un hombre que estaba tan deshecho, tan imposible y tal, que vomitaba.

H.V.R.: ¿Y cómo lo hacía?

P.B.: Luis Buñuel me había explicado que una bocanada de agua con arroz da un aspecto de vomitona ...

H.V.R.: A propósito de Buñuel, circula la leyenda de que hubo una época en la que Buñuel quiso ser boxeador y usted fue su manager.

P.B.: No, lo cierto es que era aficionado al boxeo. Sí, sí. Venía por la Residencia un amigo suyo y mío, más suyo que mío, porque era más de la edad de él... Buñuel me llevaba a mí cuatro años, que de mayor no se notan, pero de joven, sí. Yo tenía dieciséis y él veinte. Este amigo suyo, era de su edad o, quizá, mayor. Se llamaba Lorenzana, no era profesional pero sí muy aficionado al boxeo. Los días de fiesta, en los jardinillos donde cada año se celebraba el final de curso en la Residencia, Buñuel, que tenía guantes, boxeaba un poco. Se presentó a un campeonado de aficionados aquí, en Madrid, en La Gimnástica, que era un club de fútbol, el primer club de fútbol que hubo en Madrid, anterior al Madrid, al Racing, al Atletic... En el equipo de La Gimnástica jugó Marañón de joven... se lo he oído contar a Don Gregorio, que él jugó en La Gimnástica. Pues en el campo de La Gimnástica, un día cualquiera y en un rincón del campo, nada, todo muy miserable, habría allí cuatro o seis, y estaríamos viendo aquello pues diez personas. Había un ring bastante desastrado... Allí Buñuel boxeó y yo hice de manager suyo. Pero ocurrió una cosa muy trágica ese día, y es que en la pelea anterior a la suya, uno mató al otro.

H.V.R.: A eso quería llegar. ¿Y usted no se lo dijo a Buñuel?

P.B.: No, claro, no se lo dije. Pensé: le va a impresionar horriblemente. Me acuerdo que era una pareja de uno achaparrado, fuertísimo, con unas espaldas... y el otro, larguirucho y alto. Era una pareja muy desproporcionada: era mucho más fuerte el bajo, ya se veía, parecía que se le iba a comer. Pero el alto puso la guardia, no dejó acercarse al que era bajo y estuvo dándole en la cabeza hasta que ya, por fin, lo dejó KO.

H.V.R.: Y lo mató.

P.B.: Se lo llevaron, y yo me fui a enterar allí, a una caseta.

H.V.R.: ¿Es cierto que el que seguía tenía que pelear con el ganador de la anterior pelea? De ser así, a Buñuel le hubiera tocado pelear con el que había matado a su contrincante.

P.B.: No, no, era otra pelea. A Buñuel le tocó pelear con uno que se llamaba... tenía un apellido muy madrileño, ahora no me acuerdo... Yo no le dije nada. Me metí por los vestuarios. Había llegado un médico, le pregunté qué había pasado y dijo: pues nada, que está muerto. Y no se lo dije a Luis, claro. En el combate de Buñuel, se tenían mucho miedo el uno al otro y el otro al uno, y nada, que no se dieron ni un golpe. Luego calificaron por puntos y le dieron la pelea al otro.

Horacio Vázquez Rial