H.V.R.: Corre por ahí una leyenda de acuerdo
con la cual usted nació en Huesca por casualidad...
P.B.: ¡No, no! ¡Qué va! ¿Por
casualidad? Ni mucho menos. Mi familia materna, la familia
Lasierra, que es mi segundo apellido, son de Huesca.
Tenemos una ejecutoria de infanzonía desde el
siglo XII. Es una familia muy larga. También en
Zaragoza hay Lasierra, y somos todos parientes.
H.V.R.: Pero Bello es apellido gallego. ¿Los
Bello de Galicia se establecieron en Huesca?
P.B.: No
exactamente. Mi padre, Isabelino Bello, era un gran ingeniero
de caminos, un hombre muy competente, muy estudioso,
muy trabajador y que hizo muchas cosas en su vida. Terminó la carrera con el número
dos... Se ve que había otro aún más
empollón que él... Entonces, todos los
ingenieros de caminos, cuando terminaban la carrera,
salían colocados en el Estado. Mi padre se fue
a ver al subsecretario de obras públicas y le
dijo que él quería Huesca. El hombre se
asombró. Él había estado allí viviendo,
de joven, diez años. Luego ya conoció a
mi madre, se enamoró de ella y se casaron. Mi
padre estuvo en Huesca hasta el año 1925, que
fue cuando vino ya de director de ???? a
Madrid. Yo estuve en la Residencia de Estudiantes mientras
mis padres vivieron en Huesca.
H.V.R.: Su padre fue amigo de Joaquín Costa, ¿no
es así?
P.B.: Sí, fue discípulo de Joaquín
Costa, y éste tenía un gran afecto por
mi padre.
H.V.R.: Y también estuvo relacionado con Giner
de los Ríos...
P.B.: También, también. Por eso mis hermanos
y yo vinimos a la Residencia. Mi hermano, el mayor, fue
a la Institución Libre de Enseñanza, pero
yo, más joven, ya tenía que empezar el
bachillerato, y fui a la Residencia de Estudiantes en
el año 1915, cuando todavía estaba en un
chalé en la calle Fortuny 24.
H.V.R.: ¿Y su padre compartía en
lo ideológico la línea regeneracionista
de Costa?
P.B.: Sí, totalmente.
H.V.R.: Y usted sigue en esa línea.
P.B.:
Sí, yo también.
H.V.R.: Ha tenido usted, además, hermanos
con preocupaciones científicas y literarias. ¿Cuántos
hermanos?
P.B.: Tuve siete.
H.V.R.: ¿Todos nacidos
en Huesca?
P.B.: Sí. Yo soy el segundo. Al mayor lo fusilaron
aquí, en Madrid, al principio de la guerra.
H.V.R.: ¿Cómo
fue eso?
P.B.: Mi pobre hermano había tenido un accidente
horroroso, de automóvil, hacía siete u
ocho años. Un accidente terrible, del que se salvó de
milagro: perdió masa encefálica, tuvo un
agujero en el frontal... ¡en fin, algo espeluznante!
Y no quedó normal, quedó completamente
infantil, con los intereses de un chico de diez años,
aunque estaba a punto de terminar Arquitectura. Le gustaba
muchísimo dibujar, y lo hacía muy bien;
pero, desde que se dio el golpe, no volvió a coger
un lápiz. Fue otra persona. Al principio de la
guerra civil, vivía con mi madre. Un día
salió de casa, dijo que iba a comprar tabaco al
estanco, y hasta hoy. Me han dicho —yo no lo he
visto—, que figura en algún libro, entre
los muertos de Paracuellos del Jarama. Esto ocurría
en octubre de 1936.
H.V.R.: Su hermana, Adelaida
Bello Lasierra, es autora de La resurreción
por la ciencia.
P.B.: Sí, pero ella no tiene ningún título
científico. En realidad, es un libro un poco autobiográfico,
y también algo fantástico.
H.V.R.: Su hermano Antonio ha escrito también
algún libro de divulgación...
P.B.: Sí,
ha escrito dos libros. La evolución
desde dentro y otro más...
H.V.R.: He
visto que La evolución desde
dentro está publicado por El Heraldo.
P.B.:
Por El Heraldo de Aragón, de Zaragoza,
sí.
H.V.R.: ¿Él vive allí?
P.B.:
Vive en Huesca, porque es el que lleva las fincas nuestras
allí.
H.V.R.: Es decir que ustedes, en realidad,
no se marcharon nunca.
P.B.: No, no. No nos marchamos.
Mi hermano sigue allí. Él
hizo la carrera en Madrid, estudió Ciencias Naturales
y después se dedicó a las fincas en Huesca;
allí vive, allí se casó, allí tiene
sus hijos y allí ha enviudado.
H.V.R.: Y
en Madrid se han quedado usted, su hermana...
P.B.: Mis
dos hermanas.
H.V.R.: Un hermano en Aragón, tres en Madrid,
uno que murió durante la guerra...
P.B.: Y había otro hermano mío que era
ingeniero, el que me seguía a mí. Fue ingeniero
de Iberduero toda su vida.
H.V.R.: ¿Y falleció mayor? ¿Aquí,
en Madrid?
P.B.: Sí, aquí en Madrid, con setenta
y pico de años.
H.V.R.: Santiago Ontañón decía
que Alberti había estado enamorado de su hermana
Avelina...
P.B.: Fue una cosa de juventud. Ella tuvo un Marinero
en Tierra muy curioso.
H.V.R.: ¿Dedicado por él?
P.B.:
Sí, ilustrado, con varias páginas
de dibujos, poemas y pensamientos.
H.V.R.: Esa relación, como tantas otras,
tiene su origen en los lazos que se establecieron en
la Residencia de Estudiantes. Ahora se tiene la impresión
de que el grupo de la Residencia de Estudiantes era reducidísimo,
pero había allí muchísima gente.
P.B.:
Ciento cincuenta. Los residentes éramos
ciento cincuenta.
H.V.R.: De los cuales, cien, por lo menos, están
perfectamente olvidados.
P.B.: Claro,
claro.
H.V.R.: Y de los otros cincuenta, no todos fueron
amigos. Sólo diez de los cincuenta.
P.B.: Claro,
diez de los cincuenta.
H.V.R.: ¿Por qué fueron amigos exactamente
los más brillantes? Porque eran de distintas edades,
iban a distintos cursos...
P.B.: ¿Eso quién lo sabe? Afinidades electivas...
No lo sé.
H.V.R.: De su grupo, ¿quién fue
el primer huésped de la Residencia?
P.B.: El primero
que va a la Residencia soy yo. Voy a hacer el bachillerato.
En la Residencia no hubo más
que un período, muy corto, en el que se hiciera
bachillerato, en el cual estuve yo. Estaba yo, estaba
Gustavo Pittaluga, Agustín Azcárate, Pepín
García Rodríguez... Pero, en fin, fuimos
un grupo pequeño que hicimos el bachillerato en
la Residencia, cosa que cuando terminamos nosotros, desaparece,
porque se crea el Instituto Escuela. Mi hermano pequeño
ya va al Instituto Escuela, que no tiene nada que ver
con la Residencia.
H.V.R.: Aunque represente una continuidad intelectual
e ideológica.
P.B.: Sí, una continuidad, pero no es ya la Residencia.
Y de los ciento cincuenta de la Residencia, pues alguna
vez he visto a alguno, pero no tengo relación,
no he tenido relación más que con ese grupo
pequeño.
H.V.R.: Que se amplió con no residentes.
Gustavo Durán, por ejemplo, no era residente pero
era muy amigo de alguno de los residentes. Usted acaba
de mencionar a Pittaluga. Iban por allí los Halffter,
Ernesto y Rodolfo.
P.B.: Sobre todo,
Ernesto.
H.V.R.: Bergamín tampoco era residente,
pero era amigo.
P.B.: Era amigo, sí. Había
nacido en Madrid. Era hijo de un ministro. Y era mucho
mayor que nosotros, claro.
H.V.R.: ¿Quiénes eran sus amigos
más íntimos en la Residencia?
P.B.: Federico,
Dalí y Buñuel.
H.V.R.: ¿Cómo
fueron las relaciones con ellos? Porque a Dalí lo
vio después,
aquí. ¿La relación con Buñuel
continuó después de la guerra? ¿Fue
a México, se vieron?
P.B.: Sí, sí con
Buñuel he tenido
relación hasta que se ha muerto, nos hemos hablado
y nos hemos escrito, y si él ha venido a Madrid
no ha dejado de verme. Con Buñuel, toda la vida.H.V.R.: ¿Con
Dalí también? ¿O
las cosas cambiaron al aparecer Gala?
P.B.: Cambiaron
con Gala. Yo con ese bicho ya no quería
nada.
H.V.R.: Fue como una especie de secuestro, ¿no?
P.B.:
Sí, sí. Yo, con Gala, no... La conocí aquí,
en Madrid, porque me dijo Camón Aznar que podía
ir a ver a Dalí. Dice: "Mira, vete, está viviendo
en el Palace." Bueno, pues nada, le llamé al
Palace y se alegró mucho de oírme. Hacía
dos o tres años que yo no le veía, y le
dije: "Oye, quiero verte, quiero verte." Y
dice: "¿Te parece bien aquí, en el
Palace?" Digo: "Bueno, pues a mí me
parece muy bien." Y fui con Camón al Palace.
Claro, vivía en una suite. Y allí le presenté a
Camón y tuvimos una conversación muy agradable.
H.V.R.: ¿Cuándo
fue esto?
P.B.: En el cincuenta y tantos... No estaba
Gala, y estuvimos allí hablando y Dalí fue muy
simpático. Dalí estuvo muy expresivo, muy
natural y muy cordial. Conmigo no tenía más
remedio que bajar la puntería. Porque yo, un día
que me cargó un poco, le dije: "Pero oye,
Salvador, ¿no te cansas, tú? ¿No
te cansas?" Y me dijo: "¿Cansarme, de
qué?" Y le dije: "Pues eso, de estar
siempre pendiente de cómo te miran y del bigote
y tal, ¿no te cansas?" Y él se quedó un
poco chafado, no supo responder. Yo, como vi que la cosa
se podía agriar, dije: "Bueno, era una broma,
y tal..."; pero, en fin, se lo solté. Ese
día, con Camón y conmigo —vamos,
conmigo siempre—, estuvo muy bien. Y ya cuando
nos íbamos a marchar, en el gabinete de la suite,
entró Gala, que venía de la calle, y Dalí nos
presentó. "¿No conocéis a Gala?" "No,
no." "¿Tú tampoco?" "No,
no." Y Gala, pues nada, se quitó el abrigo,
se metió para adentro, y como en ese momento nosotros
nos marchábamos, le dijimos: "Ya nos marchamos,
despídenos de Gala." Así que he estado
con Gala un minuto en mi vida, un minuto. Pero ya verá usted.
Estaba allí con nosotros, porque hacía
un poco de edecán de Dalí, de secretario,
de criado, un periodista catalán que había
aquí en Madrid, que ha muerto hace poco tiempo,
cuyo padre había sido de los de los "Quatre
Gats", de la tertulia de Casas, de Nonell... se
llamaba Miguel de Utrillo. Bueno, pues éste es
el que nos presentó a Gala. Al cabo de pocos días,
yo me encontré con Utrillo en el metro, me acuerdo,
cuatro o seis dias después de esa presentación
de Gala. Y me dijo Utrillo —pero yo no me fío
mucho—, con un acento catalán terrible,
no lo perdió nunca, dice: "El otro día,
cuando os marchasteis Camón y tú, salió Gala
y me dijo: 'Pero oye, Miguel, ¿este Bello que
me has presentado es el célebre Pepín Bello,
amigo de Salvador?' Dije: '¡Ah, sí, sí!'
Y ella respondió: 'Pues siento no haber estado
más expresiva.' " Yo no sé si fue
una cosa que se sacó Utrillo de la manga para
hacerse el simpático, pero es igual.
H.V.R.: ¿Usted cómo la sintió?
P.B.:
A mí no me cayó bien. ¿Sabe
usted que Buñuel la quiso matar? En Cadaqués.
La agarró del cuello y estuvo a punto de ahogarla.
Le dijo: "No te mato porque... Pero me das asco."
H.V.R.: ¿Le hizo mucho daño Gala
a Dalí?
P.B.: A Dalí le hizo bien y le hizo mal, las
dos cosas. Él no hubiera hecho nada sin ella.
H.V.R.: Pero era muy talentoso, además
de un dibujante milagroso.
P.B.: Y listo como una flecha.
Pero no sabía
nada de nada, Dalí, nada de nada, de nada sabía
nada. Ahora, de pintura, lo sabía todo.
H.V.R.: ¿Los errores de las cartas de Dalí son
errores?
P.B.: ¡Hombre, claro, claro!
H.V.R.: Yo siempre supuse que los cometía
adrede, en una suerte de gesto surrealista.
P.B.: No,
no. Dalí no sabía ni español,
ni catalán, ni francés, ni inglés;
no sabía nada, absolutamente nada. De pintura,
sí. Todo. Dalí y yo teníamos exactamente
la misma edad, me llevaba un día, era un día
mayor que yo, yo soy del trece y él era del doce
de mayo. Cuando llegó a la Residencia, tenía
diecisiete años y ya nos hablaba de pintores italianos
de los cuales nosotros ni habíamos oído
hablar... Lo conocía todo, todo.
H.V.R.: ¿Y usted no cree que, de todos
modos, él hubiera hecho lo que hizo sin Gala?
P.B.: Él
era un trabajador impenitente. Pero no era buen comerciante.
H.V.R.: Ontañón dice que, por no
saber, Dalí ni siquiera sabía contar el
dinero.
P.B.: Eso le ha pasado conmigo. Un día en que
se iba de vacaciones, a su casa, cuando vivía
en Figueras. Dice: "Oye, ¿qué dinero
nesesito [sic] yo?". "Pues mira, vamos a decírselo
a Lizcano", que era el administrativo de la Residencia,
el que nos daba el dinero que mandaban nuestros padres.
Lizcano dijo: "Pues mira, de aquí en taxi
a la estación, después de que tomes el
tren no tienes que comer, pero puedes tomarte un bocadillo
y tal... propina al mozo... Pues con cinco duros tienes
bastante" "¿Y si no tengo dinero?" "Que
sí, hombre, que sí." Entonces, cinco
duros era mucho dinero. "¡Mira que si no tengo
bastante...!" Era tremendo, se ahogaba un vaso de
agua con estas cosas... ¡con la timidez que tenía! "Que
sí, hombre, que sí, que con veinticinco
pesetas tienes bastante." Y dice él: "¿Pero
en qué quedamos? ¿Sinco [sic] duros o veintisinco
[sic] pesetas? ¡No me hagas un lío!" Dije: "Pero
hombre, no seas animal, ¿no sabes que cinco duros
son veinticinco pesetas?" Me contestó: "¡Háblame
claro, no me confundas!" No sabía leer la
hora del reloj. Un día vino de su tierra con un
reloj de pulsera y dije: "A ver..." Y dice: "No,
está parado, está parado. Así ya
sé que siempre son las tres menos cuarto." Así que
si alguien le preguntaba, decía: "Son las
tres menos cuarto", pero igual eran las nueve de
la noche. Era tremendo.
H.V.R.: Pero era también muy querible.
No le imagina uno como un tímido.
P.B.: ¿Tímido? Era la timidez personificada,
y todas esas reacciones que tiene de romper escaparates,
son reacciones de tímido. El tímido, ya
sabe usted que, cuando se desata, es tremendo, por su
misma timidez; y esto es lo que le pasaba a Dalí.
Era un tímido de libro, de antología.
H.V.R.: Debe de haber sido así toda
la vida, en realidad.
P.B.: Sí, sí. Si no
llega a ser por Gala, se hubiera muerto.
H.V.R.: Federico debía de ser también
muy tímido.
P.B.: Lo era, sí, sí, era tímido,
muy tímido. No tanto como Dalí. Dalí era
patológicamente tímido. Federico era tímido
también, pero de otra manera.
H.V.R.: ¿Por eso se hacía acompañar
siempre?
P.B.: Federico no podía estar solo.
H.V.R.: Su hermano estuvo muy próximo,
fue muy compañero de él.
P.B.: Sí, se querían mucho, muchísimo,
y se admiraban mucho mutuamente. A continuación
del ingreso de Federico en la Residencia vino Paco. Entonces
lo conocí. Con Paco García Lorca he tenido
una amistad entrañable hasta que se ha muerto.
Fue una persona admirable. Y no ha dejado obra por ser
hermano de Federico. Él se cortó, se dio
cuenta de que Federico era un genio, y dijo: "Pues
yo aquí voy a ser un segundo, y además,
le voy a hacer sombra", y nada. Paco tenía
una madera estupenda, una sensibilidad estupenda. Paco
admiraba a Federico, pero Federico admiraba a Paco también
mucho. Lo admiraba como hombre, como hombre que sabe
andar con las mujeres, como hombre que conduce el coche
y tal. Tenía una admiración por Paco tremenda.
H.V.R.: Y
Federico era incapaz de eso, incapaz de conducir un coche.
P.B.:
No, nada.
H.V.R.: Y Dalí tampoco.
P.B.: No, nada.
H.V.R.: Cosas prácticas,
ninguna.
P.B.: Nada, nada absolutamente.
H.V.R.: Alberti, en cambio, debía
de ser capaz de todo.
P.B.: Sí, pero no ha conducido
nunca, nunca ha sido capaz de conducir.
H.V.R.: Sabía pedir. Hay un carta muy curiosa
donde se dirige a Fray Justo Pérez de Urbel, que
todavía no era la celebridad que fue después,
pero que estaba en Silos, para pedirle alojamiento en
el monasterio, porque él había estado allí y
le parecía el lugar ideal para encerrarse a escribir
un libro.
P.B.: Sí, ya me acuerdo de esto.
H.V.R.: Es la carta de un diplomático,
de un hombre que sabe cómo pedir para que le den.
Una carta que le muestra como un hombre hábil,
que sabe moverse. Además, es curiosa por lo que
Pérez de Urbel llegó a ser más tarde.
P.B.:
Sí, sí, yo lo traté después
bastante.
H.V.R.: ¿A Pérez de Urbel? Después
de la guerra...
P.B.: Sí, después de la
guerra.
H.V.R.: Se convirtió en una especie
de historiador oficial.
P.B.: Sí, sí. Yo tengo el libro suyo de
Silos. Está muy bien el libro.
H.V.R.: Era
un hombre de cultura.
P.B.: Sí, de cultura y de sensibilidad. Alberti
me habló siempre de Silos, antes de ir yo a Silos,
que después, ya viviendo yo en Burgos, he ido
mucho, muchísimo. Yo tenía allí muy
buenos amigos, entre los frailes. Todos víejísimos,
pero muy buenos amigos. Yo conocí al segundo abad
de Silos, porque el primero fue don Gaëtan,
sabe usted, el que reconstruyó Silos, el francés
aquel que vino, un hombre muy sensible, muy exquisito
y muy piadoso. Toda la gente mayor que yo, lo ha conocido.
Yo no lo conocí. Me han hablado de él José María
Cossío y Ramón Carande, gente mayor que
yo... me han hablando de don Gaëtan,
que era un hombre por lo visto encantador y, en el fondo,
un asceta, claro. Pero yo conocí al segundo, que
fue académico. Yo estuve en su toma de posesión
en la Academia de la Historia y le contestó Elías
Tormo. Fue muy bonito el discurso de don,
y la contestación de Tormo también fue
muy bonita. Una sesión muy interesante.
H.V.R.: ¿A Carande le conoció usted
en Sevilla?
P.B.: Yo lo había conocido ya en Madrid, y conocía
mucho a María Rosa, la hermana de Claudio de la
Torre, prima hermana de Néstor, María Rosa
de la Torre, hermana de esta que fue actriz, que la veo
yo de vez en cuando, Josefina. La veía mucho en
la tertulia de Elena Ballesteros. Ellas fueron muy, muy
amigas, y yo he ido hasta el último momento a
la tertulia de Elena Ballesteros, que era el último
salón de Madrid del siglo pasado. Eso es lo que
hacía Elena Ballesteros, y lo hacía muy
bien, con gracia, con naturalidad, con elegancia y con
paladar. Había gente muy heterogénea y
allí se estaba muy bien.
H.V.R.: Y Josefina...
P.B.: Josefina estaba allí constantemente.
H.V.R.: Claro. Amiga íntima. Además,
muy ligada a todo el grupo. Ella estrenó una de
las canciones de Gustavo Durán sobre un poema
de Alberti... La cantó con Gustavo al piano.
P.B.:
Sí, sí. Pues a Carande yo lo conocí en
Madrid, porque su mujer era María Rosa de la Torre.
Murió de cien años, ¿eh? Le faltaba
un mes, o días, para cumplir cien.
H.V.R.: ¿Carande y su mujer se conocieron
aquí, en Madrid?
P.B.: Claudio entró con pie derecho en Madrid.
Venía de Inglaterra, de ser lector de español,
y había publicado allí su libro La
vida del señor Alegre. Claudio lo tuvo todo
abierto, era un hombre conocido y alternaba. Su hermana
iría con él, no sé... Pero María
Rosa y su marido se conocieron en Canarias. Yo no sé si
Carande empezó su carrera de catedrático
en Canarias
H.V.R.: Los que realmente vivieron en Madrid fueron
Claudio y Josefina; ellos vivieron de manera estable
aquí y los demás iban y venían,
pero mantuvieron la casa en Canarias
........
H.V.R.: Volviendo
a los amigos de la Residencia. ¿Es
cierta la historia amorosa entre Dalí y Lorca?
P.B.:
Pues yo creo que sí. Yo no he visto nada, ¿eh?
H.V.R.: En
realidad, nadie vio nada.
P.B.: No, nada; pero yo he convivido
con los dos... No sé, pero puede ser y yo creo que sí.
H.V.R.: O sea, que Dalí...
P.B.: Dalí era un asexuado. Una mujer, un hombre,
o ésta o la otra...
H.V.R.: ¿No le
inquietaba?
P.B.: No, nada. Ya sabe usted que Dalí, con Gala,
hizo el amor una vez en su vida, y se asustó de
tal manera que no lo volvió a hacer nunca. Es
tremendo eso, ¿eh? Al poco tiempo de unirse, hicieron
el amor una vez.
H.V.R.: Ella tenía sus amantes.
P.B.: ¡Y se los pagaba él! Tranquilamente.
Marineros de Port Lligat, de Cadaqués. Él
estaba por encima de todo eso, del bien y del mal. A él
le interesaba la pintura.
H.V.R.: ¿Y a su hermana Ana María,
la conoció usted?
P.B.: Sí, sí. Y me gustó a mí,
el tipo de Ana María.
H.V.R.: Era una mujer
guapa. Interesante.
P.B.: Cachonda, más bien; digamos cachonda. Una
mediterránea apetitosa, con sus carnes... Ese
cuadro que tiene Dalí, que lo tituló "La
Ventana", la que está de espalda, con su
buen culo, ésa era Ana María: con buenas
carnes, atractiva, sí, sí. La traté poco, ¿eh?
H.V.R.: Siendo muy joven, además.
P.B.: Cuando
vino Dalí a la Residencia, él
vino con su padre y con su hermana. Allí conocí yo
a don Salvador y a Ana María.
H.V.R.: ¿Cómo
era el padre?
P.B.: El padre era gordo. Federico decía que
era un Renán, que se parecía a Ernesto
Renán... Sí. Hay una cosa curiosa. Rafael
Santos Torroella tiene una idea que no es totalmente
descabellada, y es que los Dalí son gitanos. ¿Podía
ser, eh?
H.V.R.: Pensandolo en términos apariencia étnica,
no parece nada descartable.
P.B.: No, nada. Salvador Dalí con voz aceitunada
/ la voz de un perfecto pincel adolescente / no la voz
rota... Esa cara que tenía Dalí, un poco
aceitunada.
H.V.R.: Que no es la cara que, en principio, se
atribuiría a un catalán.
P.B.: No, en absoluto.
Luego, Rafael habla de la maldición
que el padre le lanza cuando echa a Salvador de su casa,
cuando salía con Gala... es de gitanos: que se
vaya, que no quiere nada con él. Por cómo
lo dice y los términos en que lo dice, es una
maldición gitana. El mundo está lleno de
sorpresas.
H.V.R.: Si se recuerda la imagen de Dalí junto
a Federico, los dos en bañador, los dos muy morenos,
se podría pensar en una pareja gitana. Federico
también era agitanado, y lo cultivaba. La historia
es bonita. Si no es cierta, de todos modos, es una buena
historia.
P.B.: Sí, y puede ser cierta, a mí no
me extrañaría.
H.V.R.: ¿El padre tenía
dinero?
P.B.: Sí, hombre, era notario. No ganaría
lo que ganan ahora los notarios, pero tenían un
buen pasar.
H.V.R.: Eran, por lo menos, clase media
alta.
P.B.: Sí, sí. Yo tengo cartas y dibujos
de Dalí, y me escribía muchos en papel
de la notaría de su padre, en impresos que dicen:
gastos, costo de tal y cual, de la escritura... y por
el otro lado, que estaba en blanco, escribía la
carta o dibujaba.
H.V.R.: Ana María no se casó ni
tuvo ninguna historia conocida.
P.B.: No, no. Yo me pasé los últimos años
queriendo ir a verla, a Barcelona.
H.V.R.: Y madre no había...
P.B.: No. Cuando
yo conocí a Salvador, ella ya
se había muerto. Cuando nos invitó Salvador,
a Federico y a mí, a que pasásemos unas
vacaciones de Semana Santa en Cadaqués, donde
estaba su padre... bueno, su padre vivía en Figueras,
pero, en fin, tenían la casa en Cadaqués,
no en Port Lligat... Nos invitó a Cadaqués
a Federico y a mí, y yo, al final, por una cuestión
de exámenes o de ejercicios, no pude ir y fue
Federico. Pero me escribieron varias cartas Federico
y Dalí, mandaron fotos. Una de ellas se ha publicado.
Bueno, pues en esas vacaciones, cuando yo no pude ir...
Dalí tenía "la tieta", la hermana
de su madre, la que lo había criado. Él
la llamaba siempre "la tieta". Ella era la
que escribía a Salvador a la Residencia. Generalmente
no escribía el padre, escribía siempre
la tieta. "Vadó" era el nombre familiar: "Querido
Vadó, etc.", unas veces en español
y otras en catalán. Dalí me daba la carta
y me decía: "Toma, léela y cuéntamela",
porque leía con dificultad; y yo leía la
carta y le decía: "Pues tu tieta te dice
que tu hermana se ha hecho un traje, que ha ido a una
fiesta, que tu padre..., que han ido a pasar tres días
a Barcelona." "Pues muy bien", me decía. "Ya
que la has leído tú, contéstala
tú." "Bueno, fírmala", le
decía cuando la había escrito. Y me contestaba: "No,
no, si la has escrito tú, fírmala tú." Qué pensaría
aquella familia de su hijo: les contestaba las cartas
un amigo, firmando... Pero no le he contado lo bueno
de aquellas vacaciones: a la vuelta, Federico me explicaba
que llegó a la casa de Dalí, lo recibieron
muy bien el padre, la hermana, la tieta, cenaron, le
asignaron su cuarto, Federico vio la casa, etc. Federico
se dio cuenta inmediatamente de que eran un matrimonio,
la tieta y el padre, porque vio la habitación
con una cama de matrimonio. Y le dijo, cuando se quedaron
solos en su cuarto: "Oye, pero no me habías
dicho que la tieta y tu padre se han casado." "Ah,
pues yo no lo sé, eso pregúntaselo a mi
hermana, que es la que vive aquí." Claro,
a la mañana siguiente, Federico se lo preguntó a
Ana María y ésta dijo: "Sí,
hace tantos años que se casaron papá y
la tieta, claro." Una cosa natural, una cosa natural:
un hombre que se queda viudo, con tres hijos, y se casa
con la cuñada. Pero Dalí no lo sabía,
y lo justificaba diciendo que como él no vivía
allí, que se lo preguntase a su hermana.
H.V.R.: ¡Qué distinta la historia
de Dalí de la de Picasso!
P.B.: Picasso era bastante
bicho. He leído que
se ha muerto un hijo suyo que era cartero, hace pocos
años, en Cannes o no sé... se suicidó.
Una cosa lamentable, repugnante.
H.V.R.: Al contarme esa historia de la sexualidad
de Dalí y de Gala... Claro, con Federico tuvo
que haber sido platónico también, porque
si se asustó tanto con una mujer, igual se asustaba
con un hombre.
P.B.: Sí, claro. Supongo, supongo.
H.V.R.: No había
confidencias. No era normal que la gente hablara...
P.B.:
Es que hace muchos años. Estamos hablando
del año veintitrés, del veinticuatro, del
veinticinco. Estaba muy crudo todo, no se podía
hablar de esas cosas.
H.V.R.: Ni siquiera tratándose
de heterosexuales...
P.B.: No, nada. Se hablaba así, de una cosa de
por arriba, de que Benavente era homosexual, el premio
Nobel. Pero sin más, lo demás no nos cabía
en la cabeza.
H.V.R.: Sin embargo, a la vez había, o
hay, que sospechar, un cierto respecto popular por lo
galante. Porque las historias amorosas de Alfonso XIII,
que fueron muchas, le favorecían a los ojos del
público. Le humanizaban. A la gente le gustan
esas historias, sienten al rey más cerca, más
como todo el mundo. La leyenda de los hijos de Alfonso
fuera del matrimonio, como ese actor famoso...
P.B.: Sí, el que hizo de Alfonso XIII en la película. Picaso. Dicen
que sí, que era su hijo. De él y de la
actriz aquella... Es curioso, era alta, rubia, un trasunto
de doña Victoria Eugenia. Es curioso, había
ido a buscar una mujer que era lo más parecido
a la reina, que yo recuerde, vamos. Alta, también
con empaque, rubia; parecía la reina. Hombre,
acabó siendo amiga de un poeta de la Generación
del 27 que usted habrá oído nombrar, Juanito
Chavás, que era muy amigo mío. Chavás
se lió con ésta. Ya en la guerra se liaron.
Era una actriz que sonó en aquel tiempo, era guapa.
Pero en fin, me extrañó verla en sitios,
cuando se sabía que era la amiga de don Alfonso,
y me extrañó porque era un tipo muy parecido
a su mujer, aunque uno pensara que iba a buscar otra
cosa. Una mujer alta, rubia, serena, un poco cariátide,
como era doña Victoria Eugenia.
H.V.R.: Bueno, pero tenia algo que Victoria no
tenía: no era su mujer... A propósito, ¿cómo
era Chavás? Es un personaje del que se habla tan
poco, tan marginal, tan mal tratado.
P.B.: Pues Chavás
era un hombre muy guapo y un pizca cursi. Buena persona,
no mal poeta y buen amigo.
H.V.R.: Es como del aro exterior del 27. Hay un
núcleo del 27, en el que están Federico,
Alberti, Dámaso, y hay un aro exterior, donde
están Chavás, Moreno Villa, Prados... que
no son poetas menores. Prados es un poeta importante...
P.B.:
Sí, sí, Prados es un poeta importante.
Es el primer residente que conocí yo. Me llevó unos
meses de diferencia en llegar a la Residencia, Emilio
Prados.
H.V.R.: ¿Era de su misma edad?
P.B.: No,
mayor que yo. Encantadora persona. Muy amigo de Federico.
Prados terminó de un modo muy tremendo,
en México. Él había sido comunista
y se convirtió al catolicismo, pero de un modo
radical y hecho un místico. Tenía un grupo
de amigos necesitados a los que protegía y les
pagaba todo con el poco dinero que tenía, que
era el que le mandaba su hermano Miguel, que estaba trabajando
en Canadá. Miguel era médico, muy amigo
mío; estuvo por aquí cuando ya Emilio había
muerto y me dijo: "Nos tenemos que ver", pero
al poco tiempo le atacó un cáncer rápido
y se murió. Pensaba haber reanudado una amistad;
era mayor que yo. Emilio repartía entre los necesitados,
a los que educaba y enseñaba, el dinero que Miguel,
al que le iban bien las cosas, le enviaba.
H.V.R.: Siempre son los comunistas y los católicos
los que se convierten. Los católicos se hacen
comunistas y viceversa.
P.B.: O lo promiscuos, como Bergamín.
H.V.R.: Bergamín, después, de los
años cuarenta, respira mucho liberalismo...
P.B.:
Bueno, pero en fin, un hombre que se deja enterrar en
San Sebastián, envuelto en la ikurriña... ¡Eso
es una cosa...! Él era un hombre extraño,
y lo fue toda su vida. En cierto modo, también
lo fue su padre, el ministro. Don Francisco Bergamín,
por ejemplo, lo primero que hace en el primer gobierno
de don Alfonso, cuando es ministro de Instrucción
Pública, es destituir del rectorado de Salamanca
a Unamuno. Al preguntarle el motivo, dice: "Porque
Unamuno ha dicho que él estaba en el rectorado
por derecho propio y que de allí no le quitaba
nadie." ¡Para demostrar que él podía
quitarlo! Después le facilitó que volviera
al rectorado, pero lo quitó de un plumazo.
H.V.R.: Otro proceso curioso, con muchas similitudes
con el de Bargamín, es el de Alfonso Sastre: de
Falange al comunismo, y del comunismo al nacionalismo
vasco y al apoyo a ETA. ¡Qué recorrido!
No es Ridruejo, que vive una experiencia y dice: "Ahora
pienso otra cosa, porque la realidad me ha mostrado que
esto no es así", y lo repite hasta el fin
de sus días, con una coherencia absoluta.
P.B.:
A Ridruejo no había más que tratarlo
para echarse en sus brazos, vamos, de persona que era:
inteligente, honrado, decente, era una persona extraordinaria.
Una de las personas que conocí últimamente
y que se me ha metido en el bolsillo.
H.V.R.: ¿Lo conoció después
de la guerra?
P.B.: Sí, después de la guerra... Los
amigos que lo hemos conocidos, todos después de
la guerra: Chueca, Garragorri, otros y yo, se los metía
en el bolsillo.
H.V.R.: ¿Quiénes fueron los amigos?
Porque fue un cambio de grupo, claro, del grupo de la
Residencia y del 27 se exiliaron todos, o la mayoría.
P.B.:
Ya no queda ninguno.
H.V.R.: Entonces, en los años 40, usted
cambió e inició otras relaciones.
P.B.:
Bueno, es que yo primero estuve catorce años
en Burgos. Aunque venía con frecuencia a Madrid,
eso cortó.
H.V.R.: Fue otro exilio.
P.B.: Fue otro exilio,
claro. El mío. ¡Y
qué exilio duro, también!
............
P.B.: He leído hace poco un libro sobre Dalí: Vivencias
con Dalí. Me lo prestó la directora
conservadora del Reina Sofía, Ana Beristain,
señora de Rodrigo de la Rua. Yo voy de vez en
cuando, me invitan a cenar y nos vemos, son gente muy
agradable.
H.V.R.: Es un libro muy reciente.
P.B.: Completamente
actual. Es un libro muy curioso, porque su autor, un
tal Puignau, es un maestro albañil
que le hace las obras a Dalí en su casa. Claro,
está por debajo de Dalí, lo llama "Señor
Dalí" y Dalí a él lo tutea.
Y le sirve un poco de administrador en Port Lligat mientras
Dalí se pasa los inviernos fuera, en París
y en Estados Unidos. Era un contratista albañil
que fue alcalde de Port Lligat. No era insignificante,
vamos, se desenvolvía solo. Por las cosas que
cuenta, le anticipaba dinero a Dalí, en cosas
que compraba y en obras que hacía. Vamos, luego
lo cobraba, pero en fin, no era, por así decir,
un criado de Dalí. No.
H.V.R.: ¿Trataba con él
directamente, o con Gala?
P.B.: No, él no le tiene gran simpatía
a Gala. Él dice que con Dalí se entendía
siempre muy bien, pero que Gala le discutió algunas
cosas.
H.V.R.: Es que, si mediaba dinero, el trato no
era con Dalí...
................
H.V.R.: ¿Los putrefactos
son idea suya?
P.B.: Hombre, pues eso lo han dicho en
la Residencia.
H.V.R.: Ahora han echo la exposición... ¿Es
cierto, usted los bautizó?
P.B.: Pues, hombre,
fue entre Dalí y yo, vamos.
No se si lo dijo él o lo dije yo.
H.V.R.: ¿No podría
precisar?
P.B.: No, no podría precisar. Yo he tenido
siempre mala memoria.
H.V.R.: Pues ha ganado con
la edad.
P.B.: De las cosas viejas, me acuerdo, pero de
las actuales, no. Y me acuerdo de las alturas, de los ápices,
de las menudas no me acuerdo.
H.V.R.: Usted ha vivido poco en las cosas menudas.
Por lo menos, ha sido corresponsal en la primera linea.
Si no combatiente, corresponsal, sin duda alguna. Todo
el mundo se reunía en casa de usted, en la calle
Martínez Campos. Usted recibía a los amigos
en casa.
P.B.: Bueno, mis hermanos y yo toda la vida tuvimos
como lugar de reunión con los amigos nuestra casa.
Y lo mismo mis hermanas con sus amigas.
H.V.R.: Sin embargo, no dejaba usted de concurrir
a los cafés, a las tertulias.
P.B.: Sí, así es. Bueno, ahora como en
Madrid ya no hay cafés... En la barra no se puede
hablar, no se puede conversar. Falta la tertulia de café,
la mesa de mármol... Yo he estado en muchas tertulias
en aquella época. Precisamente, ahora le he escrito
una carta a [Ian] Gibson, que me felicitó las
Pascuas. Yo tengo muy buena amistad con Gibson, y Gibson
me ha sacado muchas cosas, claro. Me quiere mucho y me
respeta mucho. Por ahí está la carta. Me
dice: "Me tienes que dar noticias de la tertulia
y de dónde estaba el café Regina." Y
le he mandado una nota sobre el café Regina, que
estaba donde está ahora el Hotel Regina, en Alcalá 19,
que es la casa contigua al Casino de Madrid. Allí,
en los bajos, estaba el café Regina, que era de
los mismos dueños que el hotel.
H.V.R.: Por esa zona había varios sitios
de reunión, ¿no? Por ejemplo, el Círculo
de Bellas Artes, que sigue estando. Por la época
de la Residencia ya había tertulias en el Círculo.
Y en la Lyon, y en la Cervecería de Correos.
P.B.:
Y también estaba otro que yo he alcanzado
en las postrimerías, pero a cuyas tertulias no
he ido... Nada menos que Fornos, en la calle de Alcalá,
esquina con Peligros.
H.V.R.: Allí se reunía gente de
la generación anterior a la suya.
P.B.: Claro,
allí se habían reunido Valle-Inclán,
Unamuno...
H.V.R.: También Benavente. Pero ése
era un personaje que usted no acababa de gustarle...
P.B.:
No, no es verdad. Yo no le tenía mala ley
a Benavente. Lo conocí; fue un hombre muy simpático.
H.V.R.: Sin embargo, se ha contado algo acerca
de una técnica que usted había desarrollado
para vomitar en medio de una representación teatral
y perturbar a Benavente.
P.B.: No, eso, ya verá usted: Alberti y yo escribimos
una obra de teatro, breve, para representar en un teatrito
que se llamaba "El Mirlo Blanco", que tenía
Baroja en su casa. En realidad era la casa de su cuñado,
Caro Raggio, el editor. Era un chalé muy hermoso,
y tenían una habitación en la planta baja
donde se ponían sillas y había un pequeño
escenario en que se representaban obras de teatro que
tenían que ser escritas para eso. No podía
ser una obra que se hubiera ya representado. Era algo
entre los amigos y tertulianos de la familia. Y la tenía
que representar el propio autor. Y allí estrenó Baroja La
no sé cuantos [?] o el boticario Pantalón.
Como usted sabe, en el siglo pasado eran frecuentes los
dobles títulos: La verbena de la Paloma o
Celos mal reprimidos. Pues bien, esa obra la hacía
Baroja, y lo hacía muy bien además, don
Pío, con mucha gracia. Hacía de boticario
de pueblo, con un batín, con un gorro de casa,
llegaba allí una mandadera de un convento, que
pedía unas cosas para unas lavativas pra unas
monjas...
H.V.R.: Imagino que le debía de
ir bien el personaje, porque tenía pinta de boticario
de pueblo.
P.B.: Sí, sí. Lo hacía
muy bien, muy bien. Con su barba, no tenía que
modificarse nada. Bueno, pues para ese teatro, Claudio
de la Torre hizo una cosita también, me parece.
H.V.R.: Y
Rivas Cherif, seguramente.
P.B.: Sí. Iba Rivas Cherif. Iba Azaña.
Iba Néstor [Martín Fernández de
la Torre], también.
H.V.R.: Néstor era primo de Claudio [de
la Torre], ¿no?
P.B.: Primo hermano, claro. Bueno,
para ese teatro escribimos Alberti y yo una obrita que
se titulaba El pobre.
Claro, la teníamos que representar los dos. Era
para dos actores nada más. La obrita era una memez,
pero, en fin...
H.V.R.: ¿No se conserva ese
texto?
P.B.: No, no. Lo he perdido hace muy poco tiempo.
Y lo sentí. Y Rafael lo sintió también.
Lo perdí en algún traslado de casa. No,
no es que fuera una joya, ni mucho menos.
H.V.R.: Hombre, tal vez no, pero tendría
su gracia verlo...
P.B.: Sí. La obra consistía en que Rafael
hacía de pobre, de mendigo; y estaba sentado en
un carrito de cuatro ruedas, sin piernas y sin brazos. Él
sabía doblarse los párpados, o sea, que
era medio ciego también. Y yo hacía de
diferentes personajes que pasaban por delante de él,
en un sentido o en otro. Hacía de un ricacho que
pasaba en un automóvil... Todo esto con un decorado
muy elemental, porque no era más que un trocito
de empalizada de Madrid como aquellas que había
en tiempos.
H.V.R.: Las vallas cuyos tablones remataban
en punta, como flechas.
P.B.: Eso y una columna de farol
del alumbrado público.
Y eso, muy esquemático. También había
cartones. Rafael y yo estábamos caracterizados
muy someramente. Hacía yo de ricacho que pasaba
con un automóvil debajo del brazo, de niña
jugando al aro, de beata que iba a misa, de cura, y cambiaba
unas palabras con el mendigo. Y nada, esto era la obra,
nada más. Bueno, había que leerla previamente
y se daba el asentimiento. Y el día que la leyó Rafael
yo no estuve, no pude ir, tenía alguna clase,
o alguna cosa que me impidió ir. La leyó Rafael
y gustó, y se aceptó. Pero después,
inmediatamente, se echó el verano encima y no
se llegó a estrenar.
H.V.R.: ¿Y dónde entra allí la
historia del vómito?
P.B.: Bueno, que Rafael tenía que vomitar allí,
porque era un hombre que estaba tan deshecho, tan imposible
y tal, que vomitaba.
H.V.R.: ¿Y cómo lo hacía?
P.B.:
Luis Buñuel me había explicado que
una bocanada de agua con arroz da un aspecto de vomitona
...
H.V.R.: A propósito de Buñuel, circula
la leyenda de que hubo una época en la que Buñuel
quiso ser boxeador y usted fue su manager.
P.B.:
No, lo cierto es que era aficionado al boxeo. Sí, sí. Venía por la Residencia
un amigo suyo y mío, más suyo que mío,
porque era más de la edad de él... Buñuel
me llevaba a mí cuatro años, que de mayor
no se notan, pero de joven, sí. Yo tenía
dieciséis y él veinte. Este amigo suyo,
era de su edad o, quizá, mayor. Se llamaba Lorenzana,
no era profesional pero sí muy aficionado al boxeo.
Los días de fiesta, en los jardinillos donde cada
año se celebraba el final de curso en la Residencia,
Buñuel, que tenía guantes, boxeaba un poco.
Se presentó a un campeonado de aficionados aquí,
en Madrid, en La Gimnástica, que era un club de
fútbol, el primer club de fútbol que hubo
en Madrid, anterior al Madrid, al Racing, al Atletic...
En el equipo de La Gimnástica jugó Marañón
de joven... se lo he oído contar a Don Gregorio,
que él jugó en La Gimnástica. Pues
en el campo de La Gimnástica, un día cualquiera
y en un rincón del campo, nada, todo muy miserable,
habría allí cuatro o seis, y estaríamos
viendo aquello pues diez personas. Había un ring
bastante desastrado... Allí Buñuel boxeó y
yo hice de manager suyo. Pero ocurrió una
cosa muy trágica ese día, y es que en la
pelea anterior a la suya, uno mató al otro.
H.V.R.: A eso quería llegar. ¿Y
usted no se lo dijo a Buñuel?
P.B.: No, claro,
no se lo dije. Pensé: le va
a impresionar horriblemente. Me acuerdo que era una pareja
de uno achaparrado, fuertísimo, con unas espaldas...
y el otro, larguirucho y alto. Era una pareja muy desproporcionada:
era mucho más fuerte el bajo, ya se veía,
parecía que se le iba a comer. Pero el alto puso
la guardia, no dejó acercarse al que era bajo
y estuvo dándole en la cabeza hasta que ya, por
fin, lo dejó KO.
H.V.R.: Y lo mató.
P.B.: Se lo llevaron, y yo me fui a enterar allí,
a una caseta.
H.V.R.: ¿Es cierto que el que seguía
tenía que pelear con el ganador de la anterior
pelea? De ser así, a Buñuel le hubiera
tocado pelear con el que había matado a su contrincante.
P.B.:
No, no, era otra pelea. A Buñuel le tocó pelear
con uno que se llamaba... tenía un apellido muy
madrileño, ahora no me acuerdo...
Yo no le dije nada. Me metí por los vestuarios. Había llegado un
médico, le pregunté qué había pasado y dijo: pues
nada, que está muerto. Y no se lo dije a Luis, claro. En el combate de
Buñuel, se tenían mucho miedo el uno al otro y el otro al uno,
y nada, que no se dieron ni un golpe. Luego calificaron por puntos y le dieron
la pelea al otro.
Horacio Vázquez Rial |