Cuando,
en 1962, se publicó El siglo de las luces,
Alejo Carpentier tenía cincuenta y ocho años,
y un bien ganado prestigio literario. Era una de las
tres grandes figuras de la narrativa cubana de la época,
compartiendo altar con José Lezama Lima y Virgilio
Piñera.
El triunfo de la revolución
castrista, entendida en sus comienzos por buen número
de intelectuales occidentales como una experiencia de
liberación singular, había dado lugar a
la creación simultánea de dos instituciones
de cultura que mucho tuvieron que ver con el nacimiento
del llamado boom de la literatura hispanoamericana:
la Casa de las Américas y la Editora Nacional
de Cuba. Carpentier se hizo cargo de la dirección
de esta última apenas instalado en el poder el
movimiento de Sierra Maestra, en 1959. Posteriormente,
fue representante diplomático de su país
en Francia y murió siendo diputado ante la Asamblea
del Poder Popular, a propuesta del Partido Comunista.
Todo ello le convirtió en intelectual del régimen,
mientras Lezama, por sus convicciones católicas,
y Virgilio Piñera, por su homosexualidad, eran
mantenidos en situación marginal respecto de la
cultura oficial. Sin embargo, releídas hoy —a
sólo treinta años de la revolución, ¡pero
qué treinta años!— las obras de los
tres, Carpentier destaca como el más crítico,
lúcido y profético, por lo que a la lectura
ideológica de su tiempo se refiere. Paradiso,
publicada en México en 1966 a instancia de Carlos
Monsiváis y Julio Cortázar, es una novela
de escaso o nulo interés político: sus
valores son de otro tipo, y más podía molestar
al gobierno la persona de su autor que sus textos. Otro
tanto cabría decir de La carne de René o
de los libros de relatos de Piñera, que finalmente,
pese a una censura de partido muy preocupada por los
asuntos de la sexualidad, empezaron a circular en Cuba.
Carpentier, en cambio, resulta claramente subversivo
para cualquier orden que, inicialmente establecido como
orden revolucionario, se haya transformado en el proceso
de su institucionalización.
Y, de todos sus libros,
resulta especialmente señalado en ese sentido
el más justamente célebre: El siglo
de las luces. Es ésta una novela sobre la
revolución, sobre todas las revoluciones, a través
de la que siempre se propone como paradigma, la Revolución
Francesa, en su vertiente hispanoamericana. Víctor
Hughes, el protagonista del relato, llega a ser encargado
por el propio Robespierre de exportar la revolución
al Caribe. El arribo de Hughes a La Habana tiene lugar
en los días triunfales de la burguesía
revolucionaria; la novela de Carpentier aparece en los
días triunfales del movimiento popular organizado
en Cuba alrededor de la figura de Fidel Castro.
El relato
se abre en una casa de La Habana, que Carpentier imaginó bajo
las formas de un edificio, aún conservado, de
la calle Empedrado entre Cuba y Aguiar. En ella viven
Carlos, Esteban y Sofía, a los que el autor definió en
una entrevista como "jóvenes burgueses, conocedores
de las ideas filosóficas, deseosos de acción,
asqueados del medio en que viven, quienes llevan una
vida desordenada y romántica antes del Romanticismo".
Una noche, llama a la puerta Víctor Hughes, que
no tarda en constituirse en centro y referencia imprescindible
de la acción de los demás. Portador de
las ideas humanistas y filantrópicas del Siglo
de las Luces y agente efectivo de la francmasonería,
que tanto tuvo que ver con los movimientos independentistas
de la América española, descubre a Esteban
y a Carlos un mundo intelectual y ético distinto,
e inicia su vínculo, definitivo, con Sofía.
Todavía no es, sin embargo, el que llegará a
ser después de viajar a París, después
de relacionarse directamente con Robespierre — "volviéndose,
en cierto modo, su figura hipostática", explicaría
posteriormente— y de regresar al Caribe, a la Guadalupe,
como Investido de Poderes por el Incorruptible.
Hughes
traerá consigo
la revolución y, con ella, los elementos que,
finalmente, la van a desviar de su sentido original,
cambiando su forma, pero permitiendo a la vez la perpetuación
histórica de muchos de sus valores; según
se desarrolla la narración, el revolucionario
del principio se va convirtiendo en otro hombre, marcado
por el ejercicio del poder y de la obediencia, y sometido
a los hechos, más que a los proyectos: su destino,
como el de los demás personajes del libro, discurre
entre el ascenso de la burguesía de 1789 y el
Imperio napoleónico, entre el arribo a América
de las nuevas ideas, de la nueva política, y las
jornadas de Madrid en mayo de 1808.
Carpentier se consideraba
a sí mismo marxista, a partir de una noción
muy elemental del marxismo: asumía las ideas de
lucha de clases, de cambio violento de las sociedades
y de compromiso del intelectual con las causas de los
explotados, ideas divulgadas por los manuales soviéticos
de educación filosófica y política.
Era el suyo un marxismo vulgar, más de catecismo
que de teología. Por otro lado, su natural sentido
y su conocimiento de lo histórico le obligaban
a desconfiar del discurso idealista de los revolucionarios
en el poder. Por eso Víctor Hughes es un burgués
esquemático —novelado como realización
de un arquetipo y convencido de su condición arquetípica—,
y por eso El siglo de las luces es precedido, en una
suerte de brevísimo prólogo que avanza
los contenidos de la totalidad del texto, por una descripción
de la guillotina, la Máquina por antonomasia,
despachada hacia el Nuevo Mundo en el mismo barco en
que viaja el Investido de Poderes.
La guillotina se eleva
en la proa, y es a través de ella, nombrada como "Puerta-sin-batiente",
como "Dintel", como "Máquina",
que Hughes recibe, en pleno océano, los olores
del aire americano; a través de ella entrará la
América hispánica en el nuevo orden del
Occidente al que pertenece —entrará en la
Ilustración—, y a través de ella
accederá a sus dominios el enviado. La imagen
de la Máquina que Carpentier proporciona al lector,
evoca inevitablemente las láminas de la Enciclopedia,
brillantemente analizadas por Roland Barthes: en la obra
suprema del siglo XVIII, el Siglo de las Luces, los objetos
son presentados visualmente de modo de sugerir a un tiempo
su estructura material y la filosofía de su producción,
es decir, la necesidad que determina su existencia y
su función. Carpentier parece preferir la descripción
de la lámina enciclopédica de la guillotina,
a la descripción de la guillotina misma: revela
a sus contemporáneos el objeto percibido por los
ojos dieciochescos para poder ir más allá,
para abrirse paso hasta el estremecimiento suscitado
por su visión —un estremecimiento que sí es
universal y que sí se reitera en todos los tiempos—,
hasta el conocimiento que su observador adquiere de lo
sombrío de todo porvenir.
Quien mira lo que vendrá desde
el justo lado de la Puerta, Hughes, nos es mostrado como
un burgués consciente de serlo, consciente del
papel de su clase en el devenir humano, orgulloso de
formar parte de ese grupo social a cuyo cargo está el
progreso del conjunto de la especie. Es decir, como un
marxista vulgar semejante al propio Carpentier, aunque,
obviamente, avant la lettre y, por ello mismo,
un tanto patético. Su idea de la burguesía
revolucionaria, delatada tanto por las acotaciones del
autor como por sus propias, y a menudo pomposas, declaraciones,
es ciertamente limitada, y recuerda en mucho la idea
del proletariado propuesta por el realismo socialista: "Él
tenía alma de comerciante, no lo negaba",
escribe Carpentier. Y Hughes: " 'Soy un plebeyo',
decía, como quien exhibe un blasón".
También su información ideológica
es primaria, y se formula mediante lugares comunes programáticos
del tipo "Todos los hombres nacieron iguales".
Pero nada de eso importa verdaderamente. Lo que cuenta
de la condición burguesa de Víctor Hughes
es su capacidad transformadora: él es todopoderoso
porque su clase, comoquiera que ésta sea definida,
es todopoderosa: posee el saber técnico y encarna
el progreso colectivo. La burguesía deviene así el
pretexto de una fe.
En el curso de la primera
revolución china, Gisors, personaje de La condición
humana de André Malraux, dice a sus discípulos: "El
marxismo no es una doctrina; es una voluntad; es, para
el proletariado y los suyos, vosotros, la voluntad de
conocerse, de sentirse como tales, de vencer como tales;
no debéis ser marxistas para tener razón,
sino para vencer sin traicionaros". Víctor
Hughes, por su parte, acosado por las preguntas de Esteban,
afirma: "La Revolución ha dado objeto a mi
existencia. Se me ha asignado un papel en el gran quehacer
de la época. Trataré de mostrar, en él,
mi máxima estatura". Y, poco más abajo: "Una
revolución no se argumenta, se hace".
En ese hacer la revolución, Hughes pierde su esencialidad
burguesa, abdica de su alma de comerciante y de su mérito
de agente de la Ilustración, y llega a ser un
revolucionario profesional, porque "cuando se ha
trabajado en hacer revoluciones es difícil volver
a lo de antes".
Empero, aun cuando, como
venimos diciendo, Hughes represente parte de las convicciones
de Carpentier respecto de la realidad, no es, ni mucho
menos, su alter ego literario. Las grandes novelas rara
vez sirven a sus autores para la exposición de
saberes consolidados; antes bien, son vehículo
de una puesta en grave cuestión de las relaciones
entre los seres humanos, y entre éstos y el mundo
material, a partir de un no-saber o de un saber no consciente.
Quien cumple esta función en El siglo de
las luces, quien cuestiona el curso y el sentido
de los acontecimientos en los que le toca participar,
es Esteban, primo de Sofía, la verdadera coprotagonista
de la historia en tanto que amante de Víctor Hughes.
Esteban,
que también
ha ido a París, ha sido testigo de los excesos
de los comités y ha oído los gritos de
los enemigos de la inteligencia, sin poder aceptar que
el progreso humano requiera para realizarse la legalización
de una contrapartida bárbara, no alcanza a entender
lo que sucede en el interior de Hughes, hombre al que
admira. Le desconcierta "la increíble servidumbre
de una mente vigorosa y enérgica, pero tan absolutamente
politizada que rehusaba el examen crítico de los
hechos, negándose a ver las más flagrantes
contradicciones, fiel hasta el fanatismo [...] a los
dictámenes del hombre que lo hubiese investido
de poderes". Esteban se pregunta –es decir,
Carpentier se pregunta– si en verdad la revolución
justifica su precio.
Esteban es un intelectual
dubitativo, crítico y sensible —como el
Enrique de La consagración de la primavera,
que también traspone literariamente a Carpentier—,
y se preocupa por la soledad a la que el ejercicio de
su función reduce a Hughes. Cerca del final de
la novela, las circunstancias le revelan valeroso y decidido,
cuando está en juego su moral personal, derivada
de su sentimentalidad aristocratizante. Esteban resiste,
pero no por fidelidad a una revolución con demasiadas
contradicciones, una revolución que él
hubiese preferido distinta, sino por lealtad a Sofía
y, de una manera oscura y vaga, al Víctor Hughes
de los primeros tiempos.
Sofía, en cambio, "espíritu
menos razonador, menos intelectual, pero capaz de sentir
y entenderlas fuerzas profundas que conducen una revolución
[...] representa, en cierto modo, la praxis", tal
como el autor cubano expresó a un periodista.
Al cabo, culminada su aventura vital junto a Hughes,
se perderá en las calles de Madrid, tras sumarse
a la multitud lanzada espontáneamente a enfrentarse
con las tropas napoleónicas, porque considera
que "hay que hacer algo".
A lo largo de todo El
siglo de las luces aparece un cuadro, una tela
de autor anónimo, llevada de Nápoles
a La Habana y que termina en la casa de Madrid, titulada Explosión
en una catedral. Esteban tiene siempre presente
esa "apocalíptica inmovilización
de una catástrofe" que contraría "todas
las leyes de la plástica" —y, cabe
apuntar, de la lógica dialéctica—.
Se trata de "la visión de una columnata
esparciéndose en el aire a pedazos —demorando
un poco en perder la alineación, en flotar para
caer mejor— antes de arrojar sus toneladas de
piedra sobre gentes despavoridas". "No sé cómo
pueden mirar eso", dice Sofía, experimentando
tanta repulsa como fascinación por la imagen.
En el cuadro se formaliza la gran aspiración
de Esteban, y seguramente también de Carpentier:
la suspensión de las catástrofes, de
las grandes mutaciones, que jamás pueden ser
contempladas objetivamente por los sujetos de la historia,
sobre los cuales caen violentamente los restos del
desastre, sin que alcancen a percibir la degradación
del espacio en que se mueven.
Queda así expuesto
otro de los grandes temas de Carpentier: el "inconcebible
desajuste entre el tiempo del Hombre y el tiempo de la
Historia. Entre los cortos días de la vida y los
largos, larguísimos años del acontecer
colectivo", según se expresa en La consagración
de la primavera, desajuste que por sí solo
explica la divergencia de las ideas que del mundo se
hacen Víctor Hughes, confiado al tiempo histórico,
empeñado en una empresa de consecuencias colectivas,
y Esteban, atado al tiempo individual, necesitado de
resultados concretos, visibles y positivos de sus propios
actos, angustiado por un presentimiento de imposibilidad
de todo progreso.
Esas dos tendencias estuvieron
presentes en el espíritu de Carpentier a lo largo
de toda su peripecia vital, como tensión irresoluble.
La confianza en lo histórico le llevó a
adherir a la revolución cubana, a participar de
ella e inclusive a representarla, haciéndose cargo
tanto de sus objetivos declarados como de sus errores
ostensibles y sus evidentes desviaciones, mientras su
acuciante deseo de realidades perceptibles le inducía
a una duda metódica, sabia y rigurosamente elaborada
para la literatura. Él no se podía permitir
la distancia ni el escepticismo, ni siquiera la ironía
triste —y entristecedora— del Anatole France
de Los dioses tienen sed, tan brillantemente
decimonónico, ni tampoco la amargura del Victor
Hugo de El noventa y tres, ambos grandes precedentes
de su obra. Optó, sí, por la fórmula
siempre elusiva de la novela histórica para mostrar
el riesgo de su tiempo. A su vez, al tomar el libro como
inteligente muestra de género, el poder revolucionario
conjuraba cualquier posible torsión en su propio
destino ulterior.
Seis años después
de El siglo de las luces, apareció otra
de las novelas mayores de nuestra época: La
broma de Milan Kundera, que costó el exilio
a su autor. La broma forma parte de la extensa
tradición crítica de ámbito revolucionario
a la que pertenecen Koestler, Artur London, Orwell o Semprún,
Nizan o Camus, animados todos por idéntica preocupación
teleológica y con experiencias de partido que, si
bien fueron resueltas por unos y por otros con desigual
fortuna, pusieron de manifiesto que no hay heterodoxia
ni disidencia sin castigo. Malraux y Sartre, más
sagaces o menos ingenuos, dieron apoyo militante a no pocas
causas de progreso, pero trataron siempre de preservar
su independencia respecto de las estructuras políticas
establecidas. El de Carpentier es, pues, un caso único,
que sólo podía darse en los primeros años
de la revolución cubana: escribió una novela
ferozmente lúcida sobre las metamorfosis del poder desde el
interior de ese mismo poder, y salió con bien de
ello.
Horacio Vázquez
Rial |